Por Martín Caparrós


Balón al árbitro:

Esto, caro güey, se acaba. Pero, pasado ya el final de la final, ¿podrías, tú que todo lo sabes, desvelarme el misterio que me ha acosado durante un mes entero? Necesito saber qué es lo que hay en el techo de los estadios del Mundial: por qué nueve de cada diez estrellas, cuando hacen un gol, cuando les hacen un gol, cuando imaginan que podrían hacer un gol, cuando piensan que podrían sufrirlo, cuando recuerdan a su prima Sisebuta, miran hacia arriba. Hay algo que la televisión no muestra, e importa descubrirlo. ¿Ya se lo habrán llevado? ¿Estará oculto en gélida bóveda helveta? ¿Habrá quedado planeando por ahí, cual nube boer? Alguna vez sabremos, y seremos otros.

Todo nos une, mi estimado. Compartimos afición, ocupación, generación, un continente incontinente, un padre español, una madre psicoanalista, una mujer Margarita, un hijo Juan, engaños, desengaños, la busca interminable de una frase, y hasta recuerdo una vez, en el aeropuerto de Bogotá, cuando me dio un ataque de risa porque ví que llevábamos, en nuestras maletas respectivas, la misma etiqueta de plástico que nos habían dado en un hotel de Cartagena varios años antes. Todo nos une, salvo que a mí me gustó mucho ver jugar a este equipo de España.

Es cierto que no tiene estrellas, y que Iniesta –que es todo lo contrario de una– se ha convertido en su estrella accidental, su enana blanca, porque sólo hace un gol cuando realmente no queda más remedio. Es cierto que tiene una defensa invicta y sin embargo su figura siempre es el arquero. Es cierto que ha salido campeón con una sucesión de 1 a 0 que el Getafe firmaría. Es cierto que gana todos por puntos y ni uno por nocáut, pero es que si además de jugar lo que juega metiera más goles sería un equipo perfecto –sería el Barcelona. Y ya queda dicho que en el imperio del fútbol de mercado ninguna selección puede ser mejor que tres o cuatro empresas futbolísticas ítalobritohispanogermanas.

Así que me quedé contento de que haya ganado un equipo de fútbol –una expresión banalizada donde la palabra equipo y la palabra fútbol no suelen significar gran cosa. Este torneo se recordará como el Mundial del Pulpo Paul: un animal que, a primera vista, está mejor dotado que nadie para jugar al fútbol, pero pásale una pelota y ya me cuentas. Así, este campeonato tan especializado en parecer. Pero se terminó, y es el momento en que los comentaristas descollan o incluso descuellan en estirar el chicle ya muy mascado con rankings y ratings y raftings por las aguas turbulentas de la clasificación –que, pasado ya Jorge Luis Barthes, deberían tomarse con más sorna. Yo voy a contribuir con una sola muestra que sirva de botón: lo he pensado mucho, y he llegado a la conclusión de que la mejor jugada del Mundial fue el penal picado por el venerable abuelo Abreu.

Era el momento decisivo: el último tiro de una serie, el que podía definirla y darle al Uruguay su mejor posición en medio siglo. Cualquiera hubiera hecho la ortodoxa: fuerte, media altura, si posible esquinado –y, de últimas, si el arquero se la para nadie le echaría culpas graves, mala leche. En cambio picarla es puro despilfarro: si sale bien es un gran chiste, carcajada del Guasón; si sale mal es la crucifixión sin tercer día, el fin sin revancha posible. Abreu se mandó porque tenía ganas de joder, de ser el que se jugó la vida a un cuatro de copas y ganó, de romper con la lógica de la producción, de cagarse en la tapa del piano. Algo así, supongo, es el arte.

Me imagino cómo estarán los españoles. Los envidio alguito, pero admiro a unos pocos: la prorróga del partido de ayer fue lo más visto en la historia de la televisión española, con 90,3 % de cuota de pantalla, más de 16 millones de personas. Lo cual significa que, pese a todo, mientras tanto, el 9,7 % de los televidentes miraban otra cosa: quedan esperanzas.

Estos días recordé con frecuencia el final –argentino– del Mundial 2006. Alemania acababa de acertar el último penal; en casa, frente al televisor, siete u ocho nos mirábamos cariacontecidos, y mi hijo se levantó sin sombra de tristeza y dijo bah, yo soy de Boca. El Mundial es una amante, una locura de verano, una de esas historias que te hacen pensar que si la vida fuera así sería maravillosa y que ojalá no sea. Consigue que la salvajería feliz no dure noventa minutos sino treinta días; no es poco, y es casi demasiado. Uno de los grandes méritos del Mundial es que, a diferencia de casi todo lo demás, acaba cuando debe.

Así que será hasta la próxima. Fue un gusto –realmente un gusto– esperar y leer tus cartas, tratar de contestarte con las mías. Para ser feliz sólo me faltó encontrar el modo de calzar aquella frase de Jean-Luc Godard –¿no debería escribirse Godart?– que me crucé cuando salía de casa y me atacaba todo el tiempo. Ahora, ya sin aliento, la voy a incluir à la Godard, sin más excusas. ¿Recuerdas cuando dijo que “una película debería tener un principio, un medio y un final, aunque no necesariamente en ese orden”? ¿No te da, a veces, caro güey, un restito de envidia aquella época en que escribir era romper con todo, y el fútbol no importaba un jopo?

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