Arturo es mi único amigo y ni tanto y es programador de internet, es un tipo tan binario como bipolar y es un genio con el teclado aunque es más fracasado que yo y además es más bajo y gordo y tiene los pies extragrandes, por lo que camina como pato y sus dientes son como boxeador, pero me manda un promedio de cincuenta mails diarios con links y eso, supongo, es cariño o un tipo de lazo o esas mariconadas de gente que ha ido a terapia o, peor, lee autoayuda pero supongo que si Arturo se muriera seguro que echaría más de menos sus mails porque cuando nos vemos se dedica a comerse las uñas y a hacer obras de arte con el kétchup y la mostaza, por lo que el verdadero lazo entre nosotros es digital. Pero esto no es acerca de Arturo, no, para nada, él solo diseñó esta página dedicada a ella (apretar links, ver los videos, las fotos son descargables).

Todo es acerca de Celine.

Queremos y odiamos y nos gusta tanto y queremos asesinar a Celine.

Esta página es acerca, claro, de Celine, de la guapa-mítica-exquisita-extraordinaria Celine Camus. Celine Camus, la niña-buena que se destapó, la perra que le gusta, la canalla que traicionó, cagó, destrozó la poca vida que tenía.

Celine quizás ni sepa quién soy o se olvidó pero he jurado tantas veces en vano no vengarme, no pensar en ella, no acordarme de ella cuando me acuesto solo y las sábanas están heladas.

Juro que la voy a matar si la veo.

Esta es mi venganza.

Esta es mi página antiCeline.

Tengo derecho a vengarme.

O a imaginarme que ella termine peor que yo, algo que, lo sé, no sucederá.

¿Cuántos tipos que han soñado con ella se han imaginado caminando por la playa con ella, han querido besarla, casarse, tener hijos con ella? ¿Cuántos culeados han acabado en su cara impresa en el mejor papel de revistas de farándula? Porque Celine es o era una dama o sigue siéndolo, pero quizás esos tres eventos mediáticos cambiaron su vida y la transformaron de ser una modelo simpática y linda para comida de bebés a ser un símbolo sexual de temer, una maraca-guarra-bitch-hardcore que no queda conforme con nada aunque yo creo que igual le gusté, sé que le hice sentir cosas, sé que se dio el gusto de tirarse a un ser no-tirable como yo y que si me viera, algo se acordaría.

¿Sí? ¿Alguien me puede recordar?

Aunque no lo crean yo tuve un leve affaire con Celine en escena (ver escenas hot del telefilme) y ahora que todo ha terminado, juro que nunca volveré a involucrarme con ella (algo fácil de prometer) ni con nadie.

Nunca, nunca más.

No, no, no.

Para qué. Se pierde, siempre.

Jamás. Aunque sea la chica más fea y needy y necesitada y lastimosa del mundo. Yo ya cerré la puerta que nunca realmente abrí.

La pasé bien, sí, pero más la pasé mal.

Ahora la estoy pasando mal.


***

A veces los putos libretistas de telenovelas que están en el infierno (no guionistas, porque la mierda que hacen son libretos y ni siquiera les pagan bien y el castigo final es que nunca podrán escribir de verdad) a veces son capaces de actuar como Dios y alterar destinos y hasta lograr que una vida (mi vida) cambie.

Por un rato, al menos.

Lo único que salva la existencia, que la hace a veces hasta agradable y decente y hasta soportable, es que es rutinaria. Todos los días son más o menos iguales y eso, no sé, no es algo malo. No necesito aventuras, cambios, paréntesis, ataques abruptos. Yo no andaba buscando minas, sexo, sensaciones, nervios, celos.

No quise, no lo pedí, no lo soñé.

No estaba esperando obsesionarme (¿enamorarme?) de Celine Camus.

¿Qué pasó?

A pesar de haber tenido una breve tregua (para citar a Benedetti, a quien odio), y haber tirado como enfermo por unos días a la mina más exquisita del mundo, al tipo de mujer-diosa que nunca —nunca— se fijaría en alguien como yo, ahora siento que quedé, digamos, enganchado.

Adicto.

Pienso en ella.

Pienso mal de ella.

Pienso bien de ella.

Pienso todo el puto día en ella.

Pienso en ella incluso cuando no pienso.

***

Eventos wikipediáticos, youtubescos, de Celine Camus:?

1.- Las fotos del artista plástico Francisco Santos San Ramón que, a pesar de ser ultragay, sus fotos a mujeres son mejores que sus fotos a futbolistas para una marca de spray corporal "para machos que sudan potente". Al parecer Celine ese día andaba depresiva o con pastillas (al parecer había terminado con su novio de toda la vida) porque la sesión era para una foto para una multitienda de segunda y la idea era promocionar chalecos, chales y sweaters. Pero algo pasó. Quizás Santos era bi, o tenía esa cosa gay de seducir a las minas pero es como si hubiera corrido ácido o droga dura. Celine pasó de ser una chica "virgen" donde explicaba datos de puericultura en un programa para mamás que se emitía en la mañana a una "media mina" terminó mostrando "mucha carne rosada" y hasta algunas que, según Arturo, respetablemente podrían estar en bajo el tag "anal". Arturo encontró las fotos en Flickr antes de que se armara el escándalo (según Santos, fue su asistente-proleta el que las colocó porque le dio celos). Da lo mismo: las fotos en vez de arruinar su carrera la transformaron en una estrella y luego en imagen corporativa de una bebida energética que, según mito urbano inventado por publicistas chantas, era una suerte de viagra líquido.

2.- Rol secundario como bailarina de danza moderna bisexual en comedia chatarra sexual con mucho reggaetón que terminó siendo la película local más vista de la historia. La escena entre ella y una chica morena brasileña y un galán de telenovela circuncidado arriba de una cama de agua se filtró sospechosamente a la red para deleite de muchos menores de edad que no podían creer que la chica que hablaba de mamaderas ahora mamaba de verdad. Los productores, y los tipos del placement, una asquerosa marca de cerveza negra, hicieron un afiche de ella con una polera mojada que empezaron a regalar en botillerías y el resto es, supongo, historia.

3.- Un telefilme, escrito por unos estúpidos que firman con seudónimo porque no quieren que el mundo sepa que son los mismos autores de unos libritos de cuentos. El asunto es que ellos inventaron la peor historia del mundo y, por algún motivo, yo terminé de protagonista de ese telefilme del canal número tres que costó muy poco dinero pero que Celine estaba obligada a hacer para luego liberarse e irse a un canal mejor donde ahora actúa con un tipo que está casado con una modelo uruguaya que nunca se ha desnudado pero promociona marcas panamericanas prime. Celine ahora gana en dólares y también es rostro de una multitienda que ahora está en casi todos los países tercermundistas de la región. Olor a mar se llamaba la mierda. Olor a mar. Ella hacía de la mujer de un empresario rico (tres autos, cero hijos) que la deja semanas solas y ella se refugia en su mega-casa al lado del mar, toda de vidrio, donde sale a caminar por las tardes hasta que conoce a un pescador con olor a mar y una gruesa alga entre sus piernas. El director quería a un bailarín de Longo, ex estrella de un reality, ahora animador de un programa de no-talento de la tarde, un músculo que mide al menos un metro noventa y debe tener 0,5% de grasa pero Celine estaba tomando clases de actuación con un argentino-ruso y ella fue la que me recomendó a mí para el rol de Mario Sánchez, el pescador que le comía la concha porque le parecía "más realista".

***

Lo único bueno de todo este puto episodio es que quedé como macho herido y si bien duele la parte herido (a veces hiere tanto que vomito, me desmayo, no puedo levantarme, me mareo, veo doble, lloro al escuchar canciones) admito aquí que igual es raro y agradable sentir que soy un macho, que a pesar de todo, de todas mis innumerables fallas y fracasos y frustraciones, igual ella me besó, hasta escupía en mi boca y me metía la lengua y eso que perfectamente se puede besar sin lengua cuando uno actúa y, lo que quizás me tiene más contento, cuando se me paró en escena, con el huevón de sonido hediondo al lado mío, ella me bajó delicadamente el cuerito y lo insertó en su maravillosa boca. El director, que era un tarado y que no sabía quién era Louis Malle, no se lo pidió; lo hizo porque quiso, porque era profesional, porque le gusté o le gustó el personaje que hacía, porque quizás se confundió porque cuando uno está en escena todo se te confunde, uno siente cosas que no esperaba sentir, uno hace cosas que jamás se atrevería a hacer en el mundo real.

***

Soy actor, actúo. Actúo desde antes de entrar a la Escuela y sigo actuando. Actúo para protegerme, para escapar, para que me vean, para que no me vean, para fugarme, para ser otro, para no ser yo y ser yo pero de otro modo. Un actor puede literalmente estar en pelotas y nadie lo puede ver (basta ver Olor a mar, que marcó 43 puntos) por mucho que todos te vean las bolas. Yo soy de esos actores que me gusta desaparecer y transformarme en el personaje del momento. Lo malo es que casi no tengo. Roles, digo. Papeles. Personajes a los que querer, empatizar, perderme en ellos aunque sean malos, asesinos, pedófilos, cometan parricidio, estafa, zoofilia. Esos son los roles que me tocan. Soy uno de los favoritos de Cristina, la mejor directora de casting del mundo. Le caigo bien, me admira, pero un día me lo dijo, en buena, en un café:

—Tienes mala pinta. Eres bajo, no tienes calugas, la huella de tu acné no se tapa con maquillaje. Pelo lacio, lampiño, pómulos que develan sangre originaria. En este país, chico, tienes pinta de maleante. Jamás vas a besar a una chica en escena.

Tenía razón: nada de telenovelas excepto unos bolos de jardinero o guardia. Nada de musicales, u obras de teatro densas porque incluso para hacer arte del malo, del que nadie entiende, los directores y "el medio" exigen "presencia y carisma".

Soy normal. Hago cosas normales: comer, ir al baño, caminar, ducharme (poco), afeitarme (menos), un par de pajas al mes, unos combos 2 con papas fritas un par de veces por semana. Me gusta el ron, aunque ahora esté de moda. No soy un tipo borracho, curado, desprecio a los borrachos y a los que se drogan. Tengo 39, aunque jamás pensé llegar a esta edad. Soy rarillo, sé que me miran y ven raro, los pocos que me conocen hablan o especulan o se pasan películas, pero la verdad es que soy más normal que toda esa tropa de asquerosa gente normal que anda por ahí. Me llaman Álvaro Celis aunque por un tiempo mi nick fue Juan Fernando. Mi blog se llamaba Viaje al fin pero no era ni emo ni suicida. La noche cae rápido, dicen, pero a mí me pasa que la noche no se acaba y lo más raro es que a veces me lleno de una extraña angustia que solo puedo sacármela corriendo por las calles de noche y eso que yo de deportista o sano, nada.

¿Qué más?

No tengo historia, no tengo vida, no tengo look, no tengo onda pero creo que igual soy buen actor y, lo cierto, mejor persona que el promedio. Soy misógino, supongo. Como todos los hombres en el momento adecuado. Soy todo: misógino, homofóbico, gerontofóbico, todo. Misántropo, supongo. La única persona que relativamente respeto soy yo a pesar de que me odio y me decepciono cada tanto pero sigo aquí. Odio la gente, creo, o casi toda la gente. Odio sobre todo la gente que ama la gente, la gente que se entretiene con todo lo que al resto de la gente le entretiene. No creo en la suerte, no tengo suerte, ya no la tuve y lo que me pasó, a pesar de tener algunos momentos de carnalidad alucinante y de ese tonta necesidad del ser humano de sentirse "conectado/querido/tomado en cuenta", claramente no puede ser tildado de suerte. Nunca he comprado un boleto de Loto, odio los casinos y entre tener mala suerte o simplemente no tener nada y tener así un golpe de suerte (mal tema de Luis Jara, al que ni siquiera voy a atacar porque ese tipo de figurilla del espectáculo, claramente me alegran-alivian la vida porque capto que, con todo, prefiero ser yo que ser él y cantar temas como esos, sobre todo ahora que Christian Castro hizo un cover levemente salsero).

Nada de suerte, lo que ahora necesito es control, paz, y sacarme esto que está adentro de mí y me altera, me hace hervir, me confunde y marea. Muchas emociones para alguien que, dentro de todo, ha podido eliminarlas de su vida.

***

Sí, la vida puede ser muy tonta y el mal arte puede ser muy patético pero lo triste, lo lamentable, es que eso que dicen es totalmente verdad: la vida no imita el arte o el arte no imita la vida.

La vida imita los malos programas de televisión.

Hice la mierda de telefilme porque tenía deudas y porque, sí, porque cuando uno se ha pajeado un par de docenas de veces pensando en alguien que sabes que, en un café, o en un supermercado, ni siquiera te miraría, el que te llegue la oferta de actuar con ella, de estar con ella, de acostarse con ella en escenas hot (me cubrían la espalda de vaselina líquida y luego me rociaban con agua mineral mezclada con aceite de soya) cuesta decir que no. Sobre todo cuando el rol es una mierda, es tonto, estúpido, claramente creado por retardados mentales, pero yo era el protagónico y no pagaban mal. Me pagaron por dos semanas lo que gano en un año y eso que otro actor me dijo que a él le pagaron más que a mí por solo tres escenas.

Cristina, la de casting, me llamó un día a mi celular. Yo estaba grabando voces en off para un comercial de radio de pastillas de menta. Mi verdadera fama es que hago la voz de Peter Griffin en la versión en español de Family Guy. Con eso vivo, me alcanza. Más mis rolcitos de asesino-lumpen-antisocial en los telefilmes sangrientos de los martes y los jueves.

—Chico, me dijo, andan buscando un rol de un tipo sin pinta, chico, feito, con pinta de pescador, para una cosa media hot. ¿Te interesa?

—Eh, sí.

—Hay dos peros: desnudo entero y tienes que besar a Celine Camus. Más que besarla, en rigor.

—¿Me estás hueveando?

No, no me estaba hueveando y todo esto es verdad.

Nunca hablamos fuera del set (bueno, almorzamos con el equipo y se habló del clima y de deportes) y nunca me envió ni un mensaje de texto pero dos semanas rodando en la playa, cuatro días desnudos en una cama sintiendo el calor de las luces pero sobre todo la impresionante suavidad de su piel, te marcan. Quizás no estoy enamorado de ella, o me enamoré del personaje. O quizás me enamoré de mí mismo y de haberlo logrado por un momento.

No sé, no sé nada, no sé absolutamente nada y no es una buena sensación.

A veces siento que huelo a mar.

A veces siento que aún huelo a ella y quizás por eso, más que asesinarla, más que repudiarla, escribo esto con la escasa creencia que quizás ella lo lea o alguien se lo comente y me contacte.

No soy Carlos, el pescador.

Soy yo. ¿Te acuerdas?

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