El sexo no es sólo penetración. No es ni siquiera calentamiento y penetración. El sexo está hecho de detalles chiquitos, de cositas imperceptibles, que a la larga lo vuelven una experiencia fascinante o una tortura infinita.

Por ejemplo, si a uno le gustan los polvos salvajes, hay que tener buen estado físico, porque si no el agotamiento puede causar estragos en la libido. ¿Se imaginan media hora cabalgando sobre alguien si uno tiene pulmones deficientes?

Otra cosa que a mí me parece importante, si bien es extraño notarlo, es el asunto de la flexibilidad. Si hay una flexibilidad normal, uno no se da cuenta, pero si el tipo (o la mujer) con quien uno está es un tronco absoluto, puede dañar el placer de un buen polvo.

Yo tengo un extraño defecto físico que resulta muy útil para estos casos. Tengo unas articulaciones hiperflexibles. Esto significa, en la vida cotidiana, que los tobillos se me doblan como si fueran de caucho cada vez que corro, o que las manos no pueden alzar nada pesado porque jamás van a tener fuerza, así levante pesas toda mi vida.

Significa también que puedo sentarme en el piso, con una pierna doblada y otra estirada, apoyar los codos sobre el suelo y leer un libro durante horas, en una posición que la mayoría de los cristianos no pueden sostener más de cinco minutos.

Y, por supuesto, esa flexibilidad también significa que puedo aplicarla a la cama con sorprendentes resultados.

Yo tenía un novio que ensayaba posiciones difíciles para ver si las podía hacer. Por ejemplo, me acostaba y separaba mis piernas hasta el split (como dirían las gimnastas), y así tirábamos.

También le gustaba cuando yo me acostaba, subía mis piernas y las ponía casi sobre mi cara.

Jugábamos con la flexibilidad de mis brazos y con mi capacidad de arquear la espalda, y era bastante divertido.

Luego de él tuve un novio que era un tronco. Si se sentaba con las piernas estiradas y yo me sentaba sobre él, no podía quedarse así mucho tiempo porque se cansaba de la espalda. Si doblaba las piernas, le dolían las rodillas. Así que cada polvo terminaba físicamente molido, no sólo por el placer sino por la incomodidad que venía con él.

La relación terminó, no por eso, claro (aunque el sexo con él no era tan agradable porque siempre se quejaba de algún dolor o de una molestia), y gracias a eso sumé la flexibilidad a mi lista de cosas pequeñas pero significativas que hay que tener para lograr un buen polvo. Todos tenemos esa lista, así sea a nivel inconsciente.

Hay quienes no pueden acostarse con un tipo con bigote, o con una mujer con tatuajes.
 
Hay otros que los excita eso mismo, quién sabe. Lo que ocurre es que a medida que uno va experimentando, va adquiriendo un criterio más específico de esos detalles y, al tiempo que uno aprende a disfrutarlos más, también se vuelve más exigente y les pide a sus parejas mucho más, a veces más de lo que pueden dar.

Escríbeme a lola@soho.com.co

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