¡Dios mío, por favor, que esté! Murmuró mientras hacía equilibrio sobre el lavamanos. Las yemas de sus dedos, moradas y a punta de estallar, se aferraban al marco de la pequeña ventana tratando de elevar el cuerpo apenas unos milímetros más. La distancia suficiente para descubrir, ante sus ojos, el motivo de su castigo. Estaba casi seguro de que desde el baño podía ver su ventana y, a pesar de que el lavamanos amenazaba con doblegarse ante el peso de sus 14 años, corrió el riesgo. ¡Tenía razón! Ahí estaba la persiana y, detrás, Ella, esperándolo como todas las mañanas. ¿Cuánto tiempo llevará? Se preguntó. Por lo general se demoraba entre tres y cuatro minutos coma siete segundos. Pero eso ahora era irrelevante. Sus ojos la siguieron lentamente mientras caminaba de un lado al otro de la ventana, y como si las súplicas del último año hubieran llegado a destino, descubrió que no llevaba ropa interior. Sí, ese día le estaba regalando una imagen que se grabaría físicamente de por vida en sus retinas. Ya no le importaba que sus falanges tuvieran que ser amputadas, o que sus pantorrillas parecieran dos bolas de billar y el lavamanos estuviera a punto de colapsar. Su cerebro no respondía a ningún estímulo, la sangre no estaba llegando a destino, toda fluía desbocada a un solo sitio: su entrepierna.

Sus piernas al final cedieron y se dejó caer. Y así, inmóvil y mirando hacia el techo, presionó fuertemente su mano contra el bulto en su pantalón e intentó doblegar a la fuerza la tentación que lo incitaba a caer nuevamente en el pecado.

Un amigo le había dicho que más de cuatro veces en un día, lo definían como: enfermo sexual; hoy ya llevaba cinco. Intentó entonces calmarlo con agua fría, respirando profundo por la nariz, y hasta leyó varios pasajes de la Biblia sentado en el inodoro, pero su mente volvía imantada una y otra vez a esos segundos de Ella desnuda detrás de la persiana. ¿Cuál es la diferencia entre cinco o seis, desestimó mientras metía la mano dentro del pantalón. Esa era la única manera de terminar el calvario. Con la decisión de un verdugo, aferró su firmeza y, cerrando los ojos, comenzó a reconstruir cada centímetro de su cuerpo, cada sombra, cada curva, hasta se imaginó qué colores debía mezclar para reproducir con exactitud el color de su piel.

Los músculos del brazo se desgarraron ante la sobrecarga de trabajo, ya no era tan placentero como la primera del día, su miembro le ardía como si le hubieran echado agua hirviendo y su mente brincaba por diferentes ideas sin decidirse en cuál detenerse. Se sentó nuevamente en el inodoro y tomó la Biblia, pero sin abrirla.

¿Qué tiene que ver masturbarse con el demonio? Le había preguntado a su mamá cuando lo descubrió con las manos en la masa mientras espiaba a la vecina. Pero una pregunta, que consideró de fácil respuesta, se convirtió en un gran sermón que incluía a los doce apóstoles, al mismísimo diablo y una veintena de castigos divinos que nunca, en diez años de asistir a misa, había oído nombrar. Eso, claro está, fue el prólogo de la verdadera condena: cuatro horas diarias durante un mes encerrado en el baño leyendo la Biblia. Afortunadamente su mamá no tuvo en cuenta la ventana.

Con tres horas por delante y el cuerpo maltratado, buscó un poco de alivio en las santas escrituras. Sus ojos saltaron desde el Génesis hasta el Apocalipsis sin siquiera retener un solo pasaje. Ese día, hasta la mismísima Virgen María le traía malos pensamientos. Y por más que lo intentaba una y otra vez, no lograba expulsar de su cabeza la idea de treparse, atravesar la ventana, destrozar la persiana y poseer a su vecina hasta que le pidiera perdón por llevarle tantas desgracias a su vida. Otra vez se estaba poniendo firme.

Los siguientes veintinueve días de castigo fueron un verdadero vía crucis, si su mamá quería hacerle sentir en carne propia el sufrimiento de Cristo, lo estaba logrando. Los frecuentes calambres en las pantorrillas le hacían cada vez más difíciles las montadas en el lavamanos, las manos comenzaban a presentar pequeños callos, y su virilidad estaba casi en carne viva. En pocas palabras, no solo había subestimado a su mamá, sino que Ella, literalmente, estaba acabando con su sexualidad.

Dispuesto a dar la pelea hasta el último suspiro, decidió, esa misma noche, poner a prueba la resistencia de su cuerpo. Sentado al pie de la ventana de su cuarto, la misma en la que había dado bienvenida a su pubertad, esperó horas enteras hasta que Ella se manifestara de alguna manera. Y como si Dios supiera del reto al que se estaba sometiendo, le montó frente a sus ojos el infierno en todas sus dimensiones. Sin la persiana que tantas veces diseccionó la realidad, Ella le recreó con la mayor naturalidad del mundo, cada una de las fantasías que una y otra vez azotaron su imaginación. Sin pestañear siquiera, sintió que la vida volvía a su entrepierna, que sus pantorrillas eran capaces de lanzarlo a través de la ventana y cruzarlo al otro lado de la calle con un solo impulso. Estaba resucitando y en solo dos días. Ante tal milagro, se entregó por completo. Cayó sobre sus rodillas mientras el llanto se abría paso en su pecho con leves estertores. Abrió los brazos y con los ojos mirando el cielo exigió su última voluntad: "Dios, si me vas a mandar al infierno, solo te pido que Ella viva en el edificio de enfrente".

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