Los escritores –igual que los dentistas y los oncólogos- nos encontramos en congresos, regados por el país y por el mundo. Claro que estos congresos, en general, no se llaman así, sino ferias del libro o festivales de literatura. Una diferencia importante que nos separa de los oncólogos es que nosotros no pagamos el tiquete de viaje ni el hotel, como hacen los dentistas, sino que nos los pagan, bien sea los organizadores de las ferias, o los gobiernos, o algunas fundaciones. Y en cierto sentido es justo que sea así, no solo porque la mayoría de los escritores no tienen mucha plata, sino porque además nuestras reuniones están abiertas al público y en algunos países -por ejemplo Alemania- cobran la entrada para ir a oírnos leer o divagar o simplemente hablar.

Los escritores que vamos a ferias estamos en una tierra intermedia entre los artistas de farándula y los académicos. No nos reunimos para enterarnos de “los últimos avances en la técnica de la novela”, por ejemplo, ni para saber “qué tipo de poesía se está haciendo en Latvia” (le debo a un buen lector una buena corrección: Latvia en español se dice Letonia), pero sí conocemos a los astros que suben o que caen en el firmamento literario, o los tesoros secretos, las afinidades electivas, en fin, las simpatías o antipatías que nos generan el trabajo o la personalidad de los colegas.

Unos pocos miles de personas han pagado alguna vez por comprar un libro mío, pero nunca me había ocurrido que pagaran por entrar a oírme leer los primeros capítulos de un libro que no he publicado. Esto me pasó hace poco por primera vez, en Berlín. Ocurrió durante el Festival de Literatura, en una pequeña sala, luminosa, en un segundo piso. No eran las multitudes de Shakira, obviamente, pero los 40 o 50 puestos de la sala estaban llenos y cada persona pagó 5 euros por oír los primeros capítulos del libro, primero en español y luego en alemán, leídos con voz titubeante por mí, y con gran voz llena de modulaciones por un actor alemán. Antes de la lectura, diez minutos de concierto de un percusionista, como para entrar en calor.

Quizá lo más bonito, a la entrada, fue ver a una mujer que se ponía dos naranjas en el pecho. Era Margit Knapp, mi querida editora en la editorial Klaus Wagenbach de Berlín. Para que entiendan por qué se ponía dos naranjas como si fueran senos, les copio aquí la portada de la edición de bolsillo de mi libro en alemán, que es muy graciosa:

 


Aclaro que aunque me sentí muy orgulloso de poder leer pedazos de mi nuevo libro ante un auditorio en Alemania, este motivo de orgullo es también un ejercicio de humildad pues después de haber leído lo que leí ningún agente, ninguna editorial, ningún lector se precipitó a pedirme los derechos del nuevo libro. Unos cuantos aplausos, sobre todo de los chovinistas colombianos presentes en la lectura, y el comentario de una señora de una editorial suiza de libros para niños, que se me acercó a decirme que mi lectura le indicaba que yo podría escribir también, si quisiera, literatura infantil.

¿Decepción? Para nada. Si uno viene prácticamente de un pueblo llamado Jericó en las montañas de Antioquia, y si uno pretendía si mucho que lo leyeran un grupo de personas en Medellín, haber llegado hasta aquí es haber conseguido mucho más de lo que aspiraba en los más dulces sueños.

Tuve otras lecturas en el Festival de Literatura de Berlín. A una de ellas no fue nadie, o casi nadie. Fue en un bar, y me sentí como esos músicos de pueblo que tocan boleros y bambucos en las mesas a cambio de limosnas, mientras los comensales siguen conversando o sorbiendo los frisoles. La idea de los organizadores era que, a cincuenta años de la publicación del poema más célebre y más duro de Allen Ginsberg (Howl), algunos escritores invitados los leyéramos en nuestra propia lengua. Y en ese bar sin público leí “Aullido” en español, pero lo leí con fuerza, para mí mismo y como si tuviera al frente un público de mil personas, aunque sin levantar la cabeza para no perder la ilusión de una audiencia, y sin oír el ruido de copas que chocaban a lo lejos y de cafés que se sorbían en los labios de alguna estupefacta persona mayor.

Al terminar (la lectura del poema dura unos quince minutos) levanté la vista, y las muchachas de prensa del Festival, compadecidas por la falta de público, se habían juntado todas en una mesita al frente del micrófono (eran cinco o seis, ninguna hablaba español), como un gesto de amistad. Si uno pudiera hacer siempre lo que se le ocurre, le hubiera dado un beso a cada una, sonoro y largo.

La tercera lectura la contaré otro día (el sitio en que se hizo vale la pena copiarlo), porque esto se está alargando demasiado. Y lo mismo algunas historias de la Feria de Amberes, que se llama El Otro Libro (Het Andere Boek), donde estuve con Carolina Sanín, Margarita Posada y Santiago Gamboa. Fueron cuatro días intensos, raros, entre Bruselas, Lieja y Amberes, y para describir nuestra presencia allí, que haré después, si me acuerdo, lo único que se me viene a la cabeza es una línea ingeniosa que alguna vez se le ocurrió al poeta Rubén Vélez: “Iba como una cuba por La Habana.”

Sobre el tema de la libertad de expresión, la campaña del Pen y los delitos de calumnia e injuria, no seguí escribiendo en este blog. Pero si les interesa la conclusión a la que llegué, aquí está el enlace para que lo lean en Semana: 
 




www.semana.com.co


PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.