Hace unos cuarenta años, cuando empezaron a aparecer tímidamente revistas eróticas no clandestinas que incitaban abiertamente a la lujuria, se presentó un conflicto de generaciones. Los padres encontraban a sus hijos adolescentes masturbándose en su cuarto, con unos cuantos ejemplares de las pioneras de
entonces, Playboy o Penthouse, desperdigados y abiertos en el piso y en la cama. Y, tras recuperarse de la
sorpresa, exclamaban al borde del llanto:
-¡Ay, hijo.! Y pensar que en mi época para hacer esto sólo teníamos la sota de espadas de la baraja española.
A continuación, esos padres se incautaban de las revistas de esos niños.
Y la reacción de esos padres, ese conflicto de generaciones planteado de la manera exactamente contraria a la que describía Sigmund Freud a través del complejo de Edipo, es tal vez la mejor ilustración de los estragos que provoca el cuarto de los Pecados Capitales: la envidia. La envidia, o pesar del bien ajeno. Padres envidiosos de sus hijos. Se habla a veces de "envidia de la mala". Pero no la hay buena: todas las modalidades de la envidia son
malas. ¿Los celos, tal vez? No son envidia verdadera, y es bueno distinguirlos de ella: son fruto del amor. El Otelo de Shakespeare, esa tragedia que ha sido considerada como la más acabada representación de los celos en la literatura, no es tal cosa: no se refiere a los celos de Otelo, el Moro de Venecia, por la bella Desdémona, sino a la envidia de Yago por Otelo. Todos hemos sido Otelo alguna vez. Nadie quiere ser Yago. Ni el más soberbio de los pecadores, ni el más
jactancioso de sus propios pecados -digamos, por ejemplo, el Marqués de Sade-, se enorgullece de ser envidioso.
Porque la envidia es una pasión baja. Vieja, sin duda: la más vieja de todas, después de la soberbia. El ejemplo primero está en la envidia de Caín por su hermano Abel, de quien Dios aceptaba las ofrendas al tiempo que rechazaba las suyas, sin duda más sabrosas: un cabrito a la brasa las del pastor Caín, un repollo hervido las del agricultor Abel (y tal vez fue por no seguir recibiendo los efluvios del repollo por lo que aquel feroz Dios de la Biblia, poseído por todos los pecados capitales, incitó a Caín a la violencia del asesinato de su hermano. Pues los pecados poseen al pecador, y no son poseídos por él: de ahí su fuerza). Probablemente ni el mismísimo Satanás convendría en que la razón de su rebelión fue la envidia. No, desde luego: fue la ya mencionada soberbia, que es una pasión noble, y no ruin. O el ansia de libertad, más noble todavía: prometeica. O incluso el odio, que puede ser justo, en tanto que la envidia nunca lo es.
Y sin embargo esa pasión baja e innoble de la envidia, tal vez la única que -en la autorizada opinión de Bossuet- no viene del amor; y sin embargo la envidia, ese sentimiento tan vergonzoso que llega al punto de teñir de un repulsivo color verde amarillento el rostro del envidioso, como si se tratara de una enfermedad, y que según Hipócrates atrofia el corazón de quien la sufre; y sin embargo la envidia, tan fea que los artistas han solido representarla sacando una lengua con forma de serpiente; sin embargo, la envidia es la columna vertebral de la sociedad en que vivimos.
Lo es en el aspecto político. La invención de la democracia -no a la manera ateniense: democracia de privilegiados sobre la masa inferior y sometida de los ilotas, sino a la manera de las grandes revoluciones norteamericana y francesa: democracia de ciudadanos iguales entre sí y ante la ley- es fruto de la envidia. Freud llega al extremo de afirmar que el sentimiento de justicia es producto de la envidia: la que hizo que en la horda primigenia los hijos terminaran por odiar al padre, que se quedaba con todas las hembras de la familia. Y los llevó a matarlo entre todos y a devorarlo en un banquete ritual, repartiéndose su carne como buenos hermanos. Y lo es en el aspecto económico. El éxito de la sociedad capitalista del despilfarro depende de que este se renueve incesantemente, del mismo modo que una bicicleta necesita estar en movimiento para no caer; y el motor que renueva ese despilfarro es la envidia del vecino, que tiene lo que yo no tengo.
En lo que se refiere al orden internacional, no soy yo quien lo dice. Es el propio presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, quien explica que el "choque de civilizaciones" que está sumiendo al planeta en una espiral indefinida de terrorismo y contraterrorismo se debe a que "ellos nos envidian a nosotros".

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