Hoshiko llegó a la Facultad de Letras a través de un programa de intercambio de la universidad que con tal de traer alumnos extranjeros no les solicitaba siquiera que hablaran dos palabras de español. De vez en cuando caían a las clases unas chicas alemanas desorientadas, o unos norteamericanos altísimos en ojotas en pleno invierno, o un belga francés, o un canadiense maorí; deambulaban un poco incrédulos por las instalaciones improvisadas de la Universidad del Salvador, con la guía Lonely Planet y un cuaderno de apuntes bajo el brazo. Los profesores ni siquiera intentaban integrarlos a la clase, no les preguntaban nada ni los hacían participar.

A Hoshiko la vi por primera vez en Teología II. La vi sentarse a un costado y lo primero que me impresionó fue que parecía la mujer más delicada del mundo, como si no tuviera peso. Cada tanto se acomodaba el pelo detrás de la oreja y solo ese gesto me dejaba en suspenso, preguntándome si sería japonesa y cómo habría llegado hasta ahí. Alguna extraña equivalencia burocrática de materias cursadas del otro lado del mundo la había llevado hasta esa clase donde discutíamos cosas increíbles como si los ángeles tenían sexo o si la Virgen María había ascendido con su propio cuerpo al cielo. A eso había que sumarle que en la clase siguiente teníamos Literatura Latinoamericana y hablábamos de las levitaciones de Cien años de soledad y el personaje de Remedios la bella que sube a los cielos con cuerpo y alma cuando sale al patio a tender las sábanas un día de mucho viento. No sé qué entendía Hoshiko de toda esa mezcolanza, pero para un agnóstico como yo la teología era casi más impresionante que el realismo mágico, porque los profesores y hasta algunos compañeros de clase hablaban de esas levitaciones y esos dogmas como si fueran ciertos.

Yo andaba sin dios hacía tiempo, pero con el espíritu inclinado a la poesía, leyendo obsesionado a los grandes poetas de la luminosidad sexual, dejándome orientar por las hormonas sin saber para dónde me iba a llevar todo eso. Era un creyente en busca de esa nueva luz, pero todavía no la había encontrado, aunque lo intentaba. De hecho en la facultad formaba parte del grupo que daba clases de apoyo de español para extranjeros, no porque necesitara plata, sino porque tenía la esperanza de que alguna de esas alemanas sólidas me sepultara para siempre entre sus tetas enormes.

Una tarde vi en la planilla que se había anotado Hoshiko en las clases de conversación, justo en mi horario. Todavía no sabía cómo se llamaba la chica extranjera que había visto en Teología II, pero estaba seguro de que era ella. Me quedé esperándola en el gabinete de las clases individuales, leyendo Residencia en la tierra casi en voz alta, como si leyera un breviario, pasando despacio por las palabras que hablaban de mujeres desnudas de caderas jóvenes con peinados donde brilla una flor amarilla como el relámpago. Leí solo, ahí sentado como un monje en su celda y Hoshiko no apareció. Fui todos los días que ella se había anotado y leí poemas eróticos frente a su silla vacía.

No la volví a ver hasta la siguiente clase de Teología, a la que llegué tarde y quedé sentado detrás de ella en diagonal. La miré toda la hora mientras el profesor interpretaba el primer mandamiento según su significado teológico, y hablaba de la prohibición de adorar a los dioses extranjeros y de Yahvé y los pueblos nomádicos. Hoshiko tenía puesto un vestido corto celeste que dejaba ver sus piernas blancas, y tenía unas zapatillas también celestes. No podía dejar de mirarla. Me sorprendía la exactitud de su belleza: el pelo negro y lacio le caía sobre la espalda como un pincel. Estaba sentada derecha, casi ingrávida, como apoyada mínimamente sobre el mundo. Miré a los demás. El profesor era un gordo con manchas de café con leche en la camisa, los demás estudiantes, mis amigas y mis amigos y yo, parecíamos un inventario de la desidia andrógina con nuestros suéteres estirados, nuestro pelo revuelto y nuestros joggins de elástico vencido, todos despatarrados en los pupitres. Nunca me había dado cuenta de que éramos así.

Cuando terminó la clase ya tenía todo planeado. Bajé la escalera al lado de ella y me presenté. No le dije que había estado esperándola. Le pregunté si le resultaba fácil seguir la clase. Hablaba un castellano raro, medio aportuguesado. Le costaba entender. Le pregunté cuándo había llegado, cuánto tiempo se quedaba y antes de llegar a la esquina ya le había largado la bomba: ¿Querés ir a escuchar tango hoy a la noche? Me parecía que el tango no podía fallar. Pero no entendió, tuve que explicar y reformular la invitación de una manera penosa. ¿Te gusta el tango? Sí. Vamos vos y yo a escuchar tango. Hoy a la noche. Cuando entendió se le cambió la cara, se sorprendió y sonrió.

A las diez la pasé a buscar por el departamento alquilado donde vivía con otras dos estudiantes extranjeras y fuimos al famoso Bar de Roberto donde después de las once cantaban tangos viejos con guitarra. Había mucha gente y mucho humo; quedamos atrapados por el gentío en un rincón tomando nuestra cerveza, parados, estirando el cuello para ver algo. De vez en cuando miraba a Hoshiko para ver qué le parecía; quizá se había esperado algo más turístico, con bandoneón y parejas bailando a las patadas, pero me sonreía, parecía divertida. Le dije que le quedaba muy bien el pelo atado así, para atrás con una hebilla (se lo tuve que repetir en inglés) y le gustó que se lo dijera. De pronto a nuestro lado se liberó una silla y se la ofrecí pero no quiso sentarse, me dijo tú y me la señaló para que me sentara. Le hice caso y me senté, y entonces ella me apretó la rodilla con una mano, mirándome medio burlona como cerciorándose de que estuviera firme, y se sentó sobre mi pierna.

Era más grande que yo. Lo supe después. Ella tenía 26 y yo 22. Había nacido en Tokio pero había vivido parte de su vida en Londres y sabía de drogas lo que yo no iba a saber en mi vida. Ahí estaba ahora, sentada derecha sobre mi rodilla, con los pies juntos y sacando las tetitas que se le adivinaban bajo el vestido. Pude comprobar que efectivamente casi no pesaba. Me moría de ganas de rodearle la cintura, de pasarle la mano por el pelo sedoso. Pero fui prudente y me contuve.

La acompañé en un taxi hasta su casa y cuando llegamos me invitó a subir. En el departamento nos encontramos con que una de sus roomates gringa había invitado a dos tipos que ya estaban borrachos, mientras la otra decía que no la dejaban dormir y daba portazos. Así que nos metimos en la cocina y Hoshiko sacó un porro fino armado con sedas de Hello Kitty. Los equívocos lingüísticos del porro nos empezaron a llevar para todos lados, pasábamos del castellano al inglés cuando no nos entendíamos, y hubo rachas largas de risas y explicaciones de teorías que se desarmaban en el aire antes de ser formuladas. En un momento la miré fijo y nos quedamos callados porque se hizo evidente que ya estábamos pedaleando en falso con la conversación. Hay un elefante en la sala, dijo ella. ¿Por qué decís eso?, le pregunté. Me explicó que es una expresión inglesa que se usa cuando hay un tema que todos evitan pero que está ahí indisimulable. ¿Y cuál es el elefante? That you want to fuck me, dijo y yo quedé desorientado en mi manual de machismo básico. Por suerte el cuerpo reaccionó antes y la apreté contra el mesón, y nos dimos un beso largo y carnoso.

Le subí el vestido, le apreté el culo, los muslos suaves, y la levanté hasta que quedó sentada sobre el mesón. En un momento se asustó y me hizo trabar la puerta con una silla para que no entrara nadie. Nos fuimos al lavadero detrás de la cocina y sentada sobre el lavarropas se soltó el pelo y se sacó el vestido, yo le desabroché el corpiño. No sé qué luz rara había en ese lavadero, no sé si era la marihuana en mi cabeza, pero puedo jurar que Hoshiko brillaba, como si tuviera luz adentro, y en cada beso su pelo negro me rodeaba como creando más intimidad entre nosotros. Le di besos en el cuello y me fui como cayendo y le chupé esas tetas apenas pronunciadas, bajé por su ombligo y le saqué la tanga blanca. Ella me pasó la mano por el pelo y me hundí entre sus muslos y empecé a comerme el haiku rosado de su concha hermosa. La miraba hacia arriba. Hoshiko gemía y brillaba, era Dios.

Yo había encontrado mi religión, mi devoción, Hoshiko era el Dios que yo estaba dispuesto a amar sobre todas las cosas, mi primer mandamiento, porque en los meses que siguieron la amé sobre todas las cosas, sobre la mesa del comedor, sobre la baranda de la escalera de emergencia, sobre los apuntes de la facultad, sobre una bolsa de naranjas que quedaron aplastadas, la amé sobre sillas y sillones y estantes, la amé sobre la cama, y sobre un aparador, y sobre el capó de un auto en el subsuelo de un garaje, la amé sobre todas las cosas que pude, mientras seguían las clases de Teología a las que empezamos a faltar, porque nos quedábamos cogiendo toda la tarde y parecía casi como si cogiéramos arriba de un pupitre de la clase rodeados por los demás estudiantes sin que nos prestaran atención mientras el profesor seguía hablando de Yahvé y yo seguía hundiéndome en la humedad resbalosa de Hoshiko, con todo el verbo haciéndose carne, todo lo leído por fin manifestándose ante mí en su materia orgánica y sagrada, toda la poesía hecha un cuerpo de mujer hermosa que me reclamaba y tenía toda mi voluntad y mi fuerza, todo mi amor mientras la amaba a ella y solo a ella por siempre y por sobre todas las cosas.

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