¿Qué firma de las muchas con que cuenta esta revista resistiría la propuesta de jugar Sabelotodo con una vieja bruta? Ninguna. Ni siquiera yo, que soy el menos dotado por la Providencia para tirar la primera piedra. Lo digo porque reúno muchas de las características del estereotipo de las viejas brutas: jamás aprendí a parquear un carro en reversa (antes de comprometerme con la osada empresa, suelo incluso apagar el radio), cuando me hablan de una gambeta tiendo a pensar que se trata de un pececillo diminuto, ignoro cuál es la función concreta del carburador y he visto todas las películas de Julia Roberts (y llorado con ellas). Así, desprovisto de las herramientas naturales del macho alfa, me le mido a jugar Sabelotodo con la pobre reina panameña que se convirtió en celebridad de internet por confundir a Confucio con un japonés de la china oriental que a su vez confundió no sé que conceptos al momento de inventar la confusión.

Sí, dije con más temor que confianza, tratando de pensar en cómo arrancaría este ejercicio de linchamiento mayestático: yo no tenía idea de lo que era Sabelotodo. Como todos los niños, jugué Monopolio, Parqués, Uno y Batalla naval, pero no Sabelotodo. Más grandecito, cuando tenía la misma edad que Giosue Cozzarelli al momento de naufragar intelectualmente frente a cámaras, tuve algún brillo doméstico con el Scrabble (aunque nunca pude saber si se pronunciaba ("escrábel" o "escréibol"). Pero de Sabelotodo, sabelonada.

Fue la propia Giosue la que me explicó las reglas, cuando nos reunimos en un restaurante de Bogotá. Me guiaba para que yo pudiera escribir en una revista de machos un artículo en el que, estaba claro, iba a destruirla, a aplastarla con mis conocimientos baratos, a arrancarle la cabeza para abrirla con un abrelatas y a mostrarles a los lectores que, dentro, apenas hallarán ni media libra de sesos. Giosue, con solo 20 años, tomó la poco inteligente decisión de enseñarme a cargar y accionar el revólver con el que en SoHo me pidieron ‹sin pedírmelo‹ que la asesinara en estas páginas. Mi tarea: propiciar la terrible escena de una reina flotando, degollada, en tinta de revista.

Giosue viajó a Bogotá expresamente para jugar conmigo y tomarse las fotos que acompañan esta nota. Los colombianos, que a veces somos un perfecto monumento a la estupidez y al chauvinismo, tratamos de simpatizar con los panameños recordándoles que alguna vez ellos fueron colombianos (como si algún extranjero encontrara, aparte de Miguel Bosé, que es panameño y colombiano, encanto alguno en ser de esta tierra). Eso hice con Giosue. De entrada, y durante todo el tiempo en que estuvimos juntos, se encargó de recordarme que sé más de parquear carros en reversa que de ese Panamá que supuestamente reclamo como históricamente mío. Así somos todos los cultísimos colombianos, que no sabemos si Coclé es una provincia o una rana, que nunca hemos visto un ñeque, que ni en sueños hemos cruzado el Teribe y que decimos que los sombreros Panamá son evidentemente hechos en Panamá, muy lejos de Ecuador.

La reina me lee las instrucciones del juego y la reprendo porque no lo está haciendo claramente.

- Discúlpame, cualquiera se equivoca- sostiene mientras me clava unos
hermosos ojos claros que hacen más llevadero el recuerdo de aquel día en que
dijo: "Muy buenas noches, Panamá. Confucio fue uno de los que inventó la confusión y, por eso, de los más antiguos. Fue uno de los chinos japoneses que fue de los más antiguos. Gracias". Treinta y tres palabras que la graduaron en youtube.com como la reina más bruta del mundo y que la privaron de ganar el reality del que debía salir convertida en Miss Panamá.

Me apersono del asunto y termino recalcándole que las fichas deben moverse, según las instrucciones, "de un lado a otro del tablero, acortando por los radios centrales". Me parece verla disimular una mueca y, como perro alertado por el miedo del paseante, le disparo:
- ¿Qué es un radio? 
- ...
- ¿Qué es una circunferencia? 
- ... 

Me comporto como un verdadero hijo de puta; más, partiendo de la base de que siempre tengo un radio a la mano: trabajo en Caracol Radio. Tiro el dado.
Tres. Avanzo. Llego a "arte". Ella me pregunta:
- ¿Quién es conocido como "el caballero de la triste figura"?
- ¿Será Don Quijote de la Mancha, será mi papá o será el poeta Eduardo Escobar? ‹le contesto preguntando.
- ¡Está muy fácil!
- ¿El presidente Uribe cuando le dijeron que no habría segunda reelección? -bromeo.
- Contesta -me pide ella-. Me estás poniendo nerviosa.
- Don Quijote.
- ¡Era muy fácil! - dice con genuina mortificación.

Pasamos los siguientes veinte minutos preguntándonos por turnos ligerezas de cultura general que alguien recopiló para entretener a desocupados como ella y yo. Gustavo: "¿Cómo se llama la distancia que existe desde el meridiano de Greenwich a un punto de la tierra" ...  Giosue: "¿Qué se entiende por un agujero negro?"...  Gustavo: "¿Para qué sirve un giroscopio?"...  Giosue: "¿Cuál es la capital del estado de Florida, en los Estados Unidos?" ... Gustavo: "¿Dónde vivieron los toltecas?"...  Giosue: "La maceta de Finmark se encuentra en...".

- ¿Que qué? - le digo, y ella repite.
- La maceta de Finmark se encuentra en... -me plantea de nuevo con mucha seguridad.

Le pido a uno de los asistentes que graban para SoHoTV que lea la tarjeta y descubrimos que la maceta es en realidad una meseta. Digo, adivinando, que queda en Gran Bretaña y Giosue, jubilosa, me revela que está en Noruega. "En Noruega, no. En Noriega, porque tú eres panameña". Entiende el chiste. Le explico que las macetas no se encuentran en, sino que en las macetas se encuentran cosas como tierra y plantas. Cojo el dado.
- Vamos a tirar...  Perdón, esa palabra es terrible en Colombia.
- ¿Por qué?
- Porque es la manera vulgar de referirse a tener sexo con alguien. ¿Cómo se dice en Panamá?
- No te puedo decir.
- Dímelo al oído- le pido mientras se acerca y me susurra una palabra que yo inmediatamente grito en pleno restaurante: ¡culiar!

La reina se molesta, me pide que no la enrede y que volvamos al tablero. Le pregunto si la pone más nerviosa el juego que la sesión de fotos desnuda de mañana y me asegura que, obvio, la sesión. Inevitablemente comienzo a hacerle bromas sobre cómo es eso de quitarse la ropa para SoHo y le comento que alguna vez fui editor de esta revista. Seguimos. A Giosue le toca contestar una cosa muy complicada y le ofrezco que se la cambio si me da un beso, y que nadie va a saber. No quiere. Le pregunto si me niega el beso por cuestiones de moral o porque estoy muy feo. "Por las dos cosas", dice mientras se ríe de mí. Nada raro: estoy acostumbrado a que las mujeres se rían de mí.

Muy bien, vamos a la pregunta. Es increíble cómo a esta mujer la persigue una especie de fatalidad amarilla:
- No me lo vas a creer... ¡es lo tuyo: el oriente! ‹le digo con toda la mala intención del mundo occidental-. A propósito, ¿cuáles son los límites de Panamá al oriente?
- Costa Rica y Colombia.
-No, Giosue: Colombia o Costa Rica. A pesar de que ticos y colombianos hablamos muy parecido, ambos países no pueden quedar al oriente de Panamá. ¡No, señora!
- ...
- Bien, te voy a hacer la pregunta: ¿Qué líder chino llevó a cabo la Revolución cultural?
- Mentira -me dice-. Esto está armado.
- Giosue, en Colombia armamos solo las elecciones presidenciales; todo lo demás es transparente - le aseguro, mintiendo, mientras le muestro la tarjeta con la respuesta tapada con un dedo.
- ¿Por qué siempre me tienen que tocar estas preguntas?
- Responde, por favor.
- ¿Mao?
- ¡Muy bien, Giosue! Pero Mao... ¿qué?
- Mao...  Mao... ayayayay
- ¿Mao Mix? ‹-e digo para confundirla. Para confucionarla.
- Mao Zedong.

Impecable. Giosue ha vencido sus miedos orientales internos y triunfa en los terrenos de la sabiduría china. No tiene sentido seguir martirizándola con el aburrido Sabelotodo cuando debo dejarla ir rápido para que se desnude, que es lo realmente importante de todo este asunto. Giosue me ha demostrado que, a pesar del confucionismo que rodea su vida desde el fatídico día del concurso, es una mujer que se resiste a ahogarse en su propia tragedia. Le cuento, para consolarla, que aquí tenemos misses tan martirizadas como ella.

Ahí está Verónica Velásquez, con aquello de que ³el hombre se complementa al hombre/mujer con mujer/hombre con hombre/y también mujer a hombre/del mismo modo y en sentido contrario². La anima mucho saber que otras mujeres han sobrevivido a la adversidad, y que tenemos un país donde las reinas reinan en los noticieros, las reinas reinan en el Congreso, las reinas reinan en los programas de radio, las reinas reinan en los libros de superación femenina, las reinas reinan en las relaciones públicas, las reinas reinan en los cuadernos de colegio, las reinas reinan en los carteles de la droga y las reinas reinan en Cartagena. No, allá no: en Cartagena reina Raimundo.

Habiendo jugado apenas una hora, no hay manera de saber quién ganó. Durante un rato tratamos de definir la cosa para poder rematar el encuentro e irnos, ella, a desnudarse y yo, a escribir. Se me ocurre una idea muy caballerosa, pero no del todo viril: que ella sea la reina y yo la virreina. Hecho el oxímoron, me convierto en un caballero fungiendo de virreina en este juego.

La reina ha vencido al periodista, Panamá somete a Colombia, el mito de la vieja bruta encuentra una excepción y se respeta, eso sí, la tradicional fórmula de SoHo: vale todo con tal de lograr que una mujer muestre sus pezones.

Nos sirven algo de comer, una tabla de quesos, y, ya más relajados, le pregunto a Giosue si conoce una obra de teatro que se llama I took Panama.

No, me dice, mientras me lleno la boca de quesos que huelen a calcetín. La verdad es que yo tampoco la vi, ni sabía dónde quedaba la meseta de Finmark, ni distingo longitud de latitud. El queso está rico. Giosue también; tiene un aire irresistible de Penélope Cruz. Giosue prueba el queso mientras me repito mentalmente que no hay posibilidad alguna de que yo la pruebe a ella.  Es una mujer muy inteligente.


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