En este país se habla abiertamente de la relación entre algunos miembros del gobierno y los paramilitares. Se habla de la convivencia que tuvieron otros políticos con el narcotráfico. Las páginas de los periódicos están llenas de congresistas que ahora viven en las cárceles, y los ventiladores anuncian que caerán más cabezas.
 
Este país, definitivamente, tiene problemas más serios que preocuparse por las andanzas románticas de sus gobernantes. O eso pareciera. Sin embargo, leyendo ayer un artículo sobre sexo y política en Estados Unidos, caí en cuenta de que el sexo dice mucho de un ser humano, y por supuesto dice mucho de un político.
 
En los años sesenta se especulaba si JFK le ponía los cuernos a Jackie con Marilyn Monroe. Era una charla de corrillos que no se ventilaba en los medios abiertamente y que más adelante dio para muchos libros sobre el asunto. Ahora no es así, por lo menos fuera de ciertas repúblicas bananeras.
 
Ahora Elliot Spitzer, el gobernador de Nueva York, renunció y pidió disculpas por su relación con una prostituta. Sarkozy, más descarado, no hizo ni una cosa ni la otra cuando apareció en público con la ex groupie Carla Bruni. En el caso de Carlos Menem, salió corneado por la Bolocco y el tiro le salió por la culata. Y la pobre Hillary está aún sufriendo las consecuencias de los cuernos de su marido y de su fama de esposa sacrificada y ambiciosa.
 
Aquí, de eso no se habla. Estamos, si acaso, como estaban los gringos en los sesenta. Especulando. Recuerdo cuando un columnista escribió que un presidente tenía encuentros furtivos con una presentadora. Se armó un revuelo enorme, no porque el columnista estuviera dando una chiva, no porque el presidente tuviera que responderle al país, sino porque esas cosas no se dicen…
 
Hace mucho tiempo le pregunté a un director de un medio de comunicación por qué aquí no había papparazzi. Él me respondió: “Porque todos tenemos rabo de paja”. Tal vez tenga razón.
 
El caso es que la actitud del político frente a su romance descubierto dice mucho de él, o eso afirma el columnista que leí ayer, y tiendo a estar de acuerdo. Yo no creo, por ejemplo, que el caso Lewinsky le hubiera hecho daño a Clinton. Al contrario, lo convirtió en un super político. Su carisma estuvo a prueba cuando se paró frente a las cámaras y pidió perdón, aparentemente acongojado. Era una cuestión de gustos. ¿Quién es más atractivo? ¿El presidente de los ojos turquesa, del pelo entrecano y del acento sureño o la gordita becaria y trepadora que fue capaz de guardar un vestido lleno de semen para lograr sus objetivos?
 
¿Qué nos dice el sexo de nuestros políticos? Absolutamente nada, porque no lo conocemos. Especulamos sobre si son fieles o infieles. Si son gays, si son promiscuos o si son vírgenes. El sexo es indudablemente un reflejo de quienes somos, y si es por eso, entonces los políticos son todos unos hipócritas, unos frígidos y en el mejor de los casos unos asexuados. Pero eso también es especulación.

 
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