He de reconocer que para mí, como para los hombres, la relación de las mujeres con sus ciclos menstruales es un misterio. Un misterio contado en chino. Odio, amor, negación, asco, veneración y excusa se aúnan en ese extraño vínculo de la mujer con su cuerpo. Soy una de esas privilegiadas que no sufren dolor, ni alteraciones emocionales, ni otra cosa que no sea un recordatorio de que sigo siendo fértil. Muchas mujeres, en cambio, sienten que son despedazadas lentamente cada mes.

Sin llegar a esos extremos, no es agradable. No conozco a nadie que disfrute con la experiencia de que la sangre mane de cualquiera de sus orificios: algunas mujeres sienten dolor y malestares, pero sobre todo miedo y desagrado. Muchas temen esos cinco días durante el resto del mes: convierten el ciclo en un tobogán en el que unos días son de hinchazón, otros de altibajos y otros de malestar. Me cuesta aceptar que el tema de la regla nos ocupara tanto tiempo si la femineidad estuviera más valorada, si nuestro cuerpo tuviera otra dimensión que no fuera la sexual. Sospecho que a nivel inconsciente, los días de la regla sirven para que nos sintamos un poco enfermas y pidamos un poco de atención, los días en los que, a cambio de todo lo que damos, pedimos que se nos devuelva el amor en forma de mimos, chocolate y atenciones.

Cuando yo era niña, la llegada de la menarquia no se asumía de manera natural, como pasaba cuando al muchachito le salía barba, o se le agravaba la voz. No, las reacciones se dividían en tres:

A) Los padres estilo "princesa de papá", que organizaban una fiesta para celebrar que su hija ya era mocita. Llamaban a los amigos, compraban tarta y globos, sacaban fotos, y la niña pasaba una vergüenza mortal.

B) Los padres estilo Carrie, que ocultaban el hecho, y advertían a la aterrorizada niña, que en ocasiones no sabía del todo lo que le estaba pasando, que ahora debía cuidarse de los chicos, porque podría quedar embarazada. Además, no debía bañarse, regar las plantas, ni hacer pan, salsa mayonesa o embutidos durante esos días.

C) Los padres normales, que por lo general asesoraban de manera aséptica el tema. Las madres supervisaban la higiene y los cambios de emoción, y los padres tendían a alejarse física y emocionalmente de esa hija que, de pronto, era una mujer.

Han pasado veinte años desde entonces, y por lo que me cuentan las jovencitas, sus padres no han evolucionado demasiado, y siguen encasillados en los modelos A, B y C. Sin embargo, ha aparecido un segundo grupo de influencia: las empresas de higiene femenina que tienen que decir, sin ser evidentes, que sus instrumentos son mejores absorbiendo sangre que otros. Para ello se produce un despliegue de cursilería y color, con modelos jovencísimas y (al parecer, las mujeres mayores de treinta años ya no tienen la regla, en una epidemia mundial televisiva de menopausia precoz) en el que cualquier parecido con la realidad es casual.

Las mujeres nos sentimos tratadas como estúpidas. Pero, como con el síndrome de Estocolmo ese rol casi infantil de ocultación, de que nada pasa, y de queja soterrada parece ser el único para enfrentarse al tema.

Señores, sean atentos y distingan entre el dolor físico y el dolor emocional. Es difícil que una mujer amada, mimada y querida no se sienta a gusto con su cuerpo. Den gracias por no retener líquidos una vez al mes, y por no distinguir claramente entre tampones normales y súper. Y sean generosos, concédannos ese inmenso don que es la empatía.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.