Un lector me puso en un enredo. Me preguntó dónde era el sitio más extraño en el que había tenido sexo, así que no me quedó otra opción que decirle que eran pocos los sitios raros a los que había recurrido en mi vida.

Yo no fantaseo con eso, creo que alguna vez lo dije. No fantaseo con una playa desierta o un estadio lleno de gente. El lugar me importa poco, y las veces que he estado en sitios raros lo he hecho por afán, por excitación y porque simplemente sentía que me moría de ganas.

La primera vez que estuve con alguien en un sitio público fue en un bar de Bogotá. Yo había ido con un tipo y ahí me encontré con un ex novio con quien acababa de romper. Mi ex novio me encantaba, pero habíamos terminado porque él “estaba confundido”. Cuando lo vi, nos quedamos mirando y simplemente él se puso de pie y se fue al baño. Yo lo seguí. Cuando salimos, mi amigo no estaba por ningún lado…
Después lo hice en un bar en Cartagena. Era más cómodo que el baño de este otro lugar, y con el tipo este probé también en el baño de un pequeño centro comercial en el parque de la 93.

Tirar en baños de bares no lo llamaría yo raro sino incómodo y, en el mejor de los casos, poco higiénico porque ¿han visto el estado de suciedad en el que se encuentran los baños de un bar o de un restaurante?

Hubo otro encuentro más entretenido que esos, con otro tipo diferente. Ocurrió en una playa desierta en Providencia, a la que accedimos a través de un cementerio donde los mangos caían maduros sobre las lápidas de cemento. Mi novio de entonces y yo caminamos hasta las rocas de un acantilado solitario y ahí extendimos una toalla. Nos besamos, nos acariciamos y terminamos haciendo el amor bajo un sol ardiente y sobre unas púas de piedra que sobresalían bajo la toalla y me hacían pensar en los fakires. Fue precioso, muy romántico, pero debo confesar que estuve buena parte del tiempo aterrada por las lanchas o los policías que se acercaran a curiosear.

También lo hice en un avión. Era uno de esos vuelos nocturnos, donde las azafatas apagan la luz y le recomiendan a uno que duerma para que las deje en paz a ellas. El tipo con el que iba de viaje era un novio que me hacía reír porque estaba un poco loco. En medio del vuelo sacó una botella de coñac muy costoso. Faltando unas horas para el aterrizaje, se puso de pie y me llevó de la mano a ese espacio que hay donde las azafatas preparan sus bandejas de comida. A esa hora estaba vacío y las cortinas de color azul rey se encontraban corridas. Mi novio empezó a besarme apasionadamente, luego me recostó contra el mostrador donde preparan la comida, me bajó los pantalones y empezó a metérmelo con una prisa aterradora. Las azafatas supongo que dormían, como casi todo el avión. Fue el peor polvo que tuvimos en nuestros pocos meses juntos. Ni siquiera la adrenalina que sentí por el terror de ser descubierta logró hacerme venir.

Después de eso, concluí que hay muchos lugares extraños para tener sexo, pero ninguno es tan maravilloso como mi propia cama.

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