El 23 de agosto el periodista Alejandro Lloreda recorrió Bogotá dejando los anzuelos de esta pesca de "aviones". En cada uno de los cinco lugares escogidos dijo que había encontrado un reloj en el baño y lo depositó en donde se lo indicaron por si aparecía su dueño. En el aeropuerto entregó un Cartier, en Maloka un Casio, en el Museo Nacional un Bulgari, en Unicentro un Longiness y en la Fundación Santa Fe un Cartier de mujer. Todos eran réplicas compradas en la calle por $32.000 cada uno. Los relojes carnada estuvieron tendidos hasta que pasada una semana debí seguir la misma ruta. Esta vez haciendo el papel del dueño de los relojes y preguntando con insistencia por ellos en los lugares de los objetos perdidos.


Aeropuerto El Dorado
En información pregunto por el Cartier y me dicen que vaya a la policía o a Seguridad Aeroportuaria. Sé que Alejandro lo dejó en este último sitio, así que voy directo para allá. Me asomo a la primera ventanilla y no he terminado de contar que perdí mi reloj en el baño cuando ya empiezan las excusas: "Ahí sí lo lamentamos. Lo único que traen es lo que se queda en el filtro durante la requisa. De resto en cualquier área que se pierda, el elemento no va a aparecer." Insisto: ¿Está seguro? ¿Podemos mirar? Me manda a la otra ventanilla. De nuevo la respuesta apocalíptica: "Eso no los devuelven. Eso es una zona pública y cualquier persona lo coge". Le leo el letrero de arriba: "...se responderá por los objetos olvidados en las distintas áreas del aeropuerto solo durante los seis meses siguientes. Att. Adriana Jaramillo, jefe de seguridad". Según esto deben responder en cualquier lugar, digo enérgico, pero otra vez le oigo decir: "Filtro, filtro, solo en el filtro y lo único que hay está registrado en el libro".
Celular Bellsouth, gafas con estuche, cámara digital, memoria gris marca Flash, buzo gris Acapulco. Voy leyendo la lista mientras pienso que cualquier avivato podría decir que se le perdió "X" cosa, mirar el libro, escoger en ese menú infinito de objetos olvidados, y enviar a un mensajero y decir que se le perdió "Y" día una memoria Flash o un buzo Acapulco.
Exijo hablar con Adriana Jaramillo, pero, claro, está ocupada en una misión. ¿La típica excusa? De nuevo voy a la carga: quiero hablar con alguien más. Sale Ballardo Escobar, jefe de turno y prueba que el tono de voz sube con el rango. "¡CÓMO SE LE OCURRE DEJAR UN RELOJ EN EL BAÑO!", exclama en tono de regaño y dicta una sentencia condenatoria sobre la honradez del vilipendiado pueblo colombiano: "¿Acaso cree que hay honrados aquí?".
Vuelvo a Información, luego al puesto de policía y finalmente doy con María Eugenia Ramírez, asistente de la jefe de seguridad (la del letrero). Vuelvo con el mismo cuento y ella también: que en el filtro sí, pero en las áreas públicas ni modo. Que aquí no han traído nada. Que no está en el libro -¿Seguro? -¡Segurísimo!, dice. Y sí, seguro. Le cuento que es el reloj de mi abuelo muerto y accede a mirar el libro de objetos perdidos. Libros, discos, equipo respiratorio, mapa, estimulador eléctrico (¿vibrador?). -Ahí está -exclama sorprendida-. Reloj de acero, Cartier. ¿En acero? -pregunta como para confirmar que soy el dueño. Sí. Ese debe ser, le digo pensando que tal vez terminen devolviéndome uno original y que me sopló la respuesta antes de formular la pregunta.
Hace una llamada, pide que traigan el reloj y otra vez el interrogatorio de "seguridad": "¿Para dónde iba y en qué muelle? ¿Cartier? ¿En acero?" ."Medellín", "Aeropuerto Internacional" y "sí" son mis respuestas. Fácil. Ahora solo me piden nombre, número de cédula, un teléfono, firma y me entregan el mismo Cartier chiviado de 32 lucas. Lástima. Solo me quedan tres dudas y una moraleja: ¿Por qué no me pidieron la cédula? ¿Cómo supieron si los datos que di eran verdaderos? Si los objetos perdidos están en una bodega guardados bajo llave como dijo cuando le supliqué que me los mostrara, ¿cómo llegó tan rápido el reloj a mis manos? La moraleja: el que no llora no mama. Casi media hora duró el rescate del reloj.


Maloka
Los de información repiten el mismo parlamento que recitaron en el aeropuerto. No han recibido ningún reloj y juran que nadie devuelve esas cosas. Ante la insistencia me envían a seguridad. Contra una pared forrada de paño azul rey golpeo. Ábrete sésamo y se abre una puerta camuflada. Me asomo por la abertura y medio ahorcado por la cadena del pasador también recito mis líneas. Pido que me dejen entrar, pero por seguridad es imposible. El guardia sale, me muestra que en el libro en el que se registran todas las novedades hay de todo salvo un Casio como el que busco (celulares, portátiles, sacos, cámaras y billeteras). Pido que me dejen ver el lugar en el que guardan todos estos maravillosos tesoros de Aladino y ante la negativa y mi intensidad llama al superior. Iván, el jefe, vuelve a mirar el libro, me niega la presencia del reloj en sus dominios y el permiso para acceder a ellos. Insisto, pataleo pero no aparece la carnada. Lo que no está relacionado en la minuta no existe, sentencia. Después de esto, llamé contando toda la historia, dejé mis datos pero hasta ahora no he recibido respuesta.


Museo Nacional
"No lo han reportado los señores de seguridad", es lo primero que dicen en recepción. El partido parece estar 2 a 1 en contra de la honradez. Pero, es justo preguntar en el guardarropas, donde Alejandro lo dejó luego de firmar un libro. La empleada de turno explica que la semana pasada había ocupado su puesto un tal Bolaños. Pregunto por el libro y me aclara que ahí solo registran las cosas que no pueden ser ingresadas a las salas de exhibición, como cámaras y bolsos. Me lo muestra y encuentro que en una de las páginas señala que Alejandro Jaramillo dejó un reloj Bulgari el 23 de agosto a las dos y cuarto de la tarde y que ese mismo día, a las tres, alguien lo retiró.
El libro de Alejandro era supuestamente el de los objetos perdidos. ¿Lo habían engañado haciéndolo firmar un libro de objetos guardados? Ante la prueba irrefutable de que el Bulgari había pasado por ahí, la mujer llama a Bolaños para que responda a mis reclamos. Con un acento inconfundible de pastuso, Bolaños acepta que recibió el reloj de un joven que no puede ser otro que Lloreda. Claro que inmediatamente empieza a culparlo a él pues lo entregó delante de mucha gente y uno de ellos pudo ser ese al que media hora después se lo entregó luego de que preguntara por un Bulgari del mismo color. ¿No le pidió ningún dato? ¿No sospechó nada? Se va enojado tan pronto le hago ese par de preguntas.
Siento pena por Bolaños, pero su cuento es demasiado perfecto y elaborado y la señorita del guardarropas sigue sin entender por qué el dichoso libro, la memoria de todo lo que allí acontece, dice que se entregó al recibir el reloj la ficha número 5. Vuelvo a la recepción a aclarar el enredo con el supervisor quien se muestra sorprendido porque, según él, en ese libro nunca se registran objetos perdidos. Llama por el radio y regresan el acento pastuso y las mejillas coloradas de inocente de Bolaños. Entre titubeos narra lo mismo y agrega que el reloj estaba atrasado y que por eso no le prestó importancia al asunto. Simplemente cuando preguntaron por él, exigió que le dijeran la marca y el color y como acertaron lo entregó así no más, sin pedir identificación, ni un teléfono. Solo una firma, un garabato ilegible. Me resisto a pensar que todo es una coartada y lo defiendo dando por hecho que un vivo se lo llevó. A la salida la fotógrafa comparte su pesar: le dolió ver cómo caía redondo Bolaños. Ella había acompañado a Alejandro el día en que entregó el reloj y con su cámara registró la soledad que había a su alrededor cuando el Bulgari cayó en las manos del ropero. Al parecer, nadie, distinto de ella y Bolaños, había sido testigo de la entrega.
Un día después de esto, llamé al museo a contar los resultados del experimento. Preocupados por el artículo o por la supuesta falla hicieron una investigación expedita. El resultado: ponen sus manos en el fuego por Bolaños. Dicen que es un hombre de una conducta intachable, que lleva cuatro años, que no tiene ningún antecedente y que en cambio ha sido muy felicitado por los visitantes. No hubo errores en el procedimiento, según ellos, pero queda sin resolver el misterio de cómo alguien supo que el único reloj del ropero era precisamente un Bulgari. Ahí queda para los X files.


Fundación Santa Fe
Noellys Sorza. Recuerde ese nombre. Es la heroína de la historia. Me acerco al punto de información de los consultorios de la Santa Fe. Le pregunto al vigilante si sabe de un reloj Cartier de mujer. Me dice que no ha recibido nada, que no existe registro en el libro de objetos perdidos y me da los datos del señor que estaba el día de la supuesta pérdida. Antes de irme derrotado voy donde la recepcionista de al lado. De inmediato pregunta por la marca y lo saca del cajón. Me dice que un joven muy honesto lo dejó. Que ahí, en un papelito, está su nombre y teléfono para que lo llame y le agradezca. Cuando Alejandro llevó el reloj esta mujer no se lo quería ni recibir. Le dijo que se quedara con él y que dejara el teléfono por si alguien aparecía. Felicito a Noellys por su honestidad y me despido esperanzado. Su único error, porque no hay nada ni nadie perfecto en la vida, fue confiar en mí y no pedirme cédula ni datos. Era la primera vez que alguien le entregaba un objeto perdido.


Unicentro
Voy directo al punto de atención en el que Lloreda dejó el reloj. Claudia, la que atiende, dice que no sabe nada del Longiness. Que vaya a la administración. Allá la recepcionista niega tener registro alguno de un reloj y cuenta que a ellas les reportan todo. Me muestra un cuaderno en el que anotan los datos de las personas que han perdido algo. Le pido que me deje ver el lugar en el que guardan los objetos. Abre un cajón contiguo a su escritorio y me muestra una agenda, unas llaves y unos documentos. No hay más. Ni rastro del reloj. Pero insisto y muy apersonada de su cargo, llama a los de seguridad. Allá tampoco hay señales sobre su paradero.
Alejandro lo entregó en el punto de información a una señorita que decía llamarse Diana Vega y que le dio un teléfono, el 2138180, por si quería verificar algo después. A ese teléfono he llamado unas diez veces, a distintas horas, y siempre suena ocupado. La mañana siguiente llamé a Unicentro, me remitieron con la jefe de comunicaciones, le conté que gracias a este último lugar el partido había quedado 3 a 2 en contra de la honestidad y le di todos los pormenores (nombres y todo). Por la tarde llamó a dar su versión de los hechos: la recepcionista de la administración estaba haciendo un reemplazo, no sabía cómo funcionaba todo y yo me había quedado en la mitad del camino que debía seguir para recuperar el objeto. En fin, el reloj había aparecido, siempre había estado ahí, y ahora me decían que podía ir a recogerlo. ¿El poder de los medios había hecho el milagro? Lo único que me quedó claro es que Unicentro es, tarde o temprano, y como ellos mismos lo dicen, "El único lugar que lo tiene todo". Hasta nuestro reloj perdido. Ahí está para que lo reclame.

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