Me llamo Alvarito pero me dicen Valo, Padre Valito, y todo el mundo me quiere en mi comunidad. Nací y crecí aquí en Miami, entre la gallada de pana-amigos y brothers y maxibacanes de la región del Sabor, con mayúscula, que no es otro que el supremo Caribe inmortal. Soy cubano y venezolano y dominicano y también boricua, como Jennifer Lo y Ricky Martin. Soy de todas partes y de ninguna, mis panas: soy latinoamericano. O mejor: una versión caribe e hispana en este trópico norte lleno de sabor y al que solo un francés desabrido pudo haber calificado de triste, ¿tristes trópicos?, ¡triste su madre, vaya!

Claro que mi parroquia no es propiamente de personas felices, ¡qué va! Los míos son los molidos en cemento, los duros, la gallada de ojos neblinosos que anda por las calles con una inquietante expresión que podría ser de dos cosas: o de indiferencia o de suprema idiotez; los míos visten jeans raídos y sudaderas sucias y uno no sabe al verlos si van caminando hacia la gloria o pateando latas o si van a protagonizar un hecho sangriento, ay, mis hijitos, cómo los quiero. Los míos son los que llevan tatuado a Cristo en el antebrazo y por ahí se clavan la primera jeringa del día en la mañana, mientras que las niñas, mis esposas lindas, se la inyectan en la ingle para que no les queden marcas en los brazos y se vean feas, mis angelitos, así nadie va a querer singarlas ni hacer templete y entonces de qué van a vivir, pobrecitas.

Los domingos y días de fiesta rezamos juntos, pero como no vienen a mi capilla soy yo el que debe ir a buscarlos. Ese día muchos de mis niños están en una discoteca lumpen que se puso muy de moda entre gente que, digamos, la vida llevaba siete a cero en tiempo de descuento, seres golpeados por la extrema complejidad del mundo, que es un tremendo cagadero.  Ay, Padre Eterno, perdóname, y para allá me iba, a The Flacuchenta Bar: un lugar oscuro y ruidoso donde mis brothers y panas pueden hacer lo que más les gusta a los del Caribe, que es beber roncito y meterse drogas y bailar tropipop con sus respectivas nenas. Allá voy, o mejor dicho, aquí voy yo, y al entrar el dueño me dice, Padre Valito, ¿qué hace usté aquí?, este no es lugar para religiosos y menos en domingo, pero yo le digo, al revés, Osiris —así se llama—, al revés, aquí es donde está el cuento y la vaina, aquí es donde más se necesita una voz que rompa el cielo y baje de lo más alto, por ejemplo la voz de don Chucho El Propio, ¿no crees?

Sírveme una cerveciola bien fresquita, una chela, ajá, y Osiris me dice, claro, Padre Valito, siéntese, faltaba más, invita la casa, pero yo le digo, gracias, primero voy a darme una vuelta al baño, y él, nervioso, ay, Padre, venga y entra al baño de mi oficina, pero yo le digo, no, señor, yo aquí soy como los otros, sereno en el peligro y peligroso en el sereno, no se inquiete, entonces Osiris se ríe y hace un gesto que puede querer decir, "allá usté, Padre Valito".

  Cruzo el salón del dancing, que está bastante lleno, y al abrir la puerta del baño, mis queridos, me encuentro de frente con Lucifer, de sopetón con el viejo Luchífero, en tecnicólor y en blanco y negro, ni más ni menos, pues lo que veo es escalofriante: en el lavamanos una pareja de jovencitos se daban al trabajo de meterse rayas de perica, pero mientras él esnifaba, ella, de rodillas, le hacía un tal chupamiento que, no joda, parecía respiración boca a boca pero por la pinga, ay, Padre Eterno.

Al verme la niña se sacó el instrumento y exclamó, ¡Padre Valito, qué pena!, y agregó, ¡no vaya a pensar mal!, pero yo le dije, tranquila, mi angelito, este es el baño de hombres, te equivocaste, y el joven, que hasta ahora se había quedado callado, dijo, qué vergüenza, Padre, ¿qué va a pensar usted de nosotros?, y yo, nada, mis hijitos, arrodillémonos para rezar y pedirle perdón a Dios, pero antes dejen que revise los reservados; y abrí el primero, donde un negro bastante grande le estaba dando qué tremendo consomé de pinga a una camarera cubana de The Flacuchenta que estaba de rodillas sobre el wáter, con la tanga a un lado y de espaldas a la acción, mis panas, ¡mirando a Constantinopla!

Al verme pegaron un grito y dijeron, ¡Padre Valito!, ¿qué hace aquí?, y yo les dije, vengan, mis niños, salgan al lavamanos que vamos a rezar; y fui al segundo reservado; al abrirlo me encontré a un joven fumándose con avidez un cigarrillo de basuco y mirando una revista porno masculina, quiero decir, de hombres templándose entre ellos, ¿consiguen?

También se meneaba con estilo una tremebunda pinga king size, triple equis ele, y yo le dije, ¿Juanito, qué tu haces? El joven, sobresaltado, soltó el cigarrillo que fue a caerle entre sus esféricas, y gritó, ay, ay, Padre Valito, ayúdeme, ¿es una alucinación?, ¿qué hace usted aquí?, esa revista no es mía, Padre, no vaya a creer... Lo saqué al lavamanos, donde los otros, y me fui al último reservado, y bueno, mis queridos panas, ahí sí lo que vi fue algo bestial, lo más extraño que uno puede encontrarse en The Flacuchenta a esa hora, y fue un tipo con los pantalones abajo, sentado en la taza del wáter y leyendo el Herald, ¿ah? ¡El único que usaba el baño para lo que era! Casi le doy un abrazo, pero como no lo conocía el hombre me dijo, oye ven acá, cálmate un poco, no joda, déjame acabar de cagar y ya te dejo el puesto, bien calientito.

Volví a los lavamanos y les dije a mis angelitos: ahora sí recemos todos juntos, y así fue, mis panas, se pusieron de rodillas y empezamos un padre nuestro y luego otro, y la camarera, que era hija de una señora muy devota, propuso cantar un villancico ya que estaba cerca la Navidad, y cantamos Vamos, pastores, vamos, y luego un Credo en voz alta y seis villancicos más, y una pareja que entraba al baño, quién sabe con qué intenciones aunque me las imagino, acabó arrodillándose también para rezar, y de pronto le bajaron un poco a la música, al tropipop y la tecnocumbia, y el jovencito del basuco propuso que cantáramos una de Juanes, la de A Dios le pido, y la cantamos a voz en cuello.

Yo miraba la imagen de la oración y al mismo tiempo el reflejo de esa imagen en el espejo quebrado del baño, y pensaba para mis adentros, te jodiste, don Luchífero, ya no te veo por ningún lado, ¡te acabo de ganar la pelea en tu propia casa!

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