La muerte de algún ídolo mundial siempre hace pensar en los que aún no se han ido, pero están cerca de hacerlo. Para los amantes del pop murió su rey, Michael Jackson, a los 50 años de edad, en la ciudad de Los Angeles; entonces fue inevitable que me pusiera a pensar en el rey de quienes amamos el rock en español, en el papá de toda la corriente (gústele a quien le guste), en una figura que ha atravesado más de tres décadas con su música.

Carlos Alberto García Moreno Lange, más conocido como Charly García. La primera estupidez que oí en mi vida sobre el argentino fue hace más de diez años, cuando todavía estaba en el colegio y alguien me aseguró, jurando sobre la tumba de todos sus muertos, que García se pintaba el bigote. Desde ese día he oído las más pintorescas opiniones de los más variados personajes. Los hippies villadeleyvos creen que Sui Generis es lo único rescatable de su producción; los papás que crecieron en los setentas (pero que nunca la probaron) dicen que de músico no tiene nada y que todo ha sido un delirio de la cocaína; y, en general, la opinión de una sociedad pacata y mojigata como la nuestra tiende a medir a las personas por sus problemas y no por sus aportes.
 
Debo reconocer que en los años en que me dijeron lo del bigote de Charly, yo opinaba que la única gracia de Michael Jackson era haberse cambiado de color. Si me hubieran preguntado qué opinaba de él muy probablemente hubiera actuado como mi compañero y hubiera dicho que era un degenerado acomplejado por su raza. Menos mal nadie lo hizo, y después empecé a oír su música y comprendí su grandeza. Pero mi tema no es él, además porque hacer a estas alturas una apología de su persona sería redundante, sino tratar de iluminar de alguna forma los méritos del hombre del bigote bicolor.
 
A los 13 años se graduó de maestro de piano y, el día del concierto de graduación,  ante la mirada vacuna de su familia burguesa (contra la que siempre se reveló), improvisaba sin que nadie lo notara ­-a excepción de su profesor- sobre una partitura de Chopin o Mozart o no recuerdo bien quién.

Después vino, a finales de los setentas, Sui Generis, quizás la más pobre de sus facetas, pero la que lo empieza a transformar en el gran ídolo musical de la Argentina. Durante la dictadura se formó Seru Giran, un cuarteto que sería conocido como Los beatles criollos por sus innovaciones musicales y su formato. Entre estos dos hubo proyectos como La máquina de hacer pájaros y Por-Sui-Gieco, que fueron de poco aliento y casi para coleccionistas. Pero llego acá a la parte realmente interesante, la que conformará más adelante su imagen como rockstar, y es su carrera como solista. Inicia con Yendo de la cama al living, en 1982, y concluye ­-por ahora- con Kill Gil, de 2007.

Entre ambos hay más de 27 discos, varios directos y un Mtv Unplugged. Me he perdido en un afán enciclopédico inútil, sólo para darle las debidas proporciones a una obra casi inabarcable. En los noventa vinieron los escándalos: el salto desde un noveno piso a la piscina de un hotel en Mendoza, las reclusiones en centros psiquiátricos y las declaraciones espinosas en público. Y lo sorprendente, en este huracán que ha sido su vida, es la producción de casi un disco anual. Ni siquiera cuando murió su guitarrista y polo a tierra María Gabriela Epumer cesa su producción, y en medio de la crisis nerviosa escribe Songs from the bedroom, que luego se convertiría en Rock¹n roll Yo.
 
Así como Michael Jackson a lo largo de su vida sufrió las piedras arrojadas por los mezquinos que no supieron apreciar su obra y se quedaron estancados en su vida privada, Chraly García lleva más de treinta años diciéndoles SayNoMore a quienes lo acusan cada vez que abre la boca, y tiende a tumbarlos de culo sobre sus sillas con cada nuevo disco, y se burla con sus declaraciones de todos los medios de comunicación que tienden a tomarse todo en serio. Entonces, larga vida a Charly García, paz en la tumba de Michael Jackson y que viva Cocalombia.

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