Hay dos cosas que no me gusta confesar. La primera es que me como los mocos; la segunda, que no voto. La única vez que hice lo segundo fue para ganar puntos con una mujer que me tenía loco. Lo primero, en cambio, lo hago a cada rato y me ha hecho perder puntos con todos. La vez que voté puse la X sobre un ex cuñado que aspiraba al concejo y sobre Enrique Peñalosa, ninguno de los dos salió elegido. Lo único rescatable de la experiencia fue que logré llevarme a la cama a la mujer en cuestión.

Debería hurgarme menos la nariz y votar más, pero qué puedo decir, hay malos hábitos que nunca nos abandonan y otros peores que jamás adquirimos.
 
Los que dicen que hay que votar echan mano de argumentos como que no podemos permitir que otros decidan por nosotros, y que quienes no votamos no tenemos derecho a quejarnos del gobierno, que es uno de los dos grandes placeres de esta vida. El otro, faltaba más, es comer mocos.

Si todo eso es cierto, no le veo el problema a no votar porque toda la vida han decidido por mí. Mi mamá escogía la ropa que debía llevar al colegio; mi papá, la ruta para ir a la playa. Mi jefe fijó mi sueldo unilateralmente, y la única vez que voté también decidieron por mí, no porque mis candidatos perdieran, sino porque era la mujer quien decidía cuándo y cómo tener sexo. ¿Votar? No le veo el punto, la maquinaria política es una bestia insaciable que vive de triturar a los votantes activos, y a los abstencionistas también.

En tiempo de elecciones siento lo mismo que cuando alguien dice que hay que apoyar el cine colombiano. ¿Por qué? ¿Porque es colombiano? No es razón suficiente. Nuestro cine es malo, y yo no le voy a invertir tiempo y dinero a algo que no me causa placer. Los únicos que hacen eso son los que entran a este blog; debería darles vergüenza.

Y el problema de nuestra industria cinematográfica no es la falta de recursos, ni de historias, sino que no sabemos contarlas, es decir, pura falta de talento. Al comienzo de cada película nacional sale el crédito de todos los que estuvieron metidos en ella: tres productoras, dos ministerios, un canal privado, dos embajadas de primer mundo, cuatro ONG´s, y ni con todo ese combo hemos podido sacar una película decente.

El cine es uno de los últimos lujos que se da un país cuando, se supone, ya ha solucionado buena parte de sus problemas. Acá no hemos podido siquiera allanar el tema del transporte público y ya queremos tener una industria cinematográfica.

Cansado de ser señalado de apátrida, pensaba en volver a votar, pero la voluntad me duró hasta que vi a Vicky Dávila lanzar un “Hola”, mezcla de coquetería y estupidez, en La cosa política un miércoles por la noche. Lo que necesita este país no es una democracia, ni cine de calidad, sino una dictadura que impida a los periodistas hacer lo que nos da la gana.

Para este catorce de marzo el panorama pinta negro. Las opciones serán: a) salir a votar por nuestros políticos, o b) aprovechar la resaca de los Oscar e ir a cine -con el riesgo de tener que mamarse uno de esos insufribles cortometrajes nacionales de quince minutos-. Lo único que le veo bueno a este domingo que se avecina es que La cosa política no está al aire los fines de semana, y que cuando no salgo de la casa no respiro esmog. Así los mocos saben mejor.

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