El director de Harry Potter ha hecho una gran apuesta en su última película, dando una vuelta de tuerca a lo que los espectadores están acostumbrados y se ha arriesgado mortalmente con su nueva propuesta: la última película de la saga es una construcción que deja de lado toda la aventura y se sumerge en el más profundo realismo. ¿Qué si no eso es una película en la que las primeras dos horas se van en el toqueteo adolescente de los protagonistas? ¿Acaso no estamos frente a un largometraje del estilo de El verano de Kikujiro, de Takeshi Kitano, donde no pasa nada de nada? Como yo no soy experto en las hazañas del mago, y en cambio todos mis mamertos gustos cinematográficos se inclinan hacia las películas aburridoras donde los personajes casi ni hablan, gocé como nunca viendo como se desmoronaba poco a poco todo el argumento precedente, cómo sin piedad la película derivaba hacia un sinsentido en el cual la finalidad era mostrar un beso entre esos hechiceros púberes, viendo cómo los espectadores que esperaban las batallas prometidas se mordían las uñas aguardando algo, una pizca de acción, un diálogo memorable, y se iban quedando dormidos poco a poco, con la gaseosa en las manos y el perro caliente a medio comer. Yo, debo confesarlo, por un segundo me sentí ante una obra maestra de, digamos, ese cine japonés destinado a mostrar cosas que no siempre tienen un significado. No lo podía creer. Del disgusto inicial, del aburrimiento con que accedí a ver la película, pasé a una euforia inmensa, al éxtasis que me provocan siempre las películas de ese estilo, sin historia, sin tiempo, sin carácter, sin originalidad. Y así pasaron unas…¿4?¿5 horas?...no sé bien. Mi novia, en una sabia decisión, se echó a dormir sobre mi hombro, mientras yo esperaba a que pasara algo. Y al final, como en algunas películas orientales (y también occidentales, aunque menos), no pasó nada. Debí suponerlo. Uno no sabe qué pensar. A veces me asalta la idea de que todo Harry Potter es un gran error; pienso que el director trató de ambientar su historia para que su público juvenil se sintiera identificado con las situaciones, pero se le fue la mano; pienso que detrás de todo ese tiempo inmóvil sí había una historia (la que se resuelve al final, en veinte minutos), y que esos veinte minutos justifican tanto aburrimiento. Me sorprendo pensando en que el director la embarró, se excedió con sus magos quinceañeros, y dejó de lado lo realmente importante: el argumento. Pero no creo, rehúso creerlo, y mantengo mi convicción: los que están mal son los espectadores, porque Harry Potter es, precisamente porque no pasa nada, una obra maestra de nuestro tiempo. Pero, como decía al principio, no soy un experto en el tema.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.