Por León Krauze

Lo admito: el futbol me obsesiona. Quizá se deba a ese déficit evidente de talento que nunca me permitió jugarlo realmente bien (llegue a ser un mediocampista aguerrido, de mucho grito y pierna fuerte; nada más). Tengo varios amigos de notable habilidad futbolera –dos exfutbolistas profesionales entre ellos– que, tras haber derrochado talento por años, ahora ven la pelota sin sentir otra cosa que cierto cansancio. No los imagino repasando las posibilidades matemáticas del equipo mexicano ni coleccionando estampas como si aún no rebasaran la adolescencia. No es mi caso. Guardo en la memoria decenas de recuerdos futboleros. Quizá lo primero que recuerdo de la vida entera sean las reuniones, en casa de una tía de mi madre, para ver los lamentables partidos de México en Argentina 1978. Me acuerdo de los lamentos de mi abuelo ante la debacle del equipo de Roca, que prometía triunfar y cosechó humillación a redes llenas. Recuerdo entrar al Estadio Azteca de la mano de mi padre en el partido México-Bélgica; como entrar a un altavoz en pleno estruendo. Recuerdo abrazar a mi hermano en Orlando cuando Luis García anotó el segundo contra Irlanda; “casi me ahorcas”, me dijo con la cara pintada con una “M”. Y recuerdo el 2006, los insultos argentinos tras el empate y las burlas después del zurdazo de Maxi Rodríguez (Dios le guarde un castigo a ese muchacho). El futbol, pues, es parte de mis mejores recuerdos y, quizá, la única expresión que sobrevive de una infancia que se fue hace tiempo. Por eso, y muchas otras cosas, vale la pena hablar del Mundial con abandono y desfachatez, sin pretensiones académicas; sólo porque sí y sólo de futbol.

 
Valga este primer “post” para comenzar un debate. ¿Quién ganará la Copa? Apuesto por Holanda. Algo me dice que este no es el año de Brasil; mucha defensa y delantera, pero poca media. Inglaterra tiene un gran equipo, pero nunca pierde la oportunidad deperder la oportunidad. Argentina lleva a la mejor ofensiva de su historia (una cosa es contar con dos grandes delanteros, ¿¡pero cinco!?). Para su desgracia, el Mundial también lo ganan los técnicos, y la albiceleste tiene, en la banca, a un hombre que sabe lo mismo de táctica que de humildad. ¿Y España? Sí: es la favorita, y por buenas razones. Al equipo español no le duele nada. La cintura española es delirante (hablo sólo de futbol, aunque…), la defensa es perfecta, el arquero es genial, la delantera va bien por arriba y por abajo. España, pues, debe ganar. Para lograrlo, sin embargo, tendrá que ir contra su propia historia. Ya lo hizo en la Euro, pero el Mundial es harina de otro costal. Ojalá lo consiga. Pero mi favorito es otro. Creo que ganará Holanda. La Naranja Mecánica de Cruyff jugaba más para la estética que para el trofeo, y bendita sea por ello. Increíblemente, la Holanda de Van Basten, Gullit y Rijkaard no consiguió lo que debería en Italia ’90. La de Bergkamp se creía la Holanda de Cruyff; por momentos parecía como si hiciera el favor de saltar a la cancha. Así le fue. Pero ésta, la del 2010, es distinta. Mezcla, como nadie, la velocidad y el toque. Cuando Sneijder se habla con Robben o Van derVaart con Van Persie, el mundo tiembla. Y luego habrá que ver a sus jóvenes. Uno, en particular, me asombra: Ibrahim Affelay, un tipo que mezcla la gallardía erguida de Zidane con el vértigo de Messi. Dios agarre confesado al rival que encuentre a estos holandeses en su cuarto de hora. Por eso, mi apuesta es por el muy merecido encumbramiento del futbol total. Ha tardado en llegar. Pero ya es hora. Burocracia.

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