Nuestras vidas han tenido rumbos distintos, pues aunque le llevo apenas un año, ella, que tiene 27, siempre ha estado más apegada a mi mamá.

Tanta es la diferencia entre nosotras que a veces ni tenemos de qué hablar. De niñas peleábamos mucho: ella era la tranquila y consentida y yo la espontánea e independiente. Aunque nos graduamos del mismo colegio, el Hugo J. Bermúdez, en Santa Marta, yo nunca me adapté a esas monjas. Gina, en cambio, encajaba de maravilla.

Recuerdo el día que inocentemente robamos unos pescados en un restaurante chino y nos cogieron. Donde mi abuela acostumbrábamos a correr por los techos de las casas del barrio, y un día nos los encontramos allí, secándose, y nos los llevamos. Los chinos nos siguieron y le contaron a mi abuela. ¡Semejante regaño el que nos metió! Igual, como en todo, yo fui la autora intelectual del crimen y ella, la hermana menor que me siguió.

Así es Gina: callada, reservada, coherente, de esas que guardan un secreto como una tumba. Y sacárselo, ¡por Dios! ¡imposible! Sin embargo, a pesar de esa timidez, le gusta la parranda. Es una excelente compañía de fiesta, le encantan el whisky y la música de Eddie Herrera. Pero su sensibilidad enorme queda plenamente demostrada con sus dos preciosas hijas, Valentina y Valeria, de 9 y 4 años respectivamente.

Yo la sentí muy tranquila durante las fotos. "¿Por qué va a salir en SoHo?", le pregunté. "Por complacerla", me dijo. "¡Qué! ¿Acaso yo se lo pedí, querida hermanita?". Igual no importa, acá les tengo a mi hermana Gina. Y está hermosa.
 
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