No camina dos centímetros por encima del suelo. Tampoco mira de reojo ni saluda como reina de belleza, aunque lo fue. Lo único que la delata de ser Kathy Sáenz es su belleza y que viene al lado de su manager. Por el resto, es una vieja aterrizada, que lleva en la mano un "kleenex" y está que se muere de la gripa. Fuma, sonríe y se ríe sin dar la impresión de estar todo el tiempo haciendo casting. Come costillas con papa criolla y aguacate en los piqueteaderos de Chapinero. Su largo camino por el mundo de la farándula le ha dado una especie de pasaporte diplomático que la hace estar por encima de todas las que hasta ahora intentan raparse la fama. Y lo reafirma: "A mí no me cuesta competir contra las toneladas de silicona porque lo chévere es que yo no la tengo. Aquí la belleza está inflada con billete, eso lo sabemos de memoria, pero también sabemos que esa belleza es una gran mentira y que va a terminar muy mal, muy fea. Por fortuna soy simplemente así, lo que soy, sin cuchilla". Está satisfecha con lo que le fue dado, con su talla, con su familia con sus amigos y con su manera de hacer las cosas. Fue reina de belleza, estudiante de literatura y de mercadeo, periodista y también rodó las ruedas que alguna vez paralizaron a algún 'feliz ganador' de la lotería. Ya hace mucho hizo sus escándalos, dejó ver sus cartas y hasta aceptó que a su vida le agregaran episodios hiperbólicos y ficticios. Por eso Kathy dice: "Me ha pasado muchísimo menos de lo que la gente cree. De hecho, soy mucho menos que toda esa catedral de locura. Hoy me da risa". Parece tenerla clara y haberse sacudido lo reinita y lo famosa para hacerse tangible. En cualquier restaurante de La Macarena se la puede ver en jeans, comiendo, hablando, riendo. La gente la ve entrar a un bar de moda como cualquier otro mortal y ella hace la fila del baño sin ínfulas, sin asumir posiciones de modelo.
Tiene una gata que se llama 'Barú' y un gato que se llama 'Bongó'. Baila al Joe Arroyo y a Lucho Bermúdez y de vez en cuando a Roberto Ledesma. Siembra matas por la mañana, viaja al mar con frecuencia y a veces le da por soñar con tener una casa en la Sierra Nevada de Santa Marta, con una gran huerta y muchos animales. Ya pasó los treinta, es independiente. Está acá, se puede tocar. "Miami ni a bate", dice. No le interesa ser la mujer de un galán puertorriqueño, ni la muñeca de un magnate cervecero, ni mucho menos la 'hembra' inflada de un 'mágico' criollo. Ella cree en otro tipo de romances, así que a quien planee acercársele, más le vale no ser tonto. A Kathy no la descrestan con cualquier cosa. Ella no es cualquier cosa.

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