Hombre muerto

En efecto, he muerto.
La muerte no me tomó por sorpresa, me la habían anunciado los doctores.
Me dijeron que si seguía tomando tantas pastillas mi hígado colapsaría y tendrían que transplantarme un hígado donado.
Les prometí que dejaría las pastillas y me internaría en una clínica para desintoxicarme.
Por supuesto, era mentira.

Seguí tomando esas pastillas. No quería que me injertaran un hígado ajeno. Solo estaba dispuesto a someterme a un transplante de pene, dado que el que me fue dado originalmente se hallaba en estado comatoso, vegetativo.

La muerte me asaltó en un hotel de Barcelona, después de entregar el manuscrito de mi última novela. Tomé ocho pastillas para dormir, me reventó el hígado y morí envenenado por chorros de bilis.

La verdad es que ya no tenía muchas ganas de seguir viviendo y sentía curiosidad por saber si había alguna forma de vida después de la muerte.

Antes de morir creía que la muerte humana no podía ser distinta de la de otras especies animales: dejabas de existir, tu cuerpo se corrompía, lo que habías sido desaparecía por completo, no había ninguna vida después de esta vida, simplemente entrabas en un agujero negro y te olvidabas de ti y con el tiempo los demás también se olvidaban de ti.

Estaba equivocado.

Después de morir, me encontré sentado en un tren rápido, con otros pasajeros. Nadie se conocía. Nos mirábamos perplejos y, sin embargo, serenos. Pude verme reflejado en la ventana del tren. Me reconocí enseguida. Era yo mismo, antes de morir. Tenía la misma cara, la misma barba incipiente tras una semana sin afeitarme, la misma ropa que me ponía todos los días.

Sin embargo, no me dolía el hígado, no me dolía nada.

Cuando llegamos a la estación, había un tumulto de gente esperándonos. Los pasajeros descendían (la mayor parte eran ancianos) y eran saludados efusivamente por personas que habían ido a esperarlos (la mayor parte eran también de edad avanzada, aunque había gente de todas las edades, incluso niños y madres con sus bebés). Hablaban en todas las lenguas y dialectos. Solo reconocí el inglés, el español, el francés, el italiano y el portugués. Los italianos eran los más afectuosos, se daban besos en la mejilla, hablaban a gritos. Escuché muchas otras lenguas que no supe reconocer.

No sabía dónde estaba y no esperaba que nadie fuera a buscarme. Solo para estar seguro de que era yo mismo, dije estas palabras:

—Hola, buenas noches, soy Jaime Baylys, bienvenidos al programa.

Lo dije en español y me salió la misma voz que solía tener cuando estaba vivo.

De pronto apareció mi padre. Se acercó sonriendo. Tenía muy buen aspecto. Se veía contento y saludable. Parecía un hombre de unos setenta años, la edad que tenía al morir. Me sorprendió que no cojeara como había cojeado casi toda su vida. También me sorprendió que me dijera con cariño:

—¿Qué haces por acá, chiquilín?

Nunca me había llamado así, "chiquilín". Solo lo había escuchado llamar así a su hermano menor.

—No sé —le dije—. No sé dónde estoy. ¿Dónde estamos?

—Te has muerto —me dijo—. Estamos en la otra vida. Estamos en el infinito.

—¿O sea que Dios existe? —pregunté, asustado.

—Bullshit —dijo mi padre—. No hay Dios. Todo era un cuento. Acá todos somos ateos. Ya sabemos que Dios no existe.

Caminábamos con dificultad entre la muchedumbre espesa y maloliente. Había muchísima gente.

—Esta vida no es el paraíso, hijo.

—¿Por qué dices eso?

—Porque acá no tienes que comer, no tienes que dormir, no tienes que cagar ni mear, no puedes tener hijos, no te enfermas y nadie se muere. O sea, vives eternamente, pero es un aburrimiento de la gran puta. Vives caminando y caminando entre un huevo de gente que no conoces y que te habla en unos idiomas que no entiendes y nunca te cansas y no paras a descansar o a dormir porque, como te digo, nunca te cansas, nunca tienes hambre, nunca te tiras un pedo.

El panorama era desolador. No había sino calles atestadas de gente y parques de los que provenían gemidos y jadeos inquietantes. No había casas, edificios, locales comerciales. No había autos, motos, bicicletas. Nadie llevaba dinero, nada se vendía ni se compraba. No había otros animales (no había dinosaurios, simios, perros, gatos, pájaros, cucarachas ni hormigas), solo hombres y mujeres condenados a no morirse nunca

—Estamos jodidos —le dije.

—Jodidos —dijo mi padre—. Jodidos, pero no tanto.

—¿Por qué? —pregunté, notando un destello de picardía en su mirada.

—Porque en esta vida puedes tirar todo lo que quieras y las mujeres nunca quedan embarazadas y, como ya sabemos que no hay Dios, la gente le pierde el miedo al sexo y se la pasa culeando. Esto es un puterío del carajo. Uno se muere y se va a una ciudad sin camas, sin casas, sin edificios, sin restaurantes, sin dinero, una ciudad sin límites donde solo hay calles y parques, y la gente solo hace dos cosas: camina o se va a los parques a culear parejo.

Eché una mirada a un parque cercano y me pareció ver una gran orgía en la que todos fornicaban sin pudor. Muchos de quienes copulaban eran ancianos. Las parejas no hablaban siempre el mismo idioma, lo que no les impedía gozar.

Mi padre y yo caminamos sin fatigarnos y todo estaba bien entre nosotros, no había rencores. Pasamos por un parque en el que se exhibían numerosos varones fornicando entre sí. Mi padre los miró como si mirase la lluvia caer.

—No te imaginas la cantidad de maricones que hay acá —dijo, como si tal cosa no le molestara en absoluto—. Casi la mitad de la gente acá es homosexual o bisexual. Nadie tiene miedo al castigo de Dios porque ya sabemos que Dios no existe. No hay gays en el clóset. Yo no le entro a eso, como comprenderás. A mí me siguen gustando las mujeres y todos los días me echo un buen polvo con una mujer distinta. Las griegas y las rusas son las mejores. Cuando están arrechas gritan en su idioma y no entiendes un carajo y eso es cojonudo, hijo. Tienes que tirarte a una rusa. O a un ruso. Lo que más te guste.

—No puedo —le dije.

—¿Por qué, chiquilín? —se preocupó mi padre.

—Las pastillas me han vuelto impotente —le dije.

—Huevadas, hombre —dijo—. Eso era antes de morirte. Acá cambia todo. Acá no es como allá. Acá todos somos ateos, todos somos inmortales, todos tenemos la misma edad que teníamos al morir (de haberlo sabido, me hubiera muerto más joven, carajo), todos tiramos con todos (claro que los viejitos la tienen más jodida y solo tiran entre ellos, esa es la gran desventaja de morirte viejo) y nadie tiene hijos y nadie come ni caga ni duerme ni se enferma nunca, o sea que olvídate de las pastillas y de la impotencia, lo único bueno que tiene la vida eterna es que todo el mundo anda eternamente al palo y las mujeres eternamente a punto de caramelo, chiquilín.

—Pero hay demasiada gente, papá.

—Demasiada —se quejó él—. Todos los que se han muerto en la historia de la humanidad vienen en tren a esta ciudad sin límites. Tú caminas y caminas y nunca se termina la calle y siempre hay un parque más y todo el tiempo ves personas raras, de otra época, vestidas como se vestían siglos atrás, cuando murieron.

—¿Y nadie se pelea? —pregunté.

—No —dijo mi padre—. Aquí no hay guerras, no hay gobiernos, no hay países. Nadie tiene ganas de pelearse, no vale la pena. Acá te das cuenta de que lo único que realmente vale la pena es echarse un buen polvo. Acá en la vida eterna el que no está culeando está buscando a alguien para culear. Así nomás es la cosa, hijo. Bienvenido.

—Gracias, papi —le dije, con un amor que no había sentido nunca por él.

—Bien huevón tú también de tragar tantas pastillas y hacerte mierda el hígado —me dijo—. Te dijeron que si seguías tragando todas esas pastillas te ibas a matar y no te importó un carajo. Siempre fuiste un loco de mierda. Saliste a mí. Tú te enviciaste con las pastillas, yo con el trago y las pistolas. Pero tú tuviste más suerte que yo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque ahora tienes cuarenta y cuatro años y esa será tu edad eterna. En cambio yo me partí el lomo para llegar a los setenta y ahora estoy jodido con esta cara de viejo —añadió, sonriendo.

—Pero ya no cojeas —le dije.

—No, ahora camino como tú —dijo—. Acá vienes cero kilómetros y nunca tienes que ir al taller a que te hagan una bajada de motor o un afinamiento, ¿entiendes? Acá no hay pastillas para dormir porque no necesitas dormir y no hay pastillas antidepresivas porque no te deprimes nunca. La mejor cura para la depresión es culearte a una rusa tetona. Además no tienes que ponerte condón.

—Buenísimo —dije—. Yo nunca pude con los condones.

—Yo tampoco —dijo él—. Por eso tuve diez hijos.

De pronto se acercó una mujer muy guapa, de unos cuarenta años, con un vestido elegante, de otra época, y le habló a mi padre en inglés, en un inglés con acento irlandés. Mi padre le miró el escote y comprendió que tenía deberes que cumplir.

—Me voy al parque, chiquilín —me dijo, y palmoteó mi espalda—. Ya te veo más tarde.

Luego se fue caminando con la mujer, diciéndole cosas al oído, tomados de la mano.

No podía creer que mi padre caminase sin cojear y, con setenta años, tuviese tanto éxito con las mujeres. Bien por él, pensé. Se lo merece.

Caminé sin saber adónde iba hasta que me detuvo suavemente un hombre joven y apuesto. Me habló en un idioma que no pude entender, pero me pareció que era alemán o danés o sueco o noruego, una lengua áspera y enfática. Era o había sido un hombre de mi tiempo, a juzgar por su ropa. Le dije en inglés que no le entendía. Me habló en inglés, me dijo si quería ir al parque con él.

—Yes, indeed —respondí y lo seguí, presuroso. ?

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