“Eche pa’ la pieza”, recuerda María Stella, mi mujer, que era la manera como los hombres campesinos acostumbraban a dar la orden perentoria a sus mujeres de cumplir con su deber de amantes. Lo hacían con la voluntad del instinto salvaje del macho, cuando a este se le daba por nivelar las fuerzas que inexplicablemente se iban recargando en su cuerpo, como si la de la cama se tratara de una faena de campo por cumplir de manera natural y espontánea.

“Eche pa’ la ducha”, me digo yo mismo cuando recibo una llamada solicitando mis servicios como creativo y debo armar alguna historia que tenga que redondear, con final feliz incluido. Este proceso se repite constantemente en ese húmedo, solitario y placentero lugar; es una manera de hacerle el amor al agua, de buscar la inspiración en los vapores, en las gotas que ruedan por mi cuerpo, en las paredes tapizadas de baldosa cristanac y en los vidrios que se van empañando. Trato de dilucidar alguna forma o mensaje que se pueda esconder entre tales vapores y sus formas, entre las gotas de agua refundidas que van armando figuras laberínticas o caminos con direcciones caprichosas… Y todos me llevarán inevitablemente a un clímax que, similar al orgasmo encamado, o entinado, o en el sofá, o en la cocina, o contra la pared, puede ser completo, pleno, feliz, solitario, infeliz, a medias, me vine, no me vine, ¿y tú qué, mejor me voy, voltéate y durmamos, yo te abrazo, te quiero, no te quiero, me quiere mucho, me quiere nada.

Así fue el proceso creativo con esta chica en la olla, en la mesa de corte, en el gancho de desposte, en el camión de transporte. Llevo treinta años jadeando entre carnes, no podría pensar otra cosa diferente, fue lo inmediato, lo simple, lo práctico, lo lógico. Confieso que igual a ella la habría podido invitar a un viaje en mi “cohete de alas azules”; habríamos ido de estrella en estrella, con escala en Venus, o en la Luna, o en Júpiter si ella hubiera querido. Habría sido un viaje sin fin en el que el tiempo habría echado “pa’ atrás”, o al menos se habría detenido, conservándome siempre entre sus carnes en polvo eterno, pues “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Gracias a María Stella y a Elizabeth, la modelo, musas de la inspiración y la creatividad de este cuento que llegó a su fin, colorín colorado.

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