¿Cuántas vueltas alrededor de una mesa son necesarias para que un billarista aficionado quede físicamente mamado? ¿Para que se siente a mirar el recorrido de las bolas sobre el paño, mientras bosteza? ¿Para que cuelgue el taco y no le quede más remedio que pedir “tiempo”? La respuesta, desde luego, no la tenemos nosotros y, de hecho, tampoco nos interesa, pues cada quien se cansa cuando se le da la gana. Lo que sí sabemos es que para quienes disfrutan del juego del billar (en sus diversas modalidades) no hay cansancio que valga a la hora de descrestar con una carambola que deje con la boca abierta a los amigos.
De las decenas de pasatiempos que existen para matar el tiempo, y para regodearse con el ocio, el billar es, tal vez, uno de los que más enemigos ha tenido por aquello del vicio, el cigarrillo y el trago. No hay mamá, ni novia, ni profesor de universidad que pueda hacer un juicio cerebral e imparcial sobre lo que, para muchos, es pura diversión: pegarle a las ‘calvas’ y, de paso, pasar una buena tarde de viernes en compañía de una cerveza fría en la mano.
Y es que, como se sabe, en el billar no solamente se ejercita el brazo en cada tacada y la mano en cada cerveza tomada, sino que además se pone sobre el tapete —o mejor, sobre el paño de la mesa— la capacidad que tenemos para hacer jugadas memorables. Personalmente, he visto carambolas que transgreden los límites de la física en retros inexplicables, corridos a la banda sufridos y jugadas de banda previa mortíferas. Y al verlas, siempre he querido inventar más y mejores carambolas, todo con la excusa de descrestar a quienes se paran alrededor de la mesa sólo para mirar.
Desde luego, el billar no es para todos. Se requiere de un mínimo de conocimiento físico, de un poco de malicia a la hora de recoger, de algo más que pericia en la manera como se empuña el taco. Y de saber cómo tomar una cerveza sin perder el pulso. Porque, deténgase un momento y piense: ¿acaso no existe algo más aburrido que jugar billar con una botella de agua en la mesa? No responda, porque quizás sí existe: dar vueltas y vueltas alrededor de una mesa sin conseguir esa carambola maravillosa que dejará descrestados a sus amigos.

Arco iris
Ante todo, se requiere práctica para que esta carámbola resulte. Pero damos fe de que es posible. Con el efecto ‘corrido’ (es decir, pegándole arriba a su bola) apúntele a la barriga de la bola que se encuentra frente a usted. De seguro, tanto la pupila como el ‘iris’ de su adversario quedarán completamente descrestados.
Grado de dificultad: 9/10

La ‘t’
Aunque tiene muchos nombres, esta carambola requiere de fortaleza y precisión en la tacada. Con el efecto contrario apúntele de ‘pelo’ al lado derecho de la bola que está frente a usted. Si algunas de las bolas salta de la mesa échele la culpa a falta de tiza, y nunca más en su vida intente semejante carambola. Qué oso.
Grado de dificultad: 7.5/10

3 bandas
Esta carambola debe aparecer en el momento justo, es decir, cuando nadie dé un peso por su tacada. Con el efecto contrario péguele a su bola al lado izquierdo, suave y con decisión, y sobre todo saque pecho.
Grado de dificultad: 6/10

Banda previa
La típica. Juegue primero a la banda con el efecto del lado derecho, de tal modo que el rebote se encargue del resto, pero eso sí, ‘cántela’ antes de hacerla y deje a los demás ‘mudos’ de la envidia.
Grado de dificultad: 4/10

La de ‘pirnos’
Antes de irse esta carambola de salón no debe faltar. Acomode los tacos de tal modo que formen un riel. Péguele despacio con el efecto de ‘corrido’, y disfrute la trayectoria perezosa de una noche de buen billar.
Grado de dificultad: “bochada”

Fotografía: André Klotz,,

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