De la sicaresca ya todos parecemos estar hasta el cogote. En la ficción, Víctor Gaviria, Fernando Vallejo y Jorge Franco agotaron el tema. En la realidad, los periódicos y revistas están plagados de historias de sicarios. ¿Entonces qué nos viene a decir Castaño con este libro de crónicas tan bien armado, tan lleno de cojones? Que las historias no se acaban, que la madre de Jesús Amado, un ex sicario, debe saberse (la señora vivía de alquilar el puesto en la fila de visitas conyugales a la entrada de la cárcel de Bellavista. Murió varicosa), que la única manera de curarse del horror es verlo, olerlo, leerlo o como lo dice Héctor Abad en el prólogo: "Tal vez él haya querido que yo sintiera eso: asco por la muerte". Ese desprecio siempre será necesario y está bien que Castaño nos lo bote por la cara.
José Alejandro Castaño
Norma
176 páginas

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