La carrera séptima estaba llena de un mundo de gente que no estaba de acuerdo. Era el primero de mayo de 2008 en Bogotá y siguiendo la tradición (y sumándole la coyuntura) muchas personas se fueron a la calle a decir sus cosas. A decirlo como cada uno creía que se debía decir: con música, con coros, con humor, con símbolos, con panfletos, con denuncias, con lágrimas, con insultos, con gritos, con piedras, con palos, con papas bomba.

Yo andaba con mi celular Sony Ericsson K850 mirando cosas 'retratables', cuando a la una de la tarde llegué a la diecinueve con séptima y di de sopetón con una calle regada de personas y personas y personas. Todos caminando en la misma dirección y con permiso para desahogarse.

La marcha es una reunión de gente moviéndose, que se junta no tanto para comunicarse entre ellos sino para comunicarse con la gente y las cámaras de las aceras. Una marcha está hecha con los mismos elementos de un concierto al aire libre (gentío, sentido de grupo, espacio amplio, libertad de expresión, música) y transmite la misma energía grupal de un concierto. Pero los fines trascendentales y la importancia que se da a sí misma, hacen a la marcha proclive a la gravedad y el tedio. Lo que no quiere decir que carezca completamente de carnaval. En una marcha la calle se convierte en una superficie sobre la que alguien despliega al mismo tiempo todos los sentimientos humanos posibles, todos los dramas, comedias y tragedias de nuestra vida social, todos los estados de ánimo, todos los modos de ver. Me hice parte de una y me dediqué a ver los distintos modos de "ver":

Vi un chef negro inmaculadamente vestido de blanco invitando a los marchantes a degustar de un pargo rojo. Vi a unos sindicalistas que decían cosas con las que yo estaba de acuerdo, pero con un lenguaje tan enyesado que daba pereza estar de acuerdo. Vi un hombre que vociferaba los crímenes de Estado, con nombres y lugares, mientras a la altura de su pecho se bamboleaba la foto de su hija desaparecida. Vi encapuchados que arrastraban grandes huesos jalados por cuerdas y se los enseñaban a los policías, para terminar arrojándolos a los pies de los guardias, en las escalas de la Casa de Nariño. Vi la delegación que exigía la legalización de la dosis personal al grito de: "No Alvarito, Sí al bareto". (A estos me los encontré días después en la misma plaza, pero yo no me acordaba bien si eran ellos los de la marcha y ellos no se acordaban bien si habían estado en ella. De todas maneras nos hicimos amigos). Vi un grupo de músicos que no hizo sino pasar bueno en esa tarde de desencuentro. Vi otro grupo de encapuchados (creo que era requisito tener menos de 25 años para ser encapuchado) acercándose a un apretujado 'racimo' de policías para decirles con toda la energía de un adolescente, lo vagabundas que habían sido sus madres. Y vi a otros, con una rabia tan grande que se notaba que estaba antes de ellos, apedreando las murallas de escudos detrás de las cuales se hacinaban los agentes del orden. Vi una de esas fortalezas acribillada con bombas de colores amarillo, azul y rojo. Vi la tanqueta antimotines 'voleando' chorros de agua. Vi un muchacho con una chaqueta que decía en la espalda Adidas, acabando a piedra los vidrios de McDonald's. Vi los gases lacrimógenos que después casi no me dejan ver. Vi la pequeña batalla campal entre los encapuchados y los antimotines. Vi otros hombres levantando las manos y aconsejando a los muchachos. Vi gente que gritaba que así no era, que así no era. Vi una imagen como de Mad Max en la que un punkero avivaba una hoguera en la mitad de una calle cubierta de humo. Vi aparecer al lado de la tanqueta antimotines una flaca vestida de rojo, con chulos de niña y con una nariz roja de payaso que le sonreía a todo el mundo y que se metió en medio de la batahola a estropear el jaleo con su falta de seriedad. Vi un guitarrista borracho tratando de recordar una canción mientras la guerra le pasaba por el lado. Vi en plena Plaza de Bolívar esa imagen de hecatombe que genera la humareda de los lacrimógenos unida a la estampida de la gente y el sonido de los explosivos, y en mitad de esa destrucción momentánea del mundo, la figura de un hombre con la mano levantada sosteniendo un cartelito: "Llamadas a celular" y remarcando con una voz impertérrita y desentendida:

—Llamadas a celular, llamadas a celular.

Vi acabarse la tarde. En los últimos escarceos con los encapuchados algunos policías ya se reían. Los dos bandos estaban cansados. Finalmente los muchachos se alejaron tirando piedras cada vez más pequeñas y desalentadas. Los policías bajaron los escudos. La Plaza se reincorporó como símbolo patrio. Solo quedábamos el vendedor de llamadas, las palomas, algunos policías y yo. Caminé lento hacia la carrera séptima y de regreso vi los vidrios rotos, los palos tirados, las paredes rayadas, los rescoldos de fuego, como restos de una fiesta que se hubiera hecho con mucha rabia.

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