Es a todas luces evidente que si vemos en el lomo de un libro los nombres Pedro Páramo y Juan Rulfo, todos sabemos que se trata de la novela Pedro Páramo, del inalcanzable mexicano Juan Rulfo. Pero ¿cuántos de nosotros sabríamos decir a ciencia cierta, viendo el emparejamiento Eugenio Aguirre-Gonzalo Guerrero, cuál de los dos es el nombre del autor, cuál de los dos el del protagonista?
 

Si yo supe que el autor era Eugenio Aguirre y el título Gonzalo Guerrero, tan sólo fue porque Gonzalo Guerrero es para mí un héroe muy querido: el primer castellano que se aculturó en América, el primero que habló un idioma del Nuevo Mundo, y el primero que murió peleando contra sus excompatriotas, los conquistadores, defendiendo su nueva patria centroamericana. Era paisano mío, de Palos, en la provincia de Huelva.
 

Un nuevo ejemplo: la pareja Felipe Delgado-Jaime Sáenz. Como muchos, yo no sabría que Felipe Delgado es el título de la obra maestra del boliviano Jaime Sáenz, ni sabría siquiera que Jaime Sáenz existe, y que es un gran escritor, si no fuese porque mi amiga Kathlen Lizárraga Zamora me lo dio a conocer una noche de pláticas en la bella y recoleta Sucre, y además tuvo la impagable gentileza de regalarme un ejemplar del libro.
 

Saliéndome del mundo hispanoamericano, podría alargar la lista ad nauseam & ad infinitum. La pareja Héctor Servadac-Julio Verne se beneficia sin duda alguna de la fama universal del creador de La vuelta al mundo en 80 días, y algo semejante sucede con Anna Karenina-León Tolstoi. Ahora bien, yo veo muy difícil que más de un 10% de lectores no anglosajones esté en condiciones de decir quién es el autor y quién es el protagonista, si se los enfrenta con el binomio Nevil Shute-Stephen Morris. A ver...
 

Y el ejemplo cimero posiblemente nos lo ofrezca la literatura neerlandesa, donde la pareja Multatuli-Max Havelaar induce a pensar que Multatuli sea el título y Max Havelaar el autor, cuando es justamente todo lo contrario: el autor Eduard Douwes Dekker se esconde bajo ese seudónimo extraido de un verso de Horacio: multa tuli (=el que sufrió mucho).
 

Pensemos, para terminar, en un lector coreano que acude a una librería de Seúl y se pone a husmear en las estanterías de literatura extranjera. De repente topa con esta simbiosis: Rosario Tijeras y Jorge Franco Ramos. ¿Quién creerá nuestro lector coreano que es el autor o la autora, quién el protagonista o la protagonista del libro? Naturalmente hay trucos para salir de la duda. Si al lado se encuentra un volumen de la misma colección y en cuyo lomo puede leerse, en el mismo orden que en el otro, La buena terrorista-Doris Lessing, de inmediato se hará luz en el cerebro de ese lector: Jorge Franco Ramos debe ser el autor de la novela Rosario Tijeras. No de otro modo procederíamos nosotros, además de consultar la solapa.
 

Con todo esto quiero decir que para un autor no es ninguna minucia la elección del título de su libro, y si es el primero y se decide por titularlo con el nombre del protagonista, es que está haciendo una apuesta de futuro sobre su propio re-nombre: siendo ya célebre, el riesgo, claro está, es muchísimo menor. Sólo se plantearía alguna duda si, por ejemplo, Gabriel García Márquez cometiese la maldad de escribir y publicar una novela titulada Mario Vargas, pero me atrevo a pensar que la posibilidad es bastante remota.
 

De todos modos, ésta de los títulos es una cuestión que varía bastante según las latitudes, y ya que he mencionado esa espléndida novela de Doris Lessing que es La buena terrorista, habría que añadir que en el original inglés se titula efectivamente así: The Good Terrorist, y además el adjetivo y el substantivo van con mayúsculas, de acuerdo con la tradición anglosajona. Pero en cambio, en alemán se titula escuetamente Die Terroristin (que va con mayúscula sólo porque ésa es la inflexible norma ortográfica del idioma de Goethe), y en portugués se titula no menos escuetamente A terrorista.
 

En otras palabras, sólo los españoles se han atrevido a aceptar la hipótesis de que hay buenos terroristas: para los alemanes y los lusitanos cuenta como certeza absoluta que los terroristas son malos por definición. Lo cual no deja otra conclusión sino la siguiente: que la formidable Doris Lessing es, en efecto, una buena terrorista... y tal vez por eso la ningunean en Estocolmo. Y una duda repentina: ¿cómo habrá sido traducido al coreano el título de su novela?

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