Mi abuelo paterno dejó diez hijos, treinta y tres nietos, y ninguno sacó su visión de negociante. Bichara Zableh nació en Palestina en 1900, llegó con pasaporte turco a Colombia en 1917 tras perder sus tierras en Belem y se asentó en Aracataca. Tuvo fincas y ganado, se convirtió en el hombre más rico de la región, suyo fue el primer auto que llegó al pueblo y se hizo famoso entre otras cosas porque durante las fiestas patronales la borrachera lo hacía quemar billetes. Por esto y más, se convirtió en personaje de Cien años de soledad. Para él, Gabriel García era apenas un mocoso.

Hay que ver, casi un siglo después, qué es negocio y qué no en el mundo de hoy, factores que el viejo Bichara no entendería y que seguramente lo llevarían a la quiebra. No se si su árabe cabeza podría asimilar que Colombia importa café, maíz, soya y algodón, y mucho menos que varios de esos productos son transgénicos. Mi abuelo no sabía usar un betamax, mucho menos iba a entender que existen alimentos manipulados genéticamente.

Murió de un ataque al corazón en su sillón favorito el 14 de junio de 1974 mientras Alemania le ganaba a Chile en el mundial de fútbol. Eran otros tiempos, tiempos en los que organizar un mundial era aun rentable. Hoy no sabría cómo explicarle al padre de mi padre que la FIFA no sabe qué hacer con el medio millón de entradas que aun no ha vendido a menos de dos meses de la inauguración del torneo que se viene.

El único consuelo para la FIFA y los sudafricanos es que podrán recuperar por fuera de las canchas las ganancias que no van a obtener dentro de ellas.

Con una resignación poca antes vista, por ejemplo, el presidente de South African Airways anunció que espera que se extravíen unas setenta y cinco mil maletas, cifra dada de acuerdo a estadísticas históricas del país. Así que después del mundial muchas prendas de ropa y electrodomésticos pequeños como cámaras, afeitadoras eléctricas y secadores de pelo serán vendidos a módicos precios en el mercado negro sudafricano.

Mientras tanto en China, niños de trece años reciben tres dólares por doce horas de trabajo fabricando al leopardo Zakumi, la mascota oficial del torneo que se vende en la página de Amazon por 25 dólares. Al conocer la noticia, la FIFA le suspendió el contrato a la compañía que lo manufacturaba, que era la misma que había sacado al mercado la mascota de los Juegos Olímpicos de Pekín. Seguramente Joseph Blatter no entiende que China y los países tercermundistas emplean niños no por lo poco que cobran, sino porque sus pequeñas manitas son las únicas capaces de elaborar y ensamblar delicadas piezas.

Al parecer los únicos que incrementaron sus ingresos con respecto al año anterior fueron los bancos y los equipos de fútbol, lo que quiere decir que trabajar con dinero ajeno o poner a once tipos a correr detrás de una pelota sigue siendo rentable, no importa lo que digan sus dueños. Seguramente El Vaticano y otros gremios como los traficantes de armas y drogas ganaron también más dinero en 2009 que en 2008 pese a todo.

¿Cómo no vio mi padre, ni yo tampoco, que en un país tan violento como Colombia el negocio no estaba en montar una fábrica de ropa ni ser periodista, sino tener una funeraria en el Magdalena Medio? Hacer una alianza estratégica con los productores de falsos positivos hubiera potenciado el negocio, aunque tarde o temprano nos hubieran metido a la cárcel (a mí y a mi padre, claro, no a los miembros del Ministerio de la Defensa).

Quizá a la larga no hubiera sido tan grave, porque hubiéramos pasado a engrosar ese otro ejército, el de veintiocho mil presos que el Inpec tiene bajo su custodia y que no ha podido identificar porque varios de ellos tienen hasta cuatro cédulas diferentes. Supongo que cuando nadie sabe a ciencia cierta quién eres, resulta fácil volarse de prisión para seguir delinquiendo. Total, con cuatro identidades distintas, aun quedan tres en la celda para ocupar tu lugar. Un negocio redondo.

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