Esto no es un bar, una discoteca o una taberna. Esto solo tiene un nombre y no hay sinónimo semejante: MilkAnd Honey. Acá no hay clases sociales ni exclusivismo pretencioso. Ni la plata ni la marca hacen el poder. Acá se trata de la clase que no se adquiere de un día para otro, de la pura y refinada cultura de Nueva York.Sin eufemismos, sin arribismo, sino con su intrínseca sofisticación. 

Piense en “Sinatra está resfriado,” por Gay Talese:

 

Frank Sinatra, con un vaso de bourbon en una mano y un pitillo en la otra, estaba de pie, en un ángulo oscuro del bar, entre dos rubias atractivas aunque algo pasaditas, sentadas y esperando a que dijera algo. Pero Frank no decía nada. Había estado callado la mayor parte de la noche y ahora, en su club particular de Beverly Hills, parecía aún más distante, con la mirada perdida en el humo y en la penumbra, hacia la gran sala, más allá del bar, donde docenas de jóvenes y parejas estaban acurrucadas alrededor de unas mesitas o se retorcían en el centro del piso al ritmo ensordecedor de una música folk que atronaba desde el estéreo. Las dos rubias sabían, como también los cuatro amigos de Sinatra, que era una pésima idea entablarle conversación cuando estaba de ese humor tan tétrico, un humor que le había durado toda la primera semana de noviembre, un mes antes de que cumpliera los cincuenta años.

La diferencia con lo anterior es que no estamos en la costa oeste, sino en Nueva York, y que Sinatra ya no nos acompaña. Pero el sitio es el mismo. La gente se mueve en cámara lenta porque la luz de las velas define sus movimientos. Las caras prácticamente no se ven de lo oscuro que está el sitio, aunque usted sabe con quién está hablando. La gente, igual, no viene acá a emborracharse.Tampoco a levantar y coquetearle a las mujeres está prohibido. No hay más de 6 mesas y la barra es exclusiva para clientes viejos que van solos.

En pleno Chinatown, con su suciedad y atosigamiento de colores, hay una puerta cualquiera en la que hay una M y una H, nada más. La dirección no está en Internet ni en el directorio: usted se la tiene que saber, si es que es parte de la casa. ¿Qué lo hace parte de la casa? En realidad, nada. Tradición, tal vez. Porque las celebridades tipo Paris Hilton están prohibidas, porque no se trata de ser importante o tener plata, sino de tener buen gusto. La gente no viene a gritar y hablar a un volumen impertinente es de mal gusto. Hablamos de un sitio al que uno no se va de farra, ni a calentar o rematar la noche, sino a disfrutar de sus amigos y un buen trago.

Después de esa puerta gruesa y vieja de hierro hay dos telones de terciopelo. Uno los cruza y entra al recinto más Sinatraesco que todavía queda en este país. Los meseros no son meseros: son especialistas en cocteles a los que uno debe llamar por su nombre. Uno de ellos es Mikey, un australiano que estudió para ser bar tendery había soñado toda su vida para estar ahí. Camisa blanca, chaleco de paño, tirantas, corbata delgada, cola de caballo, y pantalones raya tiza.Mikey está perfectamente afeitado. No hay un centímetro de su pinta que esté desacomodada. Piense, otra vez, en Gay Talese y su “Los sastres valientes de Maida”.

Mikey saluda y pregunta por usted: qué hace, qué música le gusta, qué libro se está leyendo. Después, basado en su personalidad, le sugiere un par de sabores, como el de un jamón serrano o el de un mousse de chocolate. No es que sea un ritual, sino una conversación entre adultos. Usted le cuenta sus inclinaciones y el hombre ya sabe qué coctel le va a preparar. Su coctel es solo suyo: nunca antes había sido preparado igual. Salud.

El dueño de MilkAnd Honey se llama SashaPetraske, probablemente la persona que más sabe de cocteles en el mundo. Si bien se sabe que el señor aprendió bajo la tutoría del famoso ‘Rey de los cocteles”, Dale DeGroff, poco se puede encontrar sobre la biografía de Petraske. Lo escaso que se sabe, es que es un gurú de la coctelería mundial. Es el dueño de un imperio de sitios de este estilo, ninguno tan riguroso con sus patrones como M&H Nueva York.Hay otro acá: LittleBranch. Tres en Londres: uno también llamado M&H, The East Room y ThePlayer. Y uno en los Alpes franceses: TheClubhouse, en una pequeña villa llamada Chamonix.

Esto no es irse de fiesta, salir de rumba o pagársela. Esto es tomarse un coctel, hablar coherentemente sobre temas constructivos, oír música que no revienta el oído, pasar una noche sin desdoblarse y levantarse al día siguiente sin dolor de cabeza y ganas de vomitar.

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