De haberlo sabido ni la observa. Ay, dioses en plural o Dios en singular. ¿Por qué no hay un sacudimiento moral que nos prevenga de lo que va a suceder, de los males que un cruce equívoco de miradas desencadena en las vidas? Pero no existe el sismógrafo de la conciencia, y nadie atajó aquella mirada, y nadie le recordó a Javier (llámenlo así) aquel mandamiento modificado por la vida urbana: "No desearás la mujer de tu vecino", porque ya no hay prójimos, los exterminaron la anomia, la indiferencia, el individualismo, las sospechas, ahora nada más hay vecinos, algo al alcance de cualquiera, con tal de que viva cerca de alguien.

Un prójimo es lo próximo, y eso ya no se usa, y en cambio los vecinos abundan, con tal de que no molesten y saluden con el tono seco del encuentro en un elevador… ¿No se han fijado? En el metro, en la calle, en el mismísimo hogar, todos nos saludamos como si coincidiéramos en el elevador, con la vista fija en el tablero, las palabras medidas y la sonrisa petrificada en un gesto. El elevador e internet son la versión posmoderna del ágora, y en el elevador, o en el descendedor, díganle como sea, todos se impacientan en espera del piso correspondiente, hartos de los desprecios telepáticos.

¿A dónde iba? ¡Qué lata con las divagaciones! Si uno no echara la mente a volar podría resolver cualquier problema, incluso la recesión económica, esa posposición del salto en el vacío o, mejor, ese precipitarse en el vacío sin necesidad de movimientos. Javier encarcela a sus pensamientos y se pregunta: ¿por qué la miró? ¿Por qué jugó su sensualidad al azar para que se la ganara la violencia?

Esa tarde estaban cada uno a punto de entrar a sus Respectivos, para qué decir "departamentos", cuando él la contempló, se dejó llevar por el espíritu minucioso y comenzó a detallar las propiedades de ese objeto sexual a su alcance: caderamen solícito, busto como pista de aterrizaje de los pensamientos lascivos… Se detuvo para sufrir las consecuencias de su metáfora.

¡Qué horror! "Busto como pista de aterrizaje de los pensamientos lascivos", eso parecía otra de las alucinaciones verbales del columnista que le caía tan mal y que a sus amigos tanto los divertía: "¿Ya leíste eso de 'El clip es un alambre con cólico'? ¿No te acuerdas de 'El foco es el ombligo del techo'?".

Se sintió apresado en un mal viaje de los Años Setenta. No se vale, el deseo y sus movimientos levantiscos requieren de las palabras adecuadas, así sean las más vulgares, las propias de la élite que reencarna en el populacho… Y en ese momento decidió suspender el vagabundeo mental.


* * *

Quedamos en que la vecina le gustaba hasta el crujir de dientes, que pasaba los días queriendo encontrársela, que con ese propósito hacía guardia en el edificio, que no sabía cómo tomarle una foto, aunque ahora todos se tomaban fotos el día entero, los celulares o móviles son también cámaras, no se sale a la calle sin un instrumento fotográfico, se acabó la Era del Perfecto Desconocido, en el futuro todo mundo tendrá derecho a quince minutos de anonimato visual… ¡Carajo! De nuevo el desvarío, no me salgan ahora con que la excitación solo es efectiva cuando se apoya en las ocurrencias y las reflexiones nonatas… Vuelve a su obsesión no sin sospechar que la obsesión genuina es una monomanía senil… ¡Ah sí! No desearás a la mujer de tu vecino. Porque, para empezar, qué tal si ella le hacía caso y hablaban y tomaban café y se contaban las vidas y se afligían por el volumen del tedio que los anegaba, y ya era tiempo de una pequeña aventura, discreta desde luego, no hay por qué incomodar a los otros vecinos, tu esposa y mi mujer, pobres, la mía es un fardo de la falta de gracia pero es buena persona, el mío es un ropero abandonado en el zaguán pero no le hace mal a nadie, estorba pero no lastima…

Y qué tal si los diálogos se deslizaban pronto a la vía de los hechos, y se citaban para ir a un hotel o un motel, y ensayaban con método científico cómo iría ella en el asiento de atrás, oculta tras una frazada, qué bonita palabra frazada, y llegaban al motel, cuya gran ventaja era la ausencia de vestíbulo, y pasaban a la habitación y revisaban el mobiliario y se fajaban con desesperación y se besaban hasta sangrarse los labios, y el sexo oral se iba volviendo sexo coral, y… el soñar despierto ascendió o descendió al rango de la pesadilla. ¡Qué horror! ¿Y qué tal si en ese momento, en el instante supremo, ya anunciado por el clásico: "Cuando la gana llega la gana gana", qué tal si en ese instante del relámpago de la insurrección de la carne se desencadenaba la disfunción eréctil?

"¿Qué te pasa?", se recriminó. ¿A quién se le ocurre salir con ese flagelo de la humanidad a la hora horizontal o vertical de la dicha? (¡Qué lenguaje! Ya nada más falta que él describa al coito como "frenesí consensuado"). No, disfunción eréctil no, eso nunca, él siempre ha funcionado de maravilla, ninguna de sus compañías se ha quejado ni tendría por qué hacerlo, lo suyo es el ritmo sin interrupciones, pero, claro, al mejor cazador se le va la liebre, qué lenguaje tan machista, a cualquiera le puede pasar, su padre un día muy borracho le contó lo sucedido en la noche de bodas, ya nada más faltaba el acto de concebir al hijo tan deseado y… ¡¡se interrumpió la electricidad corporal!! Nada, nada… "Por poco y no naces, m' hijo", comentó, anulando el mal augurio con un abrazo. ¿Y qué tal?

Se calmó como pudo, qué manía la de soñar despierto, quedamos en que la tarde caía y en el motel las acciones convertían el faje en sublime desesperación… y entonces tocaban con furia la puerta.

"¿Están aquí? ¿Están aquí, cabrones? ¡Abran!". Tembló. Había reconocido la voz de su mujer, y ella gritó "¡¡Sal, Jaime, pinche maricón!!", y se abrazaron por larguísimos segundos y él ya no supo si la otra pareja exigía su turno y que desocuparan el cuarto, o si se desencadenaban los titulares de las notas policíacas "¡¡Los sorprendieron y los ultimaron!!", o "El nidito se les volvió fosa", y él se sacudía de terror y empezó a sollozar cuando se acordó de su condición de víctima de la fantasía, y se juró que nada de esto tendría lugar, para empezar ya había pasado la moda de asesinar por motivo del adulterio y únicamente en algunas regiones el crimen se cometía por celos, pero qué tal si el marido o su mujer habían crecido convencidos de que la paga del pecado es la muerte? ¿Qué tal si…?

De haberlo sabido ni la mira.

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