Los indios sioux de Norteamérica creían que las pupilas de un águila eran tan profundas que la tierra entera cabía en ellas. Animales, montañas, ríos, mares, árboles, nubes. Eran ventanas, creían, por las que dios se asomaba a contemplar su creación. Por eso, antes de hacerse guerreros, los varones de la tribu debían buscar un águila, ponerse frente a ella, mirarla fijamente y esperar a que el animal les observara el alma. Los sioux creían que los ojos insondables de las águilas podían descifrar el espíritu de un hombre y saber si era digno de respeto. Yo ahora observo al ave enjaulada y trato de que ponga sus ojos en los míos. Es una pescadora, una de las rapaces más grandes del continente. Alas cafés, pecho muy blanco, ojos de un amarillo intenso, pupilas negras, pico curvo, garras largas de cuatro dedos, una atrás, reversible, para ensartar los peces de los que se alimenta. Sus alas extendidas quizás midan lo mismo que un jugador de baloncesto. Pero no las abre. Ella permanece encogida, con la cabeza hacia abajo y la mirada inquieta, sin detenerse en ningún punto. No está enferma, nada le duele. Es solo que se cree gallina. La culpa es de un hombre que la tuvo encerrada en el patio de su casa en Tierralta, Córdoba. Era casi un pichón y él creyó ingenioso meterla en un guacal con pollos para engorde. El animal nunca aprendió a volar ni a cazar y en cambio casi cacarea. Hace meses la Policía al fin la rescató y ahora permanece en esta jaula de un centro de atención de fauna silvestre en Montería, una especie de manicomio para fieras. ¿Pierden la cordura los animales?

Santiago Monsalve es médico veterinario y dirige esta suerte de sanatorio psiquiátrico en las afueras de Montería, muy cerca del camino que lleva a una de las fincas donde el Presidente de la República colecciona caballos pura sangre. La ropa de Monsalve no se parece al clima vaporoso de esta sabana enorme, inundada aquí y allá por lagunas que se rebosan en invierno. Ochenta kilómetros al norte está el mar. El calor se escurre por la espalda. Él viste camisa a cuadros, manga larga, jeans de mezclilla, gafas Ray Ban, tenis Converse. Él, como los animales que intenta salvar, también lleva una etiqueta de metal. Es una argolla que alguien le ensartó en la nariz. Monsalve huele a colonia, una dulce que se mezcla con el orín de las jaulas que señala a su paso. Titíes, guacamayas, pericos, tortugas, monos, tigrillos, tucanes, águilas, coatíes, pumas y un leopardo hembra, todos, unos más, otros menos, enfermos de una locura no siempre temporal. Humanización, así le dicen, y los síntomas son reconocibles.

"Águilas con el pico cercenado, tigrillos con las garras amputadas, micos sin cola, guacamayas con las alas cortadas, felinos con los dientes arrancados", enumera Monsalve, después se quita el sudor acumulado en la frente con el dorso de la mano. No todos los síntomas de humanización son obra de sujetos mal encarados, armados con sierras y cuchillos y las mejillas salpicadas de sangre. En realidad, advierte el médico veterinario, mucha de la locura impuesta a los animales es obra de gente en apariencia bondadosa: padres cariñosos que compran un mono tití para el cumpleaños de su hija, abuelos juguetones que no pueden evitar llevarse a casa una lora para su nieto preferido, esposos enamorados que de pronto imaginan que el mejor regalo de aniversario es un oso perezoso para colgar en el patio de su casa, una mujer en plan de conquista que aspira a sorprender a su novio con un tigrillo bebé, el compañero de oficina que el día bobo del amor y la amistad ya no quiso regalar un bonsái sino una tortuga envuelta en papel de celofán. Toda gente buena. Y ningún lugar es tan propicio para irse de compras de fauna salvaje como las carreteras del país que, lo mismo que cualquier centro comercial, también tienen su época de promociones. La Troncal de la Costa, por ejemplo, con nombre de outlet, es el gran bazar donde todo se consigue, especialmente en Semana Santa y Navidad, épocas en que la humanidad se supone más humana y medio millón de carros y de buses se atiborran de familias felices rumbo al mar. Pero el comercio casi siempre ocurre de regreso, que es cuando la gente compra los suvenires, esas constancias de viaje que no deben faltar si se quiere convencer a los vecinos de que el bronceado no es de una finca en las afueras. Esa tal vez sea una pista de cómo comienza todo: como una necesidad de ostentación. Todos los hemos visto.

Hombres y a veces mujeres se paran al lado de la vía con osos perezosos, titíes, loras, iguanas, armadillos, pavas, ocelotes.

—¡Lléveselo a la nena que es mancito, patrón!, —dice un muchacho de sombrero y de sandalias. La camisa muy húmeda.

—¿Y eso es qué? —pregunta un hombre tras el volante mientras termina de bajar el vidrio de su carro y se levanta las gafas de sol para contemplar el animal.

—Es un osito, una belleza. De ahí no crece mucho, vea pues, y nunca muerde. Le puede dar frutas y arroz —explica el vendedor, curtido en años de trajín. Una adolescente comienza a lloriquear en el puesto de atrás. Tendrá 14 años. El muchacho ve su oportunidad.

—Vea, patrón, que su hija quiere. Esto es mejor que un computador y le enseña más —insiste. La niña hace su parte.

—Papi: una amiga del colegio tiene uno y es divino, ¡supertierno! —dice ella con voz chillona. La venta se cierra con dos billetes de 10.000 y una botella de agua que la madre, humana, saca de una nevera portátil y le obsequia al vendedor parado sobre el asfalto tan caliente. Poco después el animal recibirá un nombre humano, de niño, tal vez, igual al de un primo, o al de ese amigo de la casa al que todos quieren mucho. Con el tiempo le comprarán una correa para el cuello y ropa de bebé y un canasto para dormir con motivos del Oso Yogui, y le obsequiarán juguetes para que se distraiga y le darán frutas y trozos de pan remojado en chocolate. Cuando la familia vaya de visita lo llevarán a él en su cunita y todos contarán entre risas que 'Simón Martínez' es muy aseado, que nunca es agresivo, que entiende cuando le hablan y que ahora, vea usted, es como otro hijo. La crueldad también puede ser así de entrañable y nadie darse cuenta. La bióloga Vivian Ochoa lo ha visto muchas veces.

Ella recuerda que en el manicomio de animales hay una mona capuchina que un humano torpe dijo querer mucho. La tuvo encerrada tanto tiempo jugando a que era su muñeca que el animal ya no sabe buscar comida por su cuenta. Llegó muy flaca al albergue, malnutrida por culpa de una dieta que quizás incluía galletas oreo y sobras de sopas y espaguetis. En libertad, dice Ochoa, los monos tienen un régimen alimenticio que incluye cientos de semillas diferentes. Para el caso de los titíes, por ejemplo, esa dieta es de al menos setecientos frutos, todos distintos entre sí. ¿De dónde sacó el hombre opresor y estúpido que el pan remojado en chocolate es dieta para loras, monos, osos perezosos? Pero el mayor reto de los biólogos del albergue no es enseñarle a comer a la mona por su cuenta, ojalá fuera eso. El animal enloquecido se sumerge en estados depresivos y se arranca los pelos de la vulva. A veces lo hace con tanta rabia que se desgarra la piel y grita de dolor. La pobre capuchina mira al vacío. No salta, no come, se muerde las manos, de pronto aúlla. Le ofrecen frutas, no las reconoce. ¿En qué piensa la mona? La misión del albergue es deshumanizar a los animales y, tras un proceso que siempre toma meses y dinero, intentar devolverlos a su hábitat. La capuchina, no importa lo que intenten, ya nunca volverá al bosque con los suyos. Deberá morir entre rejas por el amor de una familia que la convirtió en mascota.

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Altos de Polonia es un caserío de veinte casas al borde de la Troncal de la Costa, a unos cuarenta minutos de Montería. Casi todas sus familias sobreviven del tráfico de fauna silvestre, especialmente de loros y de canarios y, a veces, de osos perezosos y de monos aulladores. Pero a esos animales ya no los cazan ellos porque en el bosque seco que aún les queda desaparecieron hace tiempo. Elías Morales cuenta que los micos y los osos los traen otros campesinos de muy lejos, y que se los dejan a ellos porque los turistas que regresan de Cartagena, de Santa Marta, de Tolú, de Coveñas, ya saben que en Altos de Polonia siempre hay un surtido de animales en promoción. Elías tiene nombre de profeta. Pronto cumplirá 53 años, tiene siete hijos, es flaco, de piel oscura, pelo indio, manos nervudas, pies descalzos. La Policía lo persigue a él y sus vecinos, dice, desde hace un tiempo, desde que comenzaron a salir esos comerciales en la televisión contra el tráfico de fauna silvestre. "Ahora a todos les dio por ser amigos de los loros", se queja el hombre y se rasca la cabeza sudorosa. El otro día, cuenta Elías, un carro antimotines llegó hasta el caserío y un montón de policías con cascos y bastones se metieron a las casas, levantaron camas, esculcaron cajones, revisaron techos, movieron trastos. Nada quedó en su sitio. Elías dice que el tropel de botas pasó rápido porque en las casa de Altos de Polonia no hay mucho que esculcar. "¿Muebles? Casi nadie tiene. Las ollas son dos y la ropa es la que uno lleva puesta. Lo demás está en el suelo", suspira el hombre. Su casa es de piso de tierra, techo de paja y espacio sin muebles. Apenas dos camas y el humo de la cocina que mancha los muros levantados con barro y caña brava. Hay un televisor sobre dos cajas de cerveza y jaulas vacías colgadas en el techo. El día que llegó la Policía la gente de Altos de Polonia perdió solo loritos. Nadie supo cuántos. Los antimotines se los llevaron en una caja sin contarlos. En Semana Santa todos temían que no los dejaran trabajar. Ellos, los vendedores de fauna, tienen sus derechos, dice Elías.

Sofanol Hernández cumplió 48 años, lleva 25 vendiendo fauna silvestre a los turistas que pasan y dice que consiguió su casa "a golpe de loro", lo dice así, y después se encoge de hombros. Él también es flaco, de piernas bajo las cuales se adivinan las venas. Mueve las manos cuando habla y jura que no es ningún delincuente. "Ahora nos llaman traficantes. ¿Traficantes de qué?". Sofanol dice que la vez que entró la Policía a Altos de Polonia aporreó a perros y a señoras y a niños. "Traficante es un señor con corbata que gana millones. Nosotros no tenemos más trabajo que el que nos dan los pajaritos. ¿Con qué alimentamos a los hijos?", pregunta el hombre y se queda viendo a los tres funcionarios que han venido esta tarde a visitarlos para insistirles que ya no venden fauna al borde de la vía. A cambio les han propuesto crear una cooperativa. Esta es la cuarta de otras reuniones que ya tuvieron antes. Al principio, recuerda la trabajadora social Hedy Pestaña, ninguno de los campesinos quería saber nada de conservación. A ella, la primera vez que fue a hablarles, la amenazaron con un machete y la hicieron correr. Ahora esas mismas personas la escuchan hablar y a veces asienten con la cabeza. ¿Será posible que estas familias ya no comercien animales en vías de extinción? Pestaña cree que la única salida es que el Estado les brinde opciones de empleo, pero no por temporadas, cada que algún político depredador necesite votos. Esta tarde, por ejemplo, ella y sus colegas de la Universidad de Córdoba les han traído tablas para que los campesinos construyan nidos de picingos, un pato migratorio que llega a los lagos y ciénagas de Montería y que los paramilitares usaban para entrenar tiro al blanco. Cuatro tablas se requieren para un nido, cinco nidos por familia, cada uno se paga a 50.000 pesos. Es algo, suspira Pestañas, ojalá el comienzo de un caserío sin jaulas escondidas en los techos.

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En el sanatorio hay un puma que un hombre tuvo por años en el solar de su casa en Lorica. Lo alimentó con cuido para perros, a él, que es un gato poderoso. El animal casi muere de desnutrición y perdió un colmillo por falta de vitaminas. Ahora el felino mueco ya no puede liberarse porque, además de que no puede cazar, aprendió a ronronear para pedirles comida a los humanos. Al parecer, el puma fue cazado por encargo en el Nudo de Paramillo, ese santuario ecológico que es la casa de cientos de guerrilleros narcotraficantes. Nadie sabe cuántos osos de anteojos y jaguares quedan en las selvas colombianas. Se sabe que los guerrilleros, además de deforestar miles de hectáreas de bosque irremplazable para sembrar coca y amapola, también fusilan fauna salvaje para alimentar a sus tropas. País de idiotas, se sabe. El médico veterinario Santiago Monsalve invierte semanas en tratar de devolverles la ferocidad y la agilidad a los animales recuperados por la Policía. A veces él y sus compañeros lo logran, por suerte, pero son casos excepcionales. Hace dos meses, por ejemplo, después de veinte semanas de insistencia, lograron agrupar una manada de titíes cabeza blanca entre once individuos rescatados. Solo cinco pasaron las pruebas de convivencia, agilidad y temor a los hombres que necesitan para vivir en el bosque. La clave de todo fue que entre el grupo de monos descubrieron una hembra líder que aún recordaba la dieta de semillas de la que se alimentan. Fue ella, la hembra alfa, quien escogió a los miembros de su manada. Finalmente, en un bosque seco, uno diminuto que las vacas de los ganaderos de Córdoba todavía no devoran, fueron dejados en libertad. ¿Pero será hasta cuándo?

Hace apenas unos días, la Policía encontró un león en una de las haciendas del paramilitar Carlos Mario Jiménez, alias 'Macaco'. Al parecer, el mítico matón, también ganadero y hacendado de Montería, alimentaba al felino con la carne de los hombres que ordenaba matar. Pero esa es historia conocida. Se sabe hace tiempo que todos los narcotraficantes sucumben al gusto por las fieras, algunas de las cuales bautizan con nombres infantiles como 'Copito', 'Cenicienta' y el 'Gato con Botas'. Esos animales humanizados con semejante crueldad jamás son liberados. Al león de 'Macaco', por ejemplo, lo mandaron al zoológico de Medellín, que se llama Santa Fe por alguna triste ironía, para convertirlo en animal de exhibición. En el manicomio de animales hay una hembra de jaguar que está loca, pero de otra forma. Santiago Monsalve cuenta que el mafioso que la compró siendo todavía cachorra nunca quiso alimentarla con carne humana y en cambio ordenó cortarle los colmillos y la última falange de cada dedo para evitar que le crecieran las garras. Después la liberó en el jardín de una de sus mansiones, tal vez porque sus manchas negras en forma de mariposa le hacían juego con los muebles, quién sabe. Ahora el felino permanece en una jaula de alambres y lanza manotazos sin peligro a los trabajadores que se le acercan. La jaguar ruge poderosa, pero de pronto se echa sobre la espalda, estira las patas y espera que alguno le sobe la panza. Alguien dirá que el gesto es tierno, pero no hay ternura en la boca y en las manos cercenadas a golpes de cincel y de alicate. ¿Quién le impuso a este felino imponente la ridícula condición de muñequito de felpa? Quién habrá sido, el muy animal.

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