Un acto de fina coquetería: dejar mis calzones en la casa donde me los quitaron. Desde muy joven dejé "prendas de amor" donde no me las habían pedido no por hacerme la femme fatale, ni por mis tendencias de exhibición o por falta de higiene, sino por despiste. En los últimos años de colegio cogí la costumbre de empacar junto a una botellita de crema de manos un par de calzones. Para ese entonces cada vez se me hacía más difícil saber dónde iba a amanecer y aunque no me molestaba repetir ropa, nunca repetí calzones. El exhibicionismo, la adicción, vendrían después —después de llamadas casuales en las que el tipo con el que había estado la noche anterior me decía: "Se te quedó algo...". Y yo, todavía sin saber de qué venía la cosa, preguntaba, "¿Mis aretes?" (y me pasaba la mano por los oídos para comprobar que todo estaba en su lugar), "¿El libro?" (y buscaba dentro de mi maleta). "No.... algo....". Y al final terminaban confesando que mis calzones—.

Como nunca he sido muy apegada a las pequeñas cosas (y porque no me gusta desandar caminados trajinados), siempre se los terminaba regalando en silencio y sin volver. Como las doncellas de los libros de caballerías que le entregaban a su caballero un pañuelo o pedazo de pelo antes de su partida y después de folgar (que en castellano moderno significa follar), yo dejaba mis calzones. Pero a diferencia de los cuentos, los que se quedaban eran ellos, la que me iba era yo, y mis calzones no eran signo de fidelidad, sino un sutil y efectivo recuerdo de mi arrechera. Para mi nada más liberador. Para ellos, me imagino, nada más excitante. En todo este tiempo habré perdido unos cinco o seis pares en perfecto estado y hasta bonitos, pero la inversión nunca me pareció excesiva. Hay cosas que la plata no paga y una de ellas es el placer de imaginar a un tipo frotando mis calzones usados contra su cara y masturbándose con la dulce y perfumada prenda que le había dejado. Y hay otras cosas que alguien tiene que pagar (aunque valen una buena risa), como el sueldo de la empleada de un novio, que más de una vez terminó lavando mis inocentes calzoncitos de seda fría cuando por accidente se mezclaban con la ropa sucia de él.

Soy una fanática de la ropa interior. En este tema, como en muchos otros relacionados con el sexo, he podido comprobar que el que mucho muestra no necesariamente vende. Odio las tangas brasileras, las que no son sino dos minúsculos triángulos, las más descaradas solo uno, unidos por una serie hilos y que después de dos o tres lavadas no sirven para nada excepto como llavero. (Fíjense cómo esos hilitos, ya desjetados, se salen jean y piensen qué más se puede hacer con eso. Nada. Llavero). Me gustan las tangas a secas, las que tienen lados de uno o dos centímetros de ancho, que por su corte parecen descaderadas, y que de manera muy elegante se meten entre las nalgas como quien no quiere la cosa. Y me gustan más si son de seda y de colores. Pero soy una fanática no solo por sus texturas y diseños, sino por el misterioso dominio que tiene sobre la mente de los hombres. Hace poco vi un artículo en la revista Vice sobre una chica que se dedicó a vender on-line todo tipo de objetos personales. Y cuando digo objetos personales hablo de objetos personales: sus zapatos sucios, sus medias veladas usadas y sus calzones, todos llenos de olores y restos corporales (sudor, fluidos y ese tipo de cosas), para el deleite, como no, de un grupo de hombres que no podía conseguir sus fetiches en la vida real. No critico ni a la chica ni a los tipos que compran sus cosas. Si me faltara plata a lo mejor me dedicaría a hacer lo mismo (en el artículo ella explica lo higiénico y lucrativo que resulta todo el asunto), y los hombres, bueno... los hombres... nada que excite más mi imaginación que sus propias fantasías. Para el deleite de mis querido lectores y para las risas de mis queridas lectoras, el artículo se llama Working Girl y en inglés se puede encontrar en:

http://www.viceland.com/int/v14n1/htdocs/work.php?country=us) 

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