Justo cuando la llamamos, Juana estaba pendiente de los debates políticos del Grupo de Río, que mermaron la crisis entre Ecuador, Venezuela, Nicaragua y Colombia a comienzos de marzo. Le encanta seguir la política, no se pierde noticiero y está al tanto de todos los periódicos. Pero ella no es analista ni abogada. Es diseñadora gráfica, tiene 32 años, y también interpreta obras de teatro en Medellín con el grupo del Club Campestre. Le fascina oír música, y mejor si es al lado de su hijo de seis años. Es una melómana empedernida, fanática de Fito Páez, Sara Bareilles y Annie Lenox, cuando cantaba en Eurythmics. Incluso grabó un demo en Buenos Aires hace algún tiempo, pero anda tan ocupada con otras cosas en su vida que no ha podido ponerle el moño a su producción. Se muere de ganas de ir al concierto de Maná que se llevará a cabo en abril en Bogotá. Aunque es hija de madre paisa y de padre rolo, nunca ha vivido en Bogotá (viene unas cinco veces al año) y todavía no ha logrado acostumbrarse al soroche que le da cada vez que visita la capital. Sin embargo, ya encontró lo más parecido al remedio a dicho problema: un martini en Pravda.

Cuando Juana no está de rumba en los mejores bares de Bogotá, prefiere quedarse con unos amigos en plan casero, tomando un buen vino tinto y oyendo todo tipo de música, desde reggaetón hasta rock. Fíjese bien a ver si lo encuentra: tiene un tatuaje muy bien puesto. Es un sol con una media luna adentro. Se lo hizo el día que leyó un escrito que la cautivó, un cuento que relata cómo el sol y la luna se enamoraron y cada eclipse se juntan para besarse. Siga mirando y encuéntrelo. ¿Está pensando lo mismo que nosotros? Lo entendemos: esa historia del sol y la luna debería ser la nuestra con Juana Uribe. ¡Ya quisiéramos!.

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