Un amigo a quien no veía hacía tiempo me invitó a un bar. Me dijo que nos encontráramos a las diez en la barra. Yo llegué un poco tarde, como veinte minutos, y lo vi sentado en la esquina de la barra y, por jugar, me senté en el otro extremo.

Mi amigo entendió el juego enseguida. Levantó sus ojos, me miró y siguió tomándose su cerveza en silencio. Yo pedí un Jack Daniel’s con un solo hielo, como siempre, y empecé a tomármelo despacio, mirando a mi amigo de vez en cuando, como si fuera un desconocido a quien le estuviera coqueteando.

El barman llegó al rato con otro Jack Daniel’s. “Se lo manda el señor del otro lado de la barra”. Yo di las gracias, levanté el vaso y brindé con él a lo lejos. Volvió el barman. “El señor dice que si puede acompañarla o que si espera a alguien”.

“Dígale al señor –respondí yo– que estaba esperando a alguien pero que nunca llegó. Que me acompañe por favor”.

Cuando mi amigo se acercó, seguimos el juego. Nos presentamos. Fernando, se llama. Me preguntó qué hacía y yo le pregunté lo mismo. Si tenía novia, si iba a hacer algo esa noche.

Le dije de frente que me gustaba mucho. Que me gustaban sus ojos, que quería comérmelo.

El juego comenzó a ser excitante. Fernando y yo nunca habíamos tenido nada antes, pero siempre habíamos sentido una atracción por el otro. Nos habíamos resignado a ser amigos hacía ya tiempo porque nunca coincidíamos (cuando yo tenía novio él no y viceversa), y este se suponía que iba a ser simplemente un encuentro entre dos viejos conocidos para hablar de lo mismo de siempre: de viejas él, de tipos yo, de trabajo ambos.

Empezamos a coquetearnos con descaro.

Le dije que si quería ir a mi casa y nos fuimos del bar. Nos besamos delicioso en mi casa, nos quitamos la ropa y nos acostamos. Ninguno de los dos estaba nervioso. En realidad nos conocíamos hacía tiempo y estábamos compartiendo un juego.

Él sabía lo que me gustaba porque habíamos hablado mil veces de eso. Yo sabía lo que él quería. Nos habíamos imaginado juntos y alguna vez nos lo dijimos. Parecía un sueño. Tirar sin el estrés de estar empezando a conocerse, es tanto más gratificante. Tengo que decir que es de los pocos primeros polvos donde me he venido más de una vez. Fue espectacular.

Cuando terminamos, ambos supimos que era el comienzo de una relación seria, que a lo mejor no hubiera podido empezar de una forma distinta porque éramos muy amigos.
Yo no creo en eso de que las relaciones dañan la amistad. Sigo siendo su amiga. Sigo adorándolo como amiga. Sigo teniéndole la confianza suficiente como para decirle que no use ese suéter color salmón, que se le ve feo, o que la niña de pantalón negro le estaba coqueteando. Todo, pero con la enorme ventaja de que después puedo besarlo en la boca y empezar a desnudarlo.

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