'Mochilero' es como ochentero. '¿Que es de la vida de Daniel Pardo?', diría una mamá. 'Está mochileando por la India', diría otra. Hablan, las mamás, de una persona jóven que está viajando con poco presupuesto y un morral de alpinista. De esa generalización yo sacaría dos ramas: los mochileros que se las dan de mochileros, y los que no. Más allá de cuál soy yo, hay mochileros que se dedican a pontificar sobre su viajes.

Y he aquí uno: en la tienda de Bhang en Jaisalmer, la capital desértica del Estado de Rajastán, en la India, caracterizada por su inmenso e intácto fuerte en la mitad.

Bhang, un yogur de marihuana, ha sido consumido hace siglos en la India, y hoy en día se reduce al campo de mochileros y los practicantes hindúes más tradicionales, a saber Sadhus. Viene del Lassi plano, el yogur dulce con especies que se encuentra en cada esquina del subcontinente. Para encontrar el 'Special Lassi', uno pregunta en la callle 'Where is Bhang Lassi, the place of the government?' Hay de innumerables sabores, y el de marihuana, solo vendido en lugares autorizados por el gobierno, es el más caro -1.5 dólares- y difícil de conseguir. Cuando Antony Bourdain hizo su DVD probando comidas alrededor del mundo, estuvo en esta tienda, y se tomó un Bhang Lassi. La tienda vende el DVD tres veces más caro de lo que se encuentra en Internet. Y la gente lo compra.

Es sabido, porque se ve en la calles, que los Sadhus consumen marihuana para alcanzar estados trascendentales de éxtasis. A pesar de que el cannabis puede dar para cuatro años de cárcel y una multa de 250 dólares en la India, el consumo de Bhang es completamente legal. Con un mortero, convierten los moños de bareta en un menjurje verde que mezclan con la leche, el ghee (mantequilla) y las especies. También los hacen con té. Como fumar cigarrillos en las terrazas de los hostales, entonces, consumir yogur de marihuana en bares de un metro cuadrado, sentado en cojines percudidos, es una forma de conocer mochileros, que hablan de sus viajes y sus experiencias y sus vidas.

Uno de ellos es Shinananda, un canadiense de facciones chinas que lleva 13 meses viajando por Asia. Lleva 13 meses, dice. No un año. Shinananda lleva la cuenta de los días que ha estado en cada país. Para referirse a Myanmar, la dictadura donde tuvo que esconderse cuatro días en un bar de vodka durante un toque de queda, habla de los 27 días que estuvo en el país que, resalta Shinananda, 'solo da 16 días de visa'. Shinananda llegó cuando yo ya iba en la mitad de mi Lassi, y se introdujo de a pocos a una conversación entre una francesa y un argentino sobre los retrasos que ha generado la niebla en este invierno en la India. Shinananda, que usa anillos en todos los dedos de su mano derecha, criticó a la guía Lonely Planet porque no informa de este percance. En un segundo de silencio, Shinananda botó el dato de que en Mongolia, donde estuvo 31 días -en vez de un mes-, los trenes se retrasan hasta 4 días, porque el frío de menos 35 grados no lo permite. En Kasakstán, Shinananda usaba un gorro ruso de piel que se le congelaba tan pronto salía a la calle. Shinananda tiene 27 años y no se ha graduado de biología. Tampoco habla con su familia hace 13 días, dice. Shinananda tiene una camiseta negra ajustada, una pantaloneta negra de jean, unas botas negras, aretes en ambas orejas y una barba tipo Mockus. Shinananda fuma cigarrillos nepalís. Y toma cerveza taí. Cada vez que uno pregunta algo al aire, Shinananda responde, con ejemplos y experiencias extraordinarias y extremas. Y con la verdad. Absoluta.

Después del discurso que Shinanda me dio sobre las precuaciones que tengo que tener en los hoteles -como siempre mirar si la ventana tiene seguro-, llegó un australiano que me remplazó. Yo salí, en una traba amigable, y caí en cuenta que yo no pregunté ninguna de las cosas que me contó este chino con pinta de gringo.

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