¿Por qué acepté salir en SoHo después de que llevan años invitándome? Lo primero que se me viene a la cabeza es que, curiosamente, ahora con más años encima me siento más segura; y lo segundo es que antes sentía que tenía que competir con viejas mil veces más buenas que yo, con cuerpos perfectos mientras que el mío no lo era: todavía no lo es y además no espero que lo sea.  ¿Entonces qué fue lo que cambió en mí para que ahora acepte? No es como alguien dijo: que yo llego tarde a todo lado.

Por un lado, descubrí que no tengo que competir con nadie, que soy diferente, y esa diferencia me hace única. Que cada mujer tiene su ‘algo’, su atractivo, su magia irrepetible.  Esa magia femenina podría decir que se llama seducción. Ojo, que sea femenina no significa que sea exclusiva de las mujeres, es única en cada ser humano.  Pero tiene características propias e indiscutibles, que son precisamente la magia, lo ilógico, lo no concreto, lo sensual, lo encubierto, lo velado, lo que invita a descubrir. Como quien dice, a mostrar sin mostrar.

Lo segundo, y tal vez lo más importante, es que entendí hace mucho tiempo que todo lo que tenga que ver con el mundo de la pantalla chica o grande, con el mundo virtual o fotográfico, no es totalmente real, le falta carne.  La palabra que significa actuar en inglés es to play y eso es exactamente lo que llevo haciendo hace un poco más de 20 años: ‘jugar’. ¿Por qué no jugar en SoHo a ser una mujer seductora, sexy, sensual? A mostrar sin mostrar, a eso no había jugado mucho.

De pronto me acordé de El mago de Oz, cuento que les encanta a mis hijas. Siempre he pensado que los actores somos como magos de Oz para nuestros seguidores. Piensan que somos lo máximo porque nos ven a través de una gran máscara, pero realmente no nos conocen.

En estas fotos, la máscara es evidente. La producción, el vestuario (no se rían), el maquillaje, los peinados, el famoso Photoshop, todo hace parte del montaje. Una imagen es vista desde la perspectiva de Alejandra Quintero, basada en películas eróticas de los setenta, como La historia de O, en la que quiero mostrar a una Marcela Carvajal urbana, un poco ‘sado’, con cadenas, para aludir a estas ‘escuelas’ donde las mujeres iban a perfeccionar el arte de dar y recibir placer. Y la perspectiva de Hernán Puentes, más romántica, como en Bilitis, una película con una fotografía perfecta, que de alguna manera busca el erotismo y la sensualidad a través de una cierta inocencia.

Como ven, esto es toda una puesta más en escena para mí, nunca la había ‘jugado’ y quería hacerlo. Ya no tenía miedo ni pena (bueno, un par de vodkas ayudaron), porque sabía que ustedes, lectores, no me iban a ver a mí: solo una imagen proyectada y producida, una en la cual yo me atrevía a mostrarme como nunca lo había hecho.

Es excitante pensar que ustedes creen que me están viendo más, o creen que me conocen más, simplemente por el hecho de mostrar más piel. Pero esto no pasa de ser un personaje más que estoy interpretando para SoHo. Mañana, tal vez, pueda presentar una imagen muchos menos atractiva, pero por hoy aquí dejo una Marcela que jugó a seducir.

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