"Mi mejor única hermana". Suena algo redundante o absurdo, pero así me refiero a ella. Claro, tengo un maravilloso hermano varón, pero ella es mi mejor amiga. Este fuerte sentimiento llegó tarde a nuestras vidas. Y digo tarde porque cuando éramos pequeñas —como todos los hermanos que se respeten— peleábamos a más no poder. Para mí era un hobby llegar del colegio a discutir con ella por unas razones muy claras: mis padres decidieron tenernos en un lapso "algo espaciado" y cuando yo era una niña, mi hermana ya estaba entrando a la adolescencia. Obviamente quería ser como ella, usar su ropa. Quería entrometerme en lo que hacía y por eso nunca fuimos amigas.

Todo cambió cuando me fui a vivir a España. En ese momento sentía que nos necesitábamos, y decidimos que viviríamos juntas. Creo que es lo mejor que me ha pasado en la vida. Para mí, ella es todo. No podemos vivir la una sin la otra, no tomamos una decisión sin consultarnos, almorzamos casi todos los días, tenemos los mismos amigos, nos gustan las mismas cosas y, sin embargo, somos el día y la noche. Mi hermana es mi gran polo a tierra. Es imponente y mesurada, tranquila y evolucionada. Victoria es mi maestra, mi guía y mi aspirina. Ella es productora de fotografía —estudió Publicidad en Medellín— y está feliz de vivir en Bogotá. Le encanta ir a sitios como Balzac, Andrés Carne de Res o Cha Cha, y justo hace un año está casada.

Las dos nos llamamos María. En casa de mis padres siempre nos llaman "María", y aun así cada una sabe a cuál se refieren. Físicamente somos bastante parecidas pero la diferencia radica en que ella es formato grande y yo un formato petit. La genética le dio mucha estatura, muchas curvas, mucha cordura, mucho garbo... juzguen ustedes, lectores de SoHo. Para mí es un honor presentarles a uno de los seres que más amo y admiro: mi hermana.
 
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