Por Martín Caparrós

 

Penal a Villoro:

Siempre supe que tus ojos y oídos, caro güey, como los del rey que sigues siendo, estaban en todas partes. Pero te voy a confesar que me sorprendió que estuvieran también en esa tribuna de Johannesburgo donde un muchachito por demás socrático me preguntó, veinte minutos del segundo tiempo, si mi gobierno podría aprovecharse de un triunfo mundialista. Que querrías saber qué le dije, me dices.

–¡Hermano, dejame mirar el partido, por favor!

Fue, puteada más o menos. Y ni siquiera se me ocurrió seguir pensando el tema; si la Argentina avanza más, te contaré por qué. Pero ése no es el punto ahora: no debo caer en tus astutas distracciones.

México acaba de perder con Uruguay. Yo casi no lo vi; llegué tarde al hotel después de un día de trabajo. Había sido todo un viaje: no sé si alguna vez voy a llegar más lejos. Es una sensación que ya he tenido un par de veces –lo cual desmiente la literalidad de la idea, pero no la idea. Nunca mucho más lejos: no digo lejos de mi casa, lejos de vaya a saber qué civilización, lejos de morirás; digo lejos, lejos a secas: digo lejos. Cuando un concepto tan relativo se vuelve absoluto es que algo está pasando. Lo que pasó hoy fueron horas de caminos de una tierra muy roja, que se estrechaban cada vez más entre bosques de teca, plantaciones de maíz, tabaco, yuca, cabañas redondas de barro y techo de paja con penacho, mujeres con cántaros en la cabeza y un bebé en la espalda, mezquitas y misiones, puentes de tablas, pastores con sus cabras, miles de muertos de malaria, para llegar a una aldea en la frontera entre Uganda y Sudán, en el final del fin o el principio de nada.

Después volvimos a Arúa, tarde, y por eso, te digo, casi no vi el partido charrúazteca; en los minutos que vi no hubo partido, salvo ese cabezazo de un Rodríguez que pareció un González. Uruguay es muy bueno para no querer; México, hoy, descolló en no poder. Así que aquí estoy, esperando para ver a la Argentina B en el mejor hotel de Arúa. El hotel es una casa de diez habitaciones a 15 dólares la una, donde la luz se acaba a medianoche. Y Arúa, por si te lo preguntas, es un gran pueblo ugandés en la frontera con Sudán y el Congo pero aquí, en el jardín, han puesto una pantalla gigantesca con seis mesas de plástico delante. Lo pienso ver allí, bajo la luna; ayer éramos cuatro mirando a España y nadie hablaba: una curiosa ceremonia, y los mosquitos como perros pero con malaria.

Faltan unos minutos: la diferencia entre ir a la cancha y mirarlo por la tele es, Pedro Grullo mediante, la inversión que requiere, la cantidad de compromiso. El jueves pasado, ver a la Argentina en Soccer City me tomó el día entero; esta noche será cuestión de salir del cuarto a tiempo para pedirme la cerveza.

La Argentina B, para que quede claro su carácter y su compromiso, sale con una camiseta rara, del color que solía llamarse, hasta hace unas horas, azul Francia. Y el partido resulta tan ordinario como los que jugaba en la clasificación sudamericana: la Argentina B lo encaró con el noble propósito de demostrar

a) que no es dos equipos sino uno, lo cual tranquilizará sin duda a una nación de psicoanalizados –y que ese uno es el otro, y

b) que México podría albergar cierta esperanza –sólo para desilusionarla este domingo.

También pretendía, se ve, demostrar otros puntos menores: que necesita a Di Maria, Tévez e Higuaín; que no necesita a Heinze teniendo a Rodríguez; que De Michelis necesita un reemplazo; que Messi no necesita hacer un gol; que Agüero necesita el espacio que sólo existe al final del partido; que Verón necesita un geriátrico –jugó casi como Kaká: perdió todas las pelotas que no dio para atrás. Y, para terminar de demostrar que el partido no iba en serio, entró Palermo e hizo un gol ¡con la muleta derecha! Un momento sublime.

Así que nos veremos el domingo. Tú, mi querido sedentario, enarbolas desde ya, por si las moscas, talante pesimista. Si hasta empiezas a quejarte de tu técnico. Esa anticipación de la derrota es un truco muy viejo: que sea particularmente mexicano no significa que no sea generalmente universal. Todos hemos simulado alguna vez que no teníamos esperanza como forma de animar nuestras esperanzas a convertirse en realidades –y de no sufrir más de la cuenta si, como era de esperar, no lo lograban. Así que no me vengas con humildades arrulfadas, tan poco creíbles como la famosa incapacidad de tus paisanos para decir no; no es que no lo digan, es que lo dicen sin decirlo: sí claro pero. Es obvio que, detrás de esa coraza, tú y los tuyos quieren ganar, piensan en ganar, piensan que pueden ganar –y, seguramente, pierdan.

Alá no permita que este domingo, en un pueblo del desierto, deba tragarme mis palabras con leche de camella. No lo creo. En cualquier caso, nos tocará recordar aquella línea clásica, casi caricatura: uno de los dos está de más en este pueblo, forastero. Para uno de los dos el Mundial seguirá siendo una cuestión personal; el otro corre el riesgo de convertirse en un comentarista, uno de esos sujetos tan bañados en ecuanimidad como los melocotones –o duraznos– en almíbar. Por eso, pase lo que pase, nos invito a seguir siendo –como podamos, en cualquier circunstancia– arbitrarios, injustos, parciales: futboleros.

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