El 6 de noviembre de 1987, Yugoslavia vio nacer a la hermosa tenista serbia Ana Ivanovic. Cuando tenía cinco años, y después de ver por televisión el juego de Monica Seles, se enamoró rotundamente de este deporte. Tanto así, que memorizó el número de teléfono de la academia que la formaría en sus primeros años y en la que entrenaba en las mañanas para evitar los bombardeos vespertinos de la OTAN durante la guerra en su país natal. Y cuando no hubo más canchas en donde entrenar, siguió haciéndolo en una piscina desocupada. Su madre es abogada y su papá es economista. Siempre rebota la pelota una vez antes de servir, y evita caminar sobre las líneas de la cancha, por simple superstición. La primera vez que perdió un torneo lloró durante cuatro horas, y no solo ya jugó su primera final de Grand Slam —el Roland Garros pasado—, sino que ya es una de las diez mejores tenistas del mundo en la actualidad. Su juego es imponente, pero su belleza aún más (deténgase en su sonrisa cuando la vea) y por si algún día usted tiene la suerte de topársela no pierda el tiempo hablándole en español ya que solo habla inglés y serbio. Pero no espere a que el destino sea tan bondadoso y sígala por televisión, pues lo tiene todo para ser la número uno.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.