Ignoro cómo opera mi memoria. Aunque soy incapaz de recordar cosas que pasaron hace dos meses, puedo evocar con increíble precisión algunas que ocurrieron años atrás. Tengo grabada, por ejemplo, una entrevista que le hicieron a Lady Noriega mucho antes de los canales privados. Recuerdo que pese a no ser una mujer bonita, no se había convertido aún en esa especie de monumento de la isla de Pascua que es ahora, con esa barbilla sorprendentemente cuadrada.

 

El hecho es que el entrevistador, que si no estoy mal era Jorge Barón, le preguntó por su peor defecto, y ella respondió con desparpajo que el perfeccionismo. Yo, que por entonces creía que el mal genio y la deshonestidad podían considerarse falencias, aprendí amargamente que querer hacer las cosas de la mejor manera posible era también una falla de la personalidad.

 

Voy a jugar a ser Lady Noriega, y a hablar de mis defectos sin caer en el error de aquellos para quienes ser demasiado generoso es una tacha. No, yo quiero hablar de rasgos que hacen que la gente te odie de verdad, no que te ame en exceso.

 

Yo soy tacaño, egoísta, vengativo, resentido, no me gusta bañarme, especialmente en domingo. Me saco los mocos en público, soy mal hijo y peor hermano. Soy un flojazo, conchudo, me gusta vivir de gorra, y como todo periodista que se respete, disfruto que me den cosas gratis. Digo mentiras piadosas para salirme con la mía, me cuesta serle fiel a una mujer. Soy mal amigo, mal bailarín, mal polvo.

 

Nadie que me conozca podría negar que soy desagradecido e ingrato. Me gusta robarme las pilas de los supermercados, soy clasista pese a no tener un peso, y racista aunque cargo en mi código genético cuatro tipos de sangre diferentes. Siento envidia de todo y de todos, pocas veces de la buena; no aguanto saber que hay alguien mejor que yo, ni soporto ver que a alguien le va bien. Disfruto hablar de mí todo el tiempo y me gusta ser el centro de atención, siempre.

 

Soy tartamudo, tengo cuerpo de pera y cuando subo de peso parezco una señora gorda, aunque no sé si esa clase de cosas puedan considerarse defectos.

 

Dicen que uno no debe hablar mal de los muertos, pero yo encuentro muy conveniente destrozar la honra de las personas cuando ya no pueden defenderse. Dicen también que no está bien sentir lástima por la gente, pero lástima es lo primero que siento por todos ustedes. Por todos nosotros.

 

Juzgo a las personas por su apariencia física y/o por su dinero, y sólo me hago amigo de aquellos de quienes puedo obtener algo. Soy obstinado, testarudo, manipulador, siempre tengo que salirme con la mía. Me considero un infeliz, por lo que no soporto ver feliz a la gente.

 

Soy adorable a un nivel superficial, pero en mis profundidades soy insufrible. Sé que nadie podría soportarme más de un mes seguido y que voy a morir solo, pobre y olvidado, de una manera fea. Supongo que lo más fácil será culpar de todo a mi madre.

 

Debo decir, para cerrar el círculo, que mi memoria a corto plazo es un desastre, y que me considero peor ser humano que Lady Noriega, aunque mucho mejor persona que Lady Gaga. Soy Lady Noriegaga.


Publicado en laRevista Cartel urbano. www.cartelurbano.com

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