No me he ido. Aquí estoy todavía. Sé que he estado hablando mucho de que voy a renunciar a mi trabajo pero no lo he hecho todavía. Les agradezco a todos ustedes su preocupación y sus consejos. Alguien me preguntó si leo todos los comentarios de la página y la respuesta es sí. No importa que sean más de 500. Al comienzo no me importaba mucho, pero he aprendido a valorar cada uno de sus comentarios. A los que me insultan, ya me dan es risa, se ponen a decirme “Puta, puta, puta”. ¿Qué se proponen? ¿Qué me ponga brava? Está muy claro que este blog lo escribe una prepago: yo soy una prepago. Si querían leer el blog de una monja, pues se hubieran metido a leer en otra parte. Esos comentarios, según me dicen en la revista, aumentan el tráfico de la página y pues eso es bueno pues finalmente así me odien, me están leyendo. Por eso, hasta los que tratan de insultarme, también les agradezco pues sus entradas a mi blog, me favorecen o, bueno, favorecen a la página que se lee más y más y cada vez más. Le doy las gracias a quien me subió una canción de Miguel Mateos, me encanta; también gracias a los que me sugieren lo del antifaz. Al respecto, eso es una decisión tomada: me verán con antifaz, no voy a dar la cara. Quiero que sigan imaginándome como mejor les parezca pero lo que sí voy a mostrar son mis tetas, mi culo, mis piernas, todo mi cuerpo y mi cara cubierta con un antifaz. Es claro que si doy la cara, la presión sería muy dura siga o no siga en el negocio. ¿Se imaginan la reacción en mi universidad? Conociendo esta sociedad tan mojigata, ¿quién me daría trabajo después? Además, todos estarían detrás de mí por haber sido quien soy, en busca de un polvo o de morbosear más de la cuenta y sería muy incómodo para mí.

Pero sigo pensando en la manera de que pueda seguir en contacto con todos ustedes, no sé hasta qué punto les interese lo que venga después en mi vida, tal vez pueda escribir un blog unos meses después pero contando cómo va mi nueva vida que, hoy, todavía no la tengo clara. Lamentablemente lo que me da el oficio de prepago no me lo da económicamente un trabajo normal. Sé que debo dejar de pensar así y eso he venido haciendo. No todo es plata y eso he tratado de meterme en la cabeza. Ahora tengo unos buenos ahorros y pienso comprar un apartamento no muy grande e invertir en CDTs o algo así. Después me gustaría trabajar y buscar algo con mi profesión que ojalá pague medianamente bien. En diciembre, cuando termine la universidad, me gustaría descansar mucho, irme como a una playa donde pueda pensar tantas cosas, en mi futuro, en lo que viene, en lo bien o mal que he hecho hasta ahora. No sé, como sea, me gusta entrar a facebook y ver que ese grupo de seguidores del blog sigue creciendo y que de alguna manera puedo ver sus rostros, los rostros de quienes me escriben. Me siento acompañada. Me sorprende la gran solidaridad de la mayoría pues, les puedo decir, juzgar es muy fácil. Nadie sabe por qué muchísimas niñas terminan en esto, muchas no tienen posibilidades, muchas no terminaron su bachillerato y menos han podido ir a una universidad. Yo soy puta porque me gusta mucho la plata pero también he aprendido que la plata no es todo y por eso mis últimas reflexiones. Algunos se burlan o dicen que me voy a volver una mujer normal. Es cierto, también podría seguir siendo prepago o montar mi página y contratar a otras niñas, pero esa idea ya no me entusiasma tanto (esa idea la tuve, lo confieso), pero de solo pensar en seguir en lo mismo indefinidamente, me da un poco de pereza. No me voy a volver una santa, el sexo igual me enloquece, yo disfruto de mi trabajo en un buen porcentaje, no siempre se pasa bueno, pero hay momentos en que sí.

Precisamente de eso quería hablarles. La semana pasada estuve un poco “escondida”. Apagué el celular y eso es contraproducente pues si los clientes no me encuentran, pueden buscar a otras. Pero también con la página donde trabajo, pues mi jefa me regañó y me advirtió que me estuvieron buscando mucho y que en un par de días nadie me encontró. Por más de que yo soy la mujer que más piden en la página donde trabajo, en este negocio nadie es indispensable. Si uno se va, siempre hay más niñas dispuestas a trabajar por uno. Así que prendí mi celular y acepté un servicio que, sin duda, ha sido uno de los que más me he gozado. Primero, porque es el tipo más bueno que me he comido. El tipo que me recibió era un hembro total, con un cuerpo bastante trabajado en el gimnasio, se le marcaban los abdominales, el pecho también marcado (sin ser un grandulón ni mucho menos), las piernas duras, un culo duro también, mono, caribonito, mejor dicho, estaba buenísimo. En mi trabajo una se encuentra todo tipo de hombres pero lo que más incomoda es que casi siempre andan borrachos. Este tipo, además de no haberse tomado un trago, fue muy decente conmigo desde que me recibió, olía muy rico y estaba muy bien vestido.

Me invitó a una copa de vino y me preguntó un poco de mi vida, de mi trabajo,  de mi familia. Pero también me preguntó por el sexo, que qué era lo que más me gustaba, etc. El me dijo que me había contratado para tirar mucho esa noche pero no en la cama. Me dijo: “no quiero usar ni el sofá ni la cama”. No le vi misterio pues, aunque para mí el buen sexo no es hacerlo en lugares raros sino lo que uno hace (me explico: me preocupo más por sentirme cómoda en una buena posición que por hacerlo en el mar y esas cosas), pues acepté (dichosa por dentro pues era un hembro de verdad y en esta profesión no saben cómo se agradece esto). Nos pusimos de pie, yo de espaldas a él y comencé a frotar mi culo sobre su verga. Yo tenía un pantaloncito negro de los que se están usando ahora, de esos corticos, con unas medias negras largas que me cubrían las piernas. El tipo comenzó a cogerme las tetas mientras yo sentía su verga parándose en medio de los jeans que él llevaba. Me di la vuelta, le bajé los pantalones, los boxers también, y le comencé a hacer la paja suavemente. El tipo, a esa altura, ya me estaba dando besos en el cuello y mordiéndome la oreja, metiéndome la lengua en la oreja también. Saqué un condón, se lo puse, y le mamé la verga. La tenía muy dura y el tamaño era el ideal –ni muy grande ni muy pequeña-. Me gusta mirar a los ojos mientras se las chupo. Y, así, arrodillada, con su verga en la boca, lo miraba a los ojos. Él, apenas me cogía la cabeza como queriendo ahogarme con su pene.

De inmediato me hizo poner de pie, me dijo que quitara el pantaloncito corto que llevaba, me volteó, me hizo poner las manos sobre la mesa del comedor, me rasgó las medias veladas negras que llevaba, y con un afán de puro arrecho, apenas me corrió la tanga que llevaba y me lo metió. Trataré de explicar lo que me puso a hacer: subí una pierna sobre la mesa del comedor, totalmente extendida, con la otra pierna me sostenía, y él estaba parado detrás mío con su dos manos en mis nalgas, no solo soteniéndome sino también
 clavándome. Debo decir que así sentía mucho, estaba “patiabierta”, y su verga entraba plena, me estaba llegando delicioso. Después, el tipo se quitó toda la ropa dejando ver un cuerpo muy lindo y me cargó. Con sus dos manos en el culo mío y yo enrollando su cintura con mis piernas. Yo no sé, pero estaba muy excitada esa noche, me estaba entrando delicioso, y además yo estaba empapada. El tipo tenía un físico y un aguante impresionante pues, él de pie, cargándome, y así me aguantó unos buenos minutos.

Claro, a esa altura yo me había venido dos veces, y el tipo ya estaba sudando. Cuando se fue cansando, me llevó hacia la pared y me recostó allí pero aún cargándome. Después me bajó, me puso de espaldas de nuevo me hizo agachar de tal manera que mis brazos quedaran apoyados en la pared y mi culo pleno, a su disposición, y así me lo volvió a meter. La posición del perrito, pero de pie los dos. Yo estaba agachada, él me empujaba con fuerza, con su mano derecha me daba una que otra palmada en el culo, y me lo metía con un ritmo delicioso. A veces no es meterlo rápido, como de afán, lo mejor es que a veces la verga vaya hasta el fondo y luego no tan al fondo, unas dos al fondo, unas tres apenas metiéndola, eso se siente mucho. Y este tipo sabía eso muy bien. Pero venía lo peor –o lo mejor- me pidió que le dejara metérmelo por el culo. Yo, casi mareada de la excitación, acepté aunque no se me olvidó cobrarle más, obvio, mucho más. Apenas pudo sacó de sus pantalones que estaban en el piso, su billetera, mostrando que tenía lo que yo le pedía. Me volví a inclinar contra la pared, me untó un lubricante y me lo metió sin compasión. Es difícil explicar el orgasmo cuando me lo meten por detrás. El placer se siente como un cosquilleo en la ingle (no sé por qué) y también en el estómago, es rarísimo, no es en el orificio como tal como sí me pasa a mí en el clítoris. Obvio, el tipo se vino a los pocos minutos, y yo también. Los dos empapados, sedientos, extasiados. Cuando lo vi caminar a la cocina para traer algo de tomar, confirmé la belleza de ese hombre y el placer que me había dado.

Esa noche sí puedo decir que me pagaron por pasarla bueno.

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