Las esquinas de Nueva York son, generalmente, de noventa grados. Como en Bogotá, por ejemplo, acá las manzanas son cuadriculadas. Sin embargo, como toda regla que tiene excepciones, en esta manzana sobresalen algunas esquinas de ángulos obtusos o agudos, y sobre todo de los últimos, dentro de los cuales está uno de los edificios más interesantes de la ciudad, el Flatiron Building, ese triángulo fino de 1902 que apunta al norte desde el Madison Square Park y solo con verlo uno se siente en una foto en blanco y negro tomada por Robert Doisneau en 1951.

En otra esquina aguda de la ciudad, ésta en SoHo, está La Esquina (y sí: vale la redundancia), un establecimiento mexicano cuya descripción tiene que ser separada en tres. Y hay que empezar por el principio.

Porque lo que en realidad queda en la esquina donde se asienta La Esquina (no se pierda: es simple redundancia) es una cafetería sin mesas, con una barra de no más de 10 metros de longitud, donde la gente almuerza tacos de cerdo, chiles rellenos y quesadilla de chorizo; por 6 dólares cada uno en promedio. Poco ordinario, y más bien extraordinario en su ordinariez, éste es un restaurante de combate que vale la pena conocer. Porque no sólo su precio es pertinente, y las mesas que sacan en días soleados apacibles. Sino que, además, es un recinto plagado de originalidad, de colores vivos, suelo adobado y butacas de cuero amarillo, en el que uno puede terminar comiendo parado y cuya forma, para seguir con la redundancia, también tiene forma de triángulo escaleno. La barra empieza en el ángulo opuesto al recto y de ahí el triángulo se va abriendo hasta crear la cocina en su parte más ancha, como si estuviéramos en esa escena de Alicia en el País de las Maravillas donde un cuarto se va achicando hasta convertirse en una puerta diminuta.

La barra que da hacia fuera (donde uno compra para llevar, y tal vez comerse la tostada de cangrejo en la plaza que da al frente, la Plaza Cleveland) está decorada con una vitrina de Jarritos, Chaparritos y Boing, todos refrescos mexicanos de guayaba o tamarindo que desde los 70 no han cambiado su estética y dan una sensación de estar en una tienda perdida en el Desierto Chihuahuense con una sed desalmada.

La segunda clase hacia arriba —la clase media, podríamos decir—, es un café que sirve la misma comida por un precio más alto en mesas más cómodas y con una decoración más elaborada, si bien no necesariamente más sugestiva. La gran diferencia, de hecho, es un pargo rojo frito que vale 15 dólares. El café queda, como es predecible, a la vuelta de la esquina. Lo abrieron un año después de la inesperadamente exitosa inauguración de La Esquina con el mismo nombre, y ha logrado mantenerse desde entonces, 2007, en los recomendados de la guía Zagat con más de 26 puntos. Todo un logro.

La tercera clase (que paradójicamente va para abajo, porque queda en el sótano) es uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Hay que reservar con un mes de anticipación, duele en el bolsillo y no aguantan tenis o shorts. Pero también vale la pena, sobre todo después de las 11, cuando el restaurante se vuelve bar y, con suerte, discoteca. Ésta es, entonces, la clase noble y extravagante de una pirámide social que empieza muy mexicana y termina más bien neoyorkina, con sus reservaciones imposibles y sus bouncers insoportables. La puerta, a propósito, queda dentro de la cafetería y anuncia “Solo empleados”.

El éxito de ésta sociedad tripartita fue un accidente. O, mejor, como diría un genio de los mexicanos, ‘fue sin querer queriendo’. En efecto, la estrategia publicitaria de Serge Becker cuando abrió el sitio era no hacerla, y, más bien, dejar que los clientes fieles vinieran en paz. “No queríamos convertirnos en un sitio exclusivista típico del Meatpacking District”, dijo Serge, dueño también de M.K., Bowery Bar y Joe's Pub, tres de los bares más importantes de la ciudad. Parece que le salió el tiro por la culata, porque es difícil no ver este sitio a punto de reventarse.

Es hora de reivindicar la redundancia. De celebrar lo pretencioso. Sin arrogancia. Con argumentos. De eso estamos siendo protagonistas en La Esquina, una cafetería que a punta de tacos con doble tortilla se expandió primero a café de clase media y después a restaurante de actores y modelos. Que siga siendo redundante.

* Publicado en Revista Exclama.

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