Mi novia

Por Pirry

Colombia es un país racista, una nación tercermundista que vive unos 30 años atrás del primer mundo, donde ahora hay un presidente negro. Más que racista, Colombia es un país excluyente, con una brecha social cada vez más grande, en el que la riqueza está repartida de la manera más inequitativa en el mundo. Colombia sigue siendo un país de blancos a un lado y todas las otras razas al otro. Tal vez por eso somos racistas: por ignorantes, atrasados y faltos de educación; porque en nuestro subconsciente nos cuesta imaginarnos a un negro o a un indígena como doctor, ministro, presentador de un noticiero o protagonista de una telenovela. El mundo está cambiando, pero nosotros no cambiamos tan rápido como el mundo.

De puertas para afuera todos tenemos los mismos derechos, pero no de puertas para adentro. Tal vez los baños, las escuelas o los puestos de los buses no estén separados entre blancos y negros, como sucedía en Mississippi o Alabama durante los años de la revuelta de los derechos civiles en Estados Unidos; pero no hace falta, pues seguimos divididos por barreras tan invisibles como reales. Y si no, dígame: ¿cuántos afrodescendientes hay en la Universidad de los Andes? ¿Cuántos en los colegios de la Uncoli? ¿Cuántos ministros son afrodescendientes? ¿En cuántos sitios de rumba en Bogotá les han cerrado la puerta en la cara a los ‘afro’ con la disculpa del código de ropa o la reserva del derecho de admisión? Pero el colmo de los colmos sucede en esa pecueca que llaman política: las curules de los negros son ocupadas por blancos.

Mucha gente de este país piensa que los seres humanos somos diferentes de acuerdo al color de nuestra piel, y yo estoy empezando a opinar igual.

Cuando veo a Caterine Ibargüen no puedo dejar de pensar que, además de disciplinada y fuerte, tiene una genética superior. Cuando pienso en cada deportista, bailarín o cantante afrodescendiente que solo encuentra en el deporte o en el arte la salida, me doy cuenta de que no solo triunfa, sino que lo hace con el doble de esfuerzo que los otros. ¿Qué tal Fernando Montaño? ¿Qué tal ese despliegue de plasticidad, físico y talento? ¿Qué tal hasta dónde tuvo que ir para triunfar? Al Royal Ballet de Londres.

Por eso, cuando mi negra me abraza y me cubre con esa sonrisa mágica, cuando me atrapa en ese cuerpo tonificado y felino que no necesita ni bisturí ni 100.000 tratamientos para ser bello, me siento inferior. También cuando contemplo sus piernas, que parecen salirle muy alto desde ese abdomen plano, perfecto, divino, que no llega a la exageración de los abdominales demasiado marcados —y hasta masculinos— de las que se obsesionan con lo fit. Cuando su piel caoba se encuentra con la mía, desabrida y blanca como la leche, yo soy el que quisiera apagar la luz. Cuando la veo en las obras que presenta en sus clases de Teatro o cuando vamos juntos a bailar salsa, entiendo que estamos hechos de materiales diferentes, que ella lleva en su ADN cosas que yo no tengo: el ritmo, el sabor, la magia y la fortaleza para mantener siempre la sonrisa latente, a pesar de vivir en una sociedad que históricamente les debe a ella y a todos los de su raza.

Juliana es una brisa fresca que me llegó del Pacífico; es pura inocencia y deseo a la vez, porque es magnífica, porque es hermosa, porque su cuerpo es la tentación en pleno. Es el balance ideal para mi gusto: las nalgas redondas y firmes que le dio la naturaleza; los pechos pequeños pero perfectos, como me gustan. Es la antípoda de ese reino de lobas con culos imposibles y tetas monstruosas, concebidos por ese Frankenstein que es el traqueto colombiano.

Con lo único que Juliana pelea a veces es con su pelo, como casi todas las negras: cantantes, modelos, deportistas, actrices —Naomi Campbell, Alicia Keys, Beyoncé…— y hasta la primera dama de Estados Unidos se alisan el afro o se ponen extensiones de la misma forma que las blancas se broncean la piel. Por lo demás, es 100 % natural de cuerpo y de alma; tan natural como para contar con desparpajo cómo era su vida de niña en la pequeña Guachené, en el Cauca: cómo la bañaban en el río, junto a sus amigas y a sus primas, ataviada con unos cucos y una camiseta, como a casi todas las niñas que crecen en el campo colombiano.

Juliana no tiene los complejos de muchas blancas que pretenden ser lo que no son, que viven de las apariencias, que son criadas para convertirse en reinas y conseguirse un marido rico, aunque sea un contratista corrupto, un político sucio o, en últimas, un narcotraficante. A ella no le importa el dinero de los demás, quiere hacerse sola. Y sus padres la cuidan como si fuera un diamante.

Nunca tuve una novia tan juiciosa y conservadora. A Juliana le gusta vestirse bien, pero no la trasnochan las marcas; le preocupa más tener buenos modales en la mesa y ser amable con la gente. Juliana es divina y creo que estas fotos lo confirman. Es una espectacular modelo de 1,80 m que, si viviera en Europa, se pelearían en las pasarelas. En cambio acá tiene que aguantarse que las marcas manden a las agencias de modelos —como la Agencia Models, donde ella trabaja— requerimientos como el que pego acá al lado: humillante, grosero y digno de una investigación para saber si atropella la Ley Antidiscriminación.

Vea aquí la galería de Juliana Dinas

FOTóGRAFO: PIRRY

ASISTENTE: maizo barbosa

MAQUILLAJE: JOHANNA DíAZ

PRODUCCIÓN: JOHANNA SORT – ALEJANDRA ROZO

posPRODUCCIÓN: alejandro andrade

AGRADECIMIENTOS:

ACCESORIOS NATALY HURTADO C.C. METROCENTRO CRa. 12 N.º 11-73 L425 CEL: 3112638614 /

LA AGENCIA MODELs MANAGeMENT CRa. 13 N.º 79 – 32 INFO@LAAGENCIAMODELS.COM

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