Dos no se casaron: desde entonces viven en recíproca viudez.

Karl Kraus

Eva, Eva Lerner, era judía y sus padres no dejaron que se casara conmigo, un goy, un gentil, un cristiano. A mí las religiones me tienen sin cuidado; creo que creo en Dios, aunque a veces dudo, pero no creo en la vida después de la muerte, y creo que mi vida sobre la tierra la arruinaron los padres de Eva, por apego a unos preceptos absurdos y despiadados, en parte religiosos y en parte racistas.

También la vida de Eva fue amarga para siempre, por culpa de ellos, o quizá por culpa de ella misma, que seguía practicando a ciegas ese antiguo mandamiento que, según el Éxodo, el Dios eterno le entregó a Moisés: honrar a padre y madre. Lo he vuelto a consultar y dice así: "Honra a tu padre y a tu madre, para que puedan ser largos tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te ha dado". Y es verdad, han sido largos los días de Eva sobre esta tierra, pero mejor habría sido que hubieran sido más breves y menos amargos. Ella honró a su padre y a su madre como quien acepta una cadena perpetua y aunque como consecuencia de ese mandamiento fuera infeliz de por vida y me hiciera a mí, de por vida, profundamente infeliz.

Hoy supe que Eva ha muerto, esta mañana, a los 84 años, en un asilo para ancianos de Chicago, en Estados Unidos. La última vez que nos vimos fue hace un par de años, en casa de Cecilia, que desde la juventud fue la persona que hizo hasta lo imposible por hacernos casar, pasando por encima del gran tabú, de la gran prohibición, de la gran maldición de los padres. No fue posible, nunca fue posible: el señor Isaías Lerner y la señora Rachel Lerner no lo permitieron. Tampoco lo permitieron sus hermanos, Jacobo, Elías, José… todos juntos, varones rectos de la Biblia.

Cuando aquello pasó, hace más de medio siglo, también yo creía, como ellos, en las maldiciones. Y si las maldiciones funcionaran, ellos habrían sido tan infelices como nosotros. Pero así no son las cosas en esta tierra. Yo les deseé que se quemaran sin morir en las llamas del Infierno, si había Infierno. Les auguré que sufrieran hasta la desesperación en matrimonios desgraciados y desenamorados. Que conocieran la tristeza sin fondo, la locura sin salida y el dolor sin atenuantes; que sus hijos les desobedecieran y los repudiaran, y que nunca pudieran ver a los hijos de sus hijos. Pero no fue así. Tuvieron una vida más o menos normal, como la de todos, y no creo que ahora se estén pudriendo en un infierno que dudo mucho que exista.

Eva y yo estudiamos juntos Medicina, en los años cuarenta, y desde que nos vimos el primer día de universidad supimos que íbamos a amarnos para toda la vida. Así fue, aunque nunca nos casamos, así fue, aunque no pudimos vivir juntos, así fue, hasta hoy que he sabido de la muerte de Eva, hasta hoy que me quiero morir yo también, sin cargar con el peso absurdo de estos años demasiado largos sin su compañía. Hubiera querido estar a su lado, hubiera estado a su lado y no se habría muerto en ese frío piso de baldosa, sola, en el asilo. Hubiera querido estar estrechando su mano en el último respiro.

Es tristemente sencillo y se puede contar en muy pocas palabras. Al terminar la universidad, después de cinco años de noviazgo al escondido, porque yo no podía visitarla en su casa, porque si ella hubiera reconocido su amor por mí, por un goy, la habrían obligado a retirarse de la Facultad, después de ese largo noviazgo clandestino en el que todo lo hicimos menos acostarnos, ella llamó a sus padres una tarde, pocos días después de su graduación con honores, y los hizo sentar con cierta solemnidad en la sala de la casa, y les pidió permiso para casarse conmigo. Fue un escándalo: gritos, amenazas, maldiciones. No solo lo prohibieron, no solo le dijeron que eso sería igual o peor que la muerte, no solo le dijeron que si se atrevía la maldecirían, le rezarían el kaddish y la repudiarían por el resto de sus días, sino que una semana después la embarcaron a la fuerza, en Barranquilla, para que se fuera a hacer un posgrado en Chicago.

Antes de su salida nos vimos una vez solamente, al escondido, en casa de Cecilia. Cecilia nos dejó solos y Eva y yo pasamos toda la tarde juntos. Lloramos, nos peleamos, nos reconciliamos, hicimos el amor, nos despedimos. No tengo edad para contar con detalles lo que hicimos esa tarde, en el sofá de la sala de Cecilia, sobre el tapete rojo de la sala de Cecilia. No nos dejaron casar, pero de este otro modo y en secreto nos casamos, del modo más antiguo, con la unión de los cuerpos.

Tengo demasiados años, y esos pormenores corporales, para nosotros los de mi generación, no se deben contar abiertamente, por un apego al decoro y a lo que nos parece que es íntimo, no público. El sexo, cuando yo era joven, era más recatado porque era más importante. Somos una generación discreta, no como la de ustedes, que es exhibicionista. Diré solamente que Eva perdió la virginidad conmigo, esa tarde, y que fuimos felices ese día como se puede ser feliz en esta tierra. Más felices que nunca. Y después, algunos otros pocos días de la vida, lo volvimos a ser, en días espaciados por años para preservar las apariencias, para seguir honrando al padre y a la madre hasta el fin de sus días.

Cuando ella se fue por primera vez a Chicago, y durante más de veinte años, no volvimos a vernos. Sus padres, a través de unos rabinos de Nueva York, le consiguieron un novio y la obligaron a casarse con él. Tuvieron hijos. No fueron felices en su matrimonio ni un solo día de sus vidas, porque el matrimonio con amor es muy difícil y el matrimonio sin amor poco menos que imposible.

Yo también me casé y tuve hijos y no hay nada más parecido a mi matrimonio que una cárcel donde a ratos también se tortura; por lo mismo. Cuando sus hijos ya eran adolescentes, cuando los míos ya crecían, Eva volvió a Colombia, y nos volvimos a ver, al escondido. Siempre sucedió, como la primera vez, en casa de Cecilia. Desde entonces, cada dos o tres años, nos vimos furtivamente, por viajes de ella a Medellín. Lo sabíamos nosotros y Cecilia, nadie más. Y fue siempre lo mismo de la última vez, antes de su viaje obligado a Estados Unidos: nos quedábamos solos, después venía el llanto, la alegría, el reproche, la pelea, la reconciliación y el amor, el amor completo de los cuerpos unidos, que para nosotros era el otro nombre del matrimonio. Lo único distinto es que ya no lo hacíamos en el sofá ni en el tapete rojo, sino en una cama con sábanas limpias que nos dejaba Cecilia.

Hoy ha muerto Eva, la que yo siempre quise. Hoy ha muerto Eva, mi primera mujer. Hoy yo ya no quiero seguir vivo y, cuanto antes, espero también morirme. Dejo este breve testimonio de nuestro amor fallido, de nuestro incompleto amor clandestino, como una enseñanza y una sugerencia a los que vienen tras de mí. Soy viejo y todavía me gustan las historias con moraleja, que dejan una enseñanza para la vida. Por eso digo: el mandamiento del amor es mucho más importante que el de honrar a padre y madre. No lo olviden.

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