Lo que sigue empezó en un cruce de correos con uno de mis lectores que me contaba que alguien muy cercano a él “se había vuelto una puta”. He querido ampliar y compartir con ustedes parte de mi respuesta. Nada de lo que él me contó será publicado a continuación. Por ahora.

Querido tal:

Me interesa el tema… Pero te digo de una vez: aclárame qué quieres decir con eso de “puta”. Hace tiempo saqué el término de mi vocabulario a no ser, claro, que me esté refiriendo a un trabajo estrictamente remunerado. Lo digo no por dármelas de nada, de la puta (después de todo, esta columna y este blog son pagos) ni de la santa (queriendo tapar con palabras lo que he desenterrado con ellas). Lo digo porque el término es relativo. Cuando estábamos en el colegio, puta era la que se daba besos con todos. Aclaro: todos los manes de un mismo grupo de amigos. En la universidad era la que tiraba –y, para su desgracia, se lo hacia saber a todo el mundo– con más de dos tipos en un mismo semestre, aunque el número varía dependiendo de la carrera: en las ingenierías, las administraciones, mercadeos y sus derivados el límite suele (y “suele” porque sé lo mucho que detestan las generalizaciones) estar entre dos y tres tipos en un semestre y la idea es que por lo menos a uno le haya “echado el diente” en una fiesta de la facultad. En los departamentos ciencias sociales y de la comunicación (ciencias políticas, derecho, psicología, periodismo, antropología, historia y, haré una excepción, economía) el rango aumenta: es puta la vieja que se come entre dos y tres por semestre, porque el cuarto o quinto siempre será en secreto, aunque corra el chisme. Para el tercer grupo (el de los artistas, literatos, músicos, diseñadores y publicistas), siempre con sus juegos de palabras, sus dobles sentidos y dulces ironías, puta es la que no se lo dio a nadie (por morronga, solapada y mentirosa) o la que se lo dio a dos al mismo tiempo, quedó embarazada y no sabe de cuál. Lo de puta, por supuesto, es por su embarazosa situación. Y en el trabajo… bueno, en el trabajo la cosa se complica. Puta es la que tiene la desgracia y osadía de enamorarse de un jefe, la que se mete con un tipo casado, aunque paradójicamente solo para las mujeres será “puta”, los hombres dirán que es “una delicia”.

Pero además de no ser exacto, “puta” es un término que no dice nada. “Puta” es “una puta chimba” (en Colombia, especialmente en el interior, término que expresa alegría y aprobación). En masculino y, particularmente en Bogotá, de alguien diestro en un oficio o deporte se dice que es “un putas”. Y “puuuuuta” a secas, “jueputa” o “puta la madre que lo (me) parió”, fuera de expresar rabia o desagrado por una situación hipotética o real, no significa nada –de ahí que muchas veces al pronunciarla, debamos excusarnos con los presentes y aclarar que de ninguna manera el “puteadón” estaba dirigido a ellos. En la mayoría de los casos, sin embargo, “puta” se usa para ofender, sin tener en cuenta claro, las costumbres sexuales o laborales del destinatario. En pocas palabras, “puta” no significa nada.

Por eso les digo mis queridos lectores (y a todos los que me han llamado puta no sólo en esta página sino en la vida real): si me tienen que decir algo, prefiero que sea “puta” a que sea “hombre”. Al menos así por lo menos sé que en el peor de los casos no están diciendo nada y, en el mejor (los que lo dicen a consciencia, con berraquera y con rabia), que aluden a mis sensaciones y mis deseos, algo que por los siglos de los siglos nos han negado a nosotras, las mujeres.





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