De niño mi madre me obligaba a hacer planas con la mano derecha en un cuaderno especial que había comprado para mí en una papelería.

No lo hacía para atrofiarme el uso de la izquierda, según ella, sino para que me volviera ambidiestro. Ignoro si existe un estudio científico que lo compruebe, pero para ella ser ambidiestro era señal de ser más inteligente que los demás, como si al usar las dos manos se usaran también dos cerebros. Yo, fatalista desde mi primera infancia, pensaba que el esfuerzo bien valdría la pena en caso de que me mutilaran la mano izquierda, lo cual era solo cuestión de tiempo.

Como siempre dejo las cosas a medio empezar, logré abandonar el cuaderno a la mitad a golpe de llanto y ruegos. Y aunque jamás logré escribir con la derecha, recuerdo que cuando pasaba al tablero en el colegio trataba de escribir con ella, y no me salía nada mal. Era un detalle que no todos notaban, apenas los más observadores, entre ellos un compañero que había nacido zurdo, como yo, y al que en casa le habían castrado el uso de la izquierda. Armado de su mano diestra -que era justamente la menos diestra-, el pobre garabateaba sin éxito los cuadernos. Además de burlas por su pésima caligrafía, ganaba malas calificaciones porque ningún profesor entendía lo que respondía en los exámenes.

Este es un mundo de derechos, y como derechos que son creen tener el deber de enderezarnos a todos. Ahí está Benedicto XVI, vocero de un dios intolerante, dueño de la verdad en materia sexual pese a que debe ser virgen, como manda la Iglesia.

Conservadores todos. Son esos que condenan públicamente lo que hacen a escondidas. Hay quien se pasa la vida censurando el homosexualismo pero se derrite por los colegiales de catorce. Luego llega a casa a masturbarse y a llorar porque se odia hasta las vísceras por tener que aparentar lo que no es.

Hay también quien le asigna talante de delincuente a aquel que abre la boca para decir algo con lo que no está de acuerdo, pero que al mismo tiempo muestra una parsimonia que aterra cuando de arreglar problemas reales se trata. Ahí tienen ustedes a Ordoñez, nuestro Procurador, capaz de organizar una quema de libros. Hay que agradecer que lo nombraran en tiempos donde quemar personas ya no se usa.

Decía entonces que sigo siendo zurdo, pero un zurdo a medias, de no confiar. Escribo con la izquierda, pero hago con la derecha cosas como jugar beisbol, fútbol y tenis (lo del tenis es apenas una expresión). En cambio, me lavo los dientes, cambio los canales de la tele y me limpio el culo con la izquierda.

Ignoro qué soy, porque esta medianía ha llegado hasta mis convicciones. Me creo de izquierda, y aunque no soporto la extrema derecha, en ocasiones pienso que este país solo se solucionaría con imponer pena de muerte a aquellos que se vuelen un semáforo en rojo, se cuelen en una fila, cosas así. Cuando veo a un mendigo se me parte el corazón y me indigno, pero no muevo un dedo por él. Incluso huyo con algo de asco. Eso, sospecho, es ser un derechista de miedo, aunque ya no me queda claro.

Durante mis años de colegio luché junto a otros dos de mi salón para que nos dieran pupitres para zurdos, con el descansabrazos del lado izquierdo, como correspondía. Nunca lo logramos. En mi colegio, que era de curas, todos los pupitres eran de derecha.

Soy zurdo, asumo, pertenezco al diez por ciento de la población que se cree más inteligente. Sé de memoria que zurdos nacieron personajes como Paul McCartney y Albert Einstein, Leonardo Da Vinci y Ned Flanders. Pero yo no soy ellos, yo pertenezco al 9,99% de los que somos comunes y corrientes, justo como cualquier derecho que anda por ahí, orgulloso porque el mouse del computador, los cuadernos de argolla y la palanca de cambios del carro fueron hechos para ellos.

Recuerdo un año nuevo durante mi adolescencia en el que un primo que tenía una pistola la disparó al cielo, para celebrar, y luego me preguntó si quería hacerlo yo también. Fue la única vez que disparé un arma y me alegró ver que por instinto la cogí con la derecha. Ese día supe que, de matar a un hombre, lo haría con mi mano menos preferida y que así, al ser reconocido por los otros como zurdo, no me acusarían del crimen. Ese día dejé de ser un zurdo a secas y me convertí en un personaje siniestro.

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