A Johana la conocí hace dos años, cuando ella era asistente de mi amigo el fotógrafo Nicolás Quevedo y yo acababa de llegar de México. Como siempre hago, la abordé sin rodeos: le dije que quería fotografiarla desnuda. Ella se asustó un poco, pero al tiempo hicimos unas fotos relajadas, sin mayor maquillaje ni producción, algo tranquilo. Quedaron muy bonitas, pero no tuvieron el nivel de calor, de contenido erótico que yo busco en mis trabajos con mujeres.

Seguimos siendo amigos, no de los que hablan todos los días, pero nos veíamos cada tanto en sitios o donde amigos comunes y conversábamos largo, nos reíamos juntos. Hace aproximadamente un año, en uno de esos encuentros casuales, cuadramos una cita y fui a su casa a tomarle las fotos que están viendo. Ella vivía con su novio, y él también estaba feliz con la manera en que iba desarrollándose la sesión. Nos pasaba vino, nos animaba a movernos, a cambiar de lugar para las fotos. Y les voy a contestar de una vez la pregunta que me imagino se están haciendo: no, el novio no estaba celoso. A pesar de que mis fotos son muy eróticas y tengo mucha interacción con las modelos, soy un profesional y sé que si paso la raya del trabajo la embarro, y ninguna mujer va a volver a querer posar para mí.

Busco siempre fotos orgánicas, espontáneas: de inmediato veo el entorno y me acomodo a lo que haya, me gusta trabajar con lo que tenga a mano. Con Johana apliqué algo que había conversado en México con otro amigo fotógrafo, Jacob Sadrak, que es lo que llamamos el ‘toqueteo’: me acerco mucho a la modelo, la rozo mientras tomo alguna foto, y ahí voy midiendo qué tan cómoda está ella, qué tan entregada está a la sesión que estamos haciendo. Si ella no se mueve con el roce, sigo adelante, avanzo incluso; pero si se retira un poco yo también me retiro y dejo que ella misma vaya encontrando la manera de estar cómoda. Y ya paro aquí: los dejo con lo verdaderamente interesante de estas páginas, la bella Johana Jiménez.

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