Por Juan Villoro

Pase a Caparrós:

El Mundial genera la sensación de estar aparte. No lejos ni aislado, sino en un ecosistema radicalmente escindido, donde sólo suceden goles.

Le escribo a un amigo que se vuelve personaje, desayuna con gente del fútbol en Johannesburgo, ve un partido en un café de Alejandría, se pierde en un mercado de Uganda. Un juego de mesa donde tú te mueves y yo apuesto a ver por dónde sales.

En esta burbuja al margen comparecen serbios repentinos, irritados marfileños, porteros curtidos en redes muy remotas. La realidad donde hay que pagar el gas pierde vigencia y la costumbre se va estupendamente al carajo.

Hace unos días di mi normalidad de baja; modifiqué horarios, se me olvidó el desayuno, vi partidos en sitios improbables –el primer tiempo en una cafetería, el segundo en la sección de muebles de un almacén–, entré en un jet-lag sin avión. Volví al tiempo de la infancia donde cada juego es eterno y no admite más reglas que su propia duración.

Carlos Monsiváis escogió ese momento para recordar que la realidad existe.

Sí, nos encontramos con él en la cantina de La Ópera, bajo el balazo que los imaginativos atribuyen a Pancho Villa. Veníamos de la Feria del Libro y Monsiváis y Pitol presidían una mesa de gente ilusionada con López Obrador. Un borracho que trabajaba para el PRI y ahora lo hace para el PAN llegó a decir que no podía votar por un candidato que pretendía bajarle el sueldo a funcionarios como él. “Tengo que defender mi salario”, dijo con el cinismo de su grey. Hubo una discusión que te impresionó poco, por haber cubierto algunas guerras, pero que pareció una bronca de área chica.

Monsiváis desapareció como solía hacerlo: sin despedirse, dejando en el aire la posibilidad de que alguien se ofendiera o temiera haberlo ofendido (este altiplano es delicado). Carlos odiaba el fútbol. Una de las razones para escribir del tema es que se trataba de uno de sus pocos vacíos intelectuales. Le gustaba contar el momento en que le preguntaron sobre la “crisis de los penales”. El entrevistador se refería a nuestra atávica incapacidad de solventar la pena máxima en el fútbol. Pero él creyó que le hablaban de los problemas en las cárceles: “En los penales hay demasiado hacinamiento y eso provoca motines”, respondió. Durante un tiempo la frase circuló en la radio como un aforismo futbolístico que nadie entendió, pero se consideró muy profundo. A Monsi le divertía la posibilidad de confundir al enemigo. Cuando le dije que aparecía en Los detectives salvajes y Bolaño lo había hecho hablar de modo muy distinto, comentó: “¿Por qué? ¿Se me entiende?”.

La influencia de Monsiváis en la cultura mexicana era como la de Cruyff. Estaba en todas partes de la cancha. Aunque lo vieras en un sitio, determinaba los demás lugares.

Su última lección fue pinchar la ilusión de que estábamos al margen, discutiendo cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler o qué efecto tiene el balón Jabulani en las manos de un portero.

¡Qué irreal parece todo! Brasil gana 3-1 a Costa de Marfil; en México, eso suscita comentarios sobre la “magia” y el “jogo bonito”; en otras partes, se habla de un triunfo sin poesía.

Como buen nómada, te basta cambiar de país para ver las cosas de otro color. Sedentario irredento, tengo que entrar a YouTube para viajar. Encontré ahí un video sobre el último gol de Pelé. A los 70, el Rey disputa un partido contra Argentina. El montaje es perfecto. El 10 es golpeado como en el Mundial de ’66 y termina el primer tiempo casi a rastras. Pero no abdica. Regresa para el segundo tiempo y casi al final anota un gol de media cancha.

Edson Arantes marcó más de mil goles para Brasil. Sus testigos decidieron regalarle uno más. Es el mejor gol que he visto en este Mundial donde aún no llegan los relámpagos.

Algunas jugadas se deben a la ilusión compartida por los testigos.

El Rey volvió a anotar, Monsiváis no deja de opinar.

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