Cuando tenía cinco años, mi mamá me sorprendió trepado en un triciclo ojeando por la rendija de una pequeña ventana a la empleada que se estaba bañando. De adolescente atisbaba a través de persianas, en la noche, a las amigas de una prima cuando se ponían la piyama antes de dormirse. Ahora que vivo en Bogotá, estoy ahorrando para comprarme un telescopio y así poder tener acceso exclusivo a los múltiples apartamentos diminutos que se ven desde mi terraza. Por las razones que sean, tengo tendencias voyeristas y seguramente ese voyerismo motivó mi cinefilia. Mirar a través del visor de una cámara es un acto depravado y fetichista, que esconde el rostro del mirón y desnuda simbólicamente al que se exhibe. Ir a cine no es otra cosa que el deseo perverso de querer asomarse por la cerradura de una puerta dorada y ver lo prohibido.

Hay películas en las que esta contemplación erótica es pieza fundamental de la trama. Alfred Hitchcock, Brian de Palma, David Lynch y Michael Haneke son apenas algunos de los directores que han abordado, de forma directa o indirecta, la obsesión de ver sin ser observado. En La cara oculta, mi segundo largometraje, una mujer observa a través de un cristal cómo sería el mundo sin ella. Y lo que ve no es agradable.

Martina García es la chica que se mira al espejo ignorando que la están vigilando desde el otro lado. Ella interpreta a Fabiana, una exótica camarera, calculadora y seductora, pero que posee la ingenuidad de una niña caprichosa. Se enamora de un exitoso director de orquesta, desconociendo que la novia española está desaparecida. Es la relación entre estas dos mujeres, una presente y otra ausente, la que mueve los piñones de esta narrativa perversa.

La cara oculta es un sexy thriller que habla acerca de la posesión amorosa, la traición y los celos. Ahí pueden ver a Martina, más hermosa que nunca, en uno de los mejores papeles de su carrera. Y la pueden ver sin que ella se dé cuenta, en la comodidad de un teatro, comiendo palomitas de maíz. En estas páginas de SoHo, revista voyerista por excelencia, también la pueden descubrir. Son retratos luminosos, sublimes, en un enigmático blanco y negro. Aunque ella nos invita a la contemplación, Martina siempre tiene algo que ocultar. Por eso la cámara la quiere tanto.

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