La víbora de coral es una de las víboras más venenosas del mundo. Al morder, inyecta una neurotoxina que produce debilidad, convulsiones y, debido a que paraliza los músculos de la respiración, la muerte. Pero estas mordeduras no suelen afectar a los humanos debido al carácter elusivo de la serpiente que tiene, además, colmillos demasiado cortos, incapaces de atravesar telas gruesas o cuero. Un recurso simple —usar zapatos cerrados y pantalones largos— sirve para evitar el riesgo. Cuando yo pisé una víbora de coral no sabía ninguna de todas esas cosas. Las supe después, porque me las contó el mismo hombre que caminaba detrás de mí y que aquel día, mientras subíamos una pendiente en una selva tropical, me dijo:

—Pisaste una coral.

Era el año 1998. Yo escalaba como una idiota —sin protección: sandalias de cuero, bermudas de surfista— y no hice nada. Solo miré hacia abajo, vi una estría amarilla, negra y roja, y seguí. Porque si yo no sabía ninguna de todas esas cosas —que las corales muerden pocas veces, que tienen los colmillos muy pequeños— hacía tiempo que había aprendido que no siempre el peligro está donde la leyenda dice que está, que hay situaciones menos —y más— peligrosas de lo que parecen, y que son poquísimos los animales dispuestos a atacar si no se los ataca o si no tienen hambre. Y, sobre todo, había aprendido a detectar la alarma en la voz del hombre que me había enseñado todo eso, y aquel día, en aquella voz que decía "pisaste una coral", no había alarma alguna. 

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Para decirlo rápido, yo mato. Me crié en una ciudad chica de la pampa argentina en la que cazar liebres, perdices, patos, formaba parte de las cosas que hacíamos los fines de semana. Podría decir, también, que me son indiferentes las mascotas pero que me gustan las bestias grandes y suntuosas, los enervados vivos, los salvajes. Todos esos son rasgos arbitrarios que no alcanzan para decir nada de nadie, pero sucede que, desde fines de la década de los noventa, vivo en Buenos Aires con alguien que, además de ser camarógrafo y fotógrafo, tiene una veterinaria. Alguien con muchos y muy variados gustos —los autos, la fotografía, el rock, la comida japonesa, el esquí— entre los que figuran, en primer plano, los animales, pero que no es un ecológico descafeinado ni habla con los perros como si fueran personas. En mi casa, en todo caso, no hay discusiones encendidas acerca de la fiesta del toro —que me gusta tanto; que a él no—; ni llantos ante la matanza de focas en el Ártico —que no me interesa en absoluto; que a él un poco—; y hay consenso acerca de que casi todos los dueños de animales desarrollan patologías, casi siempre patéticas, en torno a esa posesión. Pero, así como otros hablan de fútbol, de política o de periodismo, en mi casa se habla de animales. Y quiero decir que se habla mucho.

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Yo sé que sé cosas que a mis amigos no les interesan. Sé que sé cosas que a todos ellos podrían parecer inútiles. Sé de animales que se comen a sí mismos, de peces que pueden respirar fuera del agua, de pájaros que pasan años sin bajar a tierra. Sé que los cocodrilos de aguas saladas son animales primitivos y peligrosos y que las serpientes marinas tienen una toxina cien veces más potente que las de tierra y que hay peces de lagos africanos que son más agresivos que los leones. Sé que los chimpancés son cualquier cosa menos seres adorables, que son territoriales y feroces, capaces de matar y comerse a otros de su especie. Sé qué corales puedo encontrar en el mar Caribe y cuáles en el océano Índico, y no me los confundo. Y hace años que, para mí, un pez redondo y amarillo con una mancha negra en la cara ya no es un pez redondo y amarillo con una mancha negra en la cara sino un pez mariposa. Y ahora, cuando entro al mar, tengo más miedo de los filamentos arbitrarios de las medusas que del destello encendido y letal de un pez león, porque sé qué puedo esperar de un pez león y no sé qué puedo esperar de una medusa.

Una tarde, haciendo snorkel en un mar lejano, el hombre con quien vivo me señaló algo entre las ruinas de un barco hundido. Miré y, allí donde yo jamás hubiera visto nada, había un monstruo pequeño deshaciéndose en colgajos: un pez piedra. El pez piedra es el pez más venenoso de los mares —sin contar al pulpo de anillos azules, para cuya toxina no existe antídoto alguno— y tiene una espina dorsal capaz de atravesar la suela de los zapatos. Pero, como todas las cosas, no ataca si no es atacado. Entonces me aferré a una viga del barco y, a unos centímetros del terror, miré. Y eso es lo que hago desde hace años: flotar a pocos centímetros del miedo sabiendo qué cosas puedo esperar de él. ¿Alguien podría decir que ese es un conocimiento inútil?

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Vivir con el dueño de una veterinaria tiene efectos colaterales. El principal, que el apartamento donde vivo funciona a menudo como clínica de rehabilitación y guarda. Si una iguana está descalcificada, un pez necesita atención o un gato siamés es demasiado pequeño para quedarse solo, se clausuran habitaciones, se mantienen estufas encendidas, y en una caja de cartón llena de diarios una tortuga, una iguana, un cobayo, un puercoespín, tienen su temporario spa. El primero de todos esos animales fue, hace años, una pequeña pitón bola, una víbora constrictora no venenosa. Pasó la noche en la sala, dentro de una caja, pero en la mañana, cuando fui a buscarla, no estaba allí. Busqué debajo del sofá, del escritorio, del mueble de la cocina. Nada. Antes de irme dejé un cartel que, imagino, debía decir algo como "La víbora no está". Después supe que había aparecido arrebujada entre la ropa, en el armario de nuestro dormitorio donde, aparentemente, había pasado la noche. A mí no me importó. Y a él, claro, tampoco.

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No hay nada que él no toque: una araña, una víbora, un bicho viscoso del fondo del mar. Y no hay nada que a él no se acerque: los gatos rabiosos le lamen los zapatos, los perros ariscos le acercan la cabeza, los loros agresivos se le trepan al hombro. Cuando un insecto horrible se mete en la tienda de campaña, la cabaña de playa, la casa donde vivimos, él lo persigue, lo atrapa, le toma una foto y después, con esa cosa llena de picos y de pinzas aleteando frenética en el puño, va a la intemperie y la deja en libertad.
Lo vi alimentando mantarrayas y tiburones nodriza con caracoles vivos. Lo vi sereno alejándome de un mono de colmillos como puñales. Y una vez en Belice, cuando descubrió a un tiburón encerrado en un estanque detrás de un chiringuito apestoso, lo vi ensimismado, planeando cómo hacer para regresar en la noche, romper el candado, soltar al animal. Lo vi pensar en eso seriamente.

—Pobre vieja —repetía, como repite cada vez que ve a uno de los suyos en un estado en el que él mismo no quisiera estar.

Y yo, que no creo en nada, que fui criada por lobos, sé que se entienden: que él y los animales se entienden. Y no quiero decir que se lleven bien. Quiero decir que se olfatean y se reconocen como seres de una misma especie. Que se respetan.

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Y están, claro, las historias.

Hace años la veterinaria se dedicaba a vender animales extremos. Entre ellos hubo una víbora constrictora que, una noche, escapó de su encierro y dejó un saldo de siete cobayos muertos, entre ellos el hámster de los hijos de una actriz muy conocida. Tiempo después, una culebra más modesta se deslizó dentro de la jaula del pájaro que un vecino había dejado en observación y se lo tragó. Crecida por el festín, la culebra no pudo salir, de modo que al día siguiente el vecino recibió la visita del hombre con el que vivo que, jaula en mano, le mostraba la culebra y le decía "Su pájaro está acá adentro".

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Creo que fue en 2009 cuando llegó a casa, en plan de rehabilitación, un pez betta al que llamamos Beto. Los peces betta son asiáticos, tienen la belleza de una galaxia, el tamaño de una gota y la agresividad de un pterodáctilo: los machos no pueden sobrevivir en las mismas aguas sin reventarse a dentelladas. Pero Beto no hubiera podido reventar a nadie porque estaba débil, no nadaba, no comía y tenía hongos. Habitó en un vaso, bajo la luz amable del sol, hasta que empezó a nadar y comer con entusiasmo y fue mudado a una pecera. Pero un día, después de algunas semanas, el hombre con quien vivo miró al pez y dijo: "Se va a morir". Sus sentencias suelen ser certeras: son las de quien ve algo que no todos ven. Poco más tarde, Beto apareció flotando como una tilde, duro de puro muerto. Él lo sacó de la pecera y lo tiró a la basura, como había hecho antes con una iguana, como haría después con otro pez, como hace alguien que sabe que son animales y que, por tanto, los ritos humanos de la muerte no se aplican.

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Iggy tuvo mejor suerte. Era una iguana pequeña —un dragón de agua verde fluorescente— con problemas de calcio. No podía mover una pata y necesitaba tomar sol, de modo que se le montó, en la cocina, una vivienda de cartón y papel de diario. Vivió allí un tiempo y, cuando estuvo repuesta, se le armó una instalación símil desierto en el balcón trasero, con piedras, bebederos, ramas de árbol. Así, durante dos o tres semanas, para llegar al lavarropas hubo que atravesar ese paisaje donde Iggy tomaba sol imperturbable, y los invitados a cenar tuvieron vista directa a esa escenografía decadente y reseca. Un día, cuando llegué a casa, Iggy no estaba y el paisaje tampoco. Miré en el tacho de la basura, pero no. Supe, apenas más tarde, que Iggy, ya rehabilitada, había sido vendida y que ahora se llamaba Ramón.

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La paloma que fue su amiga en Providencia; la perra que lo seguía a todas partes en Jericoacoara; el perro sarnoso que corría a recibirlo en aquel hotel de Sanur. Su cámara de fotos está repleta de imágenes de escarabajos, hormigas, gekkos, guacamayos, murciélagos, gusanos, alacranes, ballenas, delfines, elefantes, polillas, burros, caballos, guanacos, ranas, renacuajos, serpientes, monos, cucarachas de agua, sapos, colibríes, arañas, vacas, mariposas. El friso podría ser interminable. Todos nuestros viajes son viajes con un animal al fondo.

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Una cobra real es una víbora de una belleza demente: puede medir hasta cinco metros, tiene ojos del color del bronce, y cuando ataca se alza sobre sí misma, hinchada como un tsunami de músculos. Las escamas de su cabeza tienen el tamaño y la forma de la amenaza y su veneno puede hacer estallar el cuerpo en un minuto. En algunos lugares de Tailandia la gente se gana la vida montando algo que se llama Cobra King Show, una pantomima que consiste en lograr que la cobra haga lo que sabe hacer —atacar— y jugar a esquivarla. Un día entramos a uno de esos sitios. Era la última hora de la tarde, y a los lados de un pasillo con olor a psiquiátrico, en peceras de vidrios manchados de sangre, estaban las víboras, desmesuradas. Él caminó despacio y se agachó frente a una de todas las peceras. Adentro, una cobra enloquecida —enloquecida— se hinchó como una bestia, se lanzó cual rayo, se estrelló contra el vidrio y se lastimó entera. Él retrocedió sin movimientos bruscos, dijo "Pobre vieja, tranquila". Entonces llegó el dueño —un pobre tipo pobre— y, riéndose, hizo eso que tantos deben festejarle: dio unos golpes al vidrio y la cobra, otra vez, se hinchó como una bestia, se lanzó cual rayo, se estrelló contra el vidrio y se lastimó entera. Él, a pocos pasos, estaba mudo. Los ojos revueltos, la mandíbula dura, los puños a punto. Y yo pensé que había que tener cuidado, porque eso es lo que pasa cuando las especies se reconocen, porque eso es lo que pasa cuando se ven sufrir: atacan.

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Mi límite —todos tenemos— son los animales con alas. Los murciélagos, palomas, langostas e insectos de alas duras me despiertan dos instintos: huir y, si no puedo huir, matar.

Quizás por eso odié a Ahmed desde el principio. Porque Ahmed era un pájaro.

Lo había encontrado una mujer, caído del nido cuando era pichón, y lo había llevado a la veterinaria por no saber qué hacer. Allí le dijeron que, hasta que el pájaro creciera y pudiera alimentarse por sí mismo, iba a tener que embutirle por la garganta una jeringa (sin aguja, claro) con una papilla especial. La mujer dijo que ni muerta, y Ahmed terminó en casa. Intenté no prestarle atención, pero el canto estridente llegaba hasta mi estudio y no me dejaba escribir, de modo que terminó confinado en el cuarto pequeño donde guardo mi archivo. Había que alimentarlo varias veces al día y, cada vez, Ahmed tragaba ansioso y después se sacudía como un perro y llenaba de papilla la ropa, las cajas, las puertas, el piso, las paredes. Creció rápido, y cuando dejó de ser un revoltijo húmedo de plumas amarillas y negras para ser lo mismo pero más grande, empezaron sus ejercicios de aprender a volar. Para las clases de vuelo de Ahmed fue necesario tapiar la casa, cerrar ventanas y puertas y transformar muebles de diversas alturas en plataformas de despegue. Un día, un muy mal día, Ahmed quedó, por algún motivo, suelto, y llegó volando hasta mi estudio. Lo dicho: fue un muy mal día.

En casa ya no quedan rastros de Ahmed, excepto los grumos de papilla que, todavía, llenan las paredes del cuarto donde estuvo. Él sobrevivió para contarlo pero, desde entonces, ningún pájaro ha vuelto a vivir en casa.

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Y están, también, los ejercicios poderosos. Hugo era un gato siamés de dos meses, frívolo, altivo, enérgico. Vivir con él implicaba clausurar el acceso al balcón —para que no se arrojara al vacío—, mantenerlo alejado de los muebles de madera —para que no los estropeara con las garras—, y cubrir por la noche la mesa de la cocina con papeles —porque le gustaba dormir ahí—. Era desdeñoso y dulce. Se arrebujaba en mi cuello cuando yo hacía abdominales, reposaba la cabeza en mis botas durante la cena y, si salía de paseo, se mantenía serio y miraba con temple y curiosidad todas las cosas. Estuvo en casa apenas dos semanas. Después alguien lo compró y ahora regresa a la veterinaria bajo otro nombre: Junior, Lucas, algo así.

Los ejercicios poderosos: encariñarse para dejar partir.

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En Buenos Aires hay un mercado de animales en el barrio de Pompeya. Se venden, sobre todo, peces y pájaros, pero en los alrededores se ofrecen especies que en Argentina están prohibidas: víboras, lagartos y pájaros autóctonos, tortugas de agua y tierra. Un día de invierno de 2010, caminando entre todas esas cosas, él se agachó sobre las cajas de las tortugas, eligió dos y se las llevó a casa. Las llamamos Tantor y Godzilla, y el plan era —es— hacerlas crecer y dejarlas libres en la provincia de Santiago del Estero, de donde provienen. Hace poco lo vi con Godzilla en la mano, expuesta a la luz. La tortuga le había cagado un dedo, pero él la miraba con atención y decía: "No puede abrir un ojo". Le avisé: "Tenés caca de tortuga en la mano". Se miró y dijo: "Ah, pobre, tiene parásitos". Y me mostró un gusano chico que se le había pegado en el pulgar.

Algún día de la última semana de septiembre de 2010 Godzilla se murió. Tantor, la que queda, tiene el tamaño de un canapé grande o un sánguche chico, y el plan sigue siendo el mismo: ponerla fuerte, dejarla en libertad. Por lo demás, no hay en mi casa cantos encendidos contra los traficantes de animales. Hay una suerte de comprensión. Como si hubiera cosas realmente inevitables y la más inevitable de todas fuera la furia de los hombres.

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Y hace años, en una de esas fiestas en las que alguien propone juegos tontos —responder a cosas tales como "Si fulano fuera un objeto, ¿qué sería?"—, el hombre con quien vivo y a quien por entonces aún no conocía —a quien por entonces solo había visto un par de veces—, alzó apenas la voz para responder a una pregunta —qué animal sería yo— y, como quien sabe lo que está por hacer, dijo:

—Un toro.

Muchos protestaron, pero él y yo supimos por qué. Y hay que tener cuidado, porque eso es lo que pasa cuando las especies se reconocen: se abalanzan. ?

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