El desnudo de mi mamá
Hace un par de años, mi mamá tomó una decisión que le cambió la vida por completo: se separó de quien había sido su esposo durante 17 años. Mejor dicho, se rebeló. Dijo: “¡Ya!, me cansé, llegó mi momento, por fin quiero pensar en mí”. Y para demostrarse a sí misma que podía ser feliz de nuevo, que podía renacer a los 41 años, que podía volver a sentirse la mujer sensual que estaba reprimida, tomó una decisión aún más difícil: posar para SoHo.
Fue una decisión admirable, porque después de una separación, la gente queda llena de miedos e inseguridades, sobre todo algunas mujeres, que sienten que pierden la vanidad, las ganas de arreglarse, la coquetería, la sensualidad. Y yo asumí, cómo no, la responsabilidad de ayudarle a retomar la confianza. Por eso desde el principio le dije que saliera sin miedo, que no importaba qué dijeran mis dos hermanos, mis tíos o la gente en la calle. El día de las fotos, le ayudé a escoger el vestuario, a hacer las poses, terminé metida en una piscina con ella y le serví de motivadora: “Te vas a ver divina”, le repetía.
Hay que puntualizar que todo eso se lo decía yo, que no solo me empeloté antes que ella para la revista, sino que hablé en su momento sin tapujos sobre los problemas alimenticios que me atormentaron durante años.
En esa época, yo pasaba largas temporadas en el hospital. La recuerdo a ella sentada al lado de la camilla, con la cabeza apoyada en el brazo para descansar, porque por esos días era poco lo que dormía: estaba todos los días y todas las noches conmigo, y solo me dejaba durante un par de horas diarias, cuando iba a la casa a bañarse y a cerciorarse de que mis hermanos estuvieran bien. Fue un apoyo primordial, indispensable. Me llevaba al psicólogo, me daba de comer, me aconsejaba de la forma más sutil. No quiero pensar qué me habría pasado si ella no hubiera estado ahí.
La verdad es que siempre sacrificó todo por nosotros. Cuando yo empecé a trabajar en televisión, a los 11 años, decidió dejar su propia carrera como actriz para cuidarme y acompañarme en la mía. Ella había salido en las series Fuego verde y Enigmas del más allá, entonces yo crecí entre cámaras, hablando con directores, aprendiéndome parlamentos que no me pertenecían.
Me acuerdo de que era muy vanidosa y de que me alcahueteaba todo lo que tuviera que ver con verme bonita. Yo estudiaba en un colegio militar, o sea, cuadriculado y gris. Pero a ella no le importaba y me compraba brillos, me mandaba al colegio con cepillos para peinarme, me llevaba a hacerme el manicure. Siento que a veces yo le recordaba la niña que ella fue y que creció para convertirse a los 18 años en señorita Meta.
Sí, ella fue reina. Y todavía se le nota. No vengan a decir que no lo imaginaron al ver estas fotos tan sexies. Yo sé que hay muchos que en este momento están usando su imaginación. Y lo digo con toda la frescura del mundo, porque mi mamá y yo somos las mejores amigas. Yo sé que muchas mujeres dicen eso, pero en este caso es muy en serio: hablamos de novios, de sexo, compartimos ropa, peleamos por bobadas, nos ponemos orgullosas y hasta lloramos cuando nos perdonamos. También como mejores amigas hemos tenido nuestras peleas. Cuando ella se separó, por ejemplo, yo me fui a vivir con mi padrastro y la dejé sola. A ella le dolió muchísimo, se sintió muy mal… Aprovecho este momento para pedirle con todo mi corazón que me perdone.
Pero como no quiero arruinar el momento de estas fotos con tristeza, volvamos a lo divertido de esa amistad: cuando vamos por la calle, la gente piensa que somos amigas o hermanas, es el pan de cada día. Más de una vez nos ha tocado sacar las cédulas para que nos crean. Me imagino que con lo que están viendo en la revista tampoco creerán que somos mamá e hija, pero es verdad.
Lo que más me alegra de esta experiencia de producir estas imágenes sensuales es que mi mamá se está liberando, está mostrando que es una mujer espectacular, hermosa. Ahora la van a llenar de halagos. Halagos que se merece. Los primeros, los míos, que estoy orgullosa de tener una mamá perfecta.

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