Acusado de trivializar la literatura de su país, Haruki Murakami huye del Japón solo para volver a él. La escritura de sus novelas, que se dividen entre metafísicas ensoñaciones y nostalgias profundas y reales, ha sido catalogada como muy pop para los estándares japoneses. ¿Y eso qué significa? Para los necios, quizás no encontrar a una pareja realizando la ceremonia del té y en su lugar presenciar la borrachera de dos jóvenes en un billar, antes de que uno de ellos se mate. Para los críticos más vulgares, no ocuparse de la tradición y/o su pérdida. A lo mejor, mencionar una canción de los Stones. A Murakami nunca le ha importado la recepción de su obra, él se ocupa simplemente de escribir y si lo que le sale son historias como Tokio Blues, un sencillo relato de chico-conoce-chica, pues que más da. Lo fundamental es que a pesar de huir de su país, y en ese sentido quizás de la tradición, Murakami termina volviendo a él con una mayor profundidad. Un ejemplo: la tristeza que rezuma Tokio Blues está dada en parte por la fragilidad mental colectiva producto del fin de la guerra en el Japón. Presentarla es mucho más valioso que tratar de falsear un ceremonioso pasado.
Haruki Murakami
Tusquets
383 páginas

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